viernes, 12 de enero de 2018



¿Te has parado alguna vez, cuando caminas por la calle de noche, frente al escaparate de una tienda todo iluminado? ¿Te has dado cuenta de que tu figura se refleja en el cristal? Pues ten mucho cuidado porque en él se pueden reflejar muchas más cosas que pueden convertir tu existencia en un verdadero infierno.

Jorge David Alonso Curiel vuelve a un género, el de los relatos, en el que se mueve como pez en el agua y se siente muy cómodo con La noche del escaparate después de su más que interesante Saber moverse.

Este nuevo libro está compuesto por siete relatos, de los que seis son originales y uno fue publicado ya hace unos años en otro volumen, con la temática del desencanto por la vida de una serie de personajes profundamente inadaptados para poder sobrevivir dentro de una sociedad que, como un pérfido monstruo, engulle a todo aquel que es incapaz de entenderla y adaptarse al ritmo frenético que ella marca. Así nos encontramos con unos seres humanos, en su gran mayoría masculinos frente a la preponderancia de mujeres en Saber moverse, que sufren con el abandono de sus parejas, aunque sean incapaces de comprender el motivo, muy claro para el lector, por el que se ha producido, aunque éste sea muy grave y otras situaciones inverosímiles. Los protagonistas de los relatos se muestran, no obstante, poco preocupados por lo que les sucede y son en exceso condescendientes, transigiendo con su infortunio como si fuera algo de lo más natural, aunque tampoco entiendan la causa por la que se ven envueltos en las diversas y diferentes situaciones por las que pasan, convirtiéndose en seres resignados a su suerte, que por cierto siempre no es de lo más afortunada. Son, como dice Jorge David Alonso Curiel en uno de sus relatos, unos buenos chicos, pero que no sirven para la vida de verdad, no valen para nada. Así tenemos una serie de personajes que deambulan como zombis por la noche espectral vallisoletana, abrazados por un frío gélido y abrigados solamente por una densa niebla en unos relatos y en otros por un canicular calor sofocante nocturno, porque así es esta ciudad de radical con su clima y sin término medio, sintiendo el abandono, el miedo, la crisis económica, el fracaso en las relaciones con el otro sexo, producto siempre de esa inmadurez que les precipita al más cruel de los fracasos.

La noche del escaparate es un libro terriblemente curielano con una prosa notable propia del autor, tanto en la misma idea o concepto que la origina, como en las múltiples ramificaciones que se desprenden de su peripecia narrativa, tanto psicológicas como emocionales. Jorge David Alonso Curiel indaga con sorna y mucha mala uva en los impulsos casi esquizofrénicos de sus patéticos personajes como siempre con bastante negrura, que en La noche del escaparate se vuelve mucho más densa, y su humor mucho más salvaje.

El describir su ciudad configura un libro sobre una absurda y rocambolesca noche en Valladolid en el que a unos hombres y a unas pocas mujeres les ocurren las mayores barrabasadas que hubieran resultado menos impactantes si no las hubiese creado Jorge Davis Alonso Curiel que retrata casi una ciudad de pesadilla, pero sin llevar a cabo ninguna crítica social ni nada por el estilo, salvo muy honrosas excepciones. Su dinámica pluma se pone al servicio de las situaciones más extraña y extravagantes con el espíritu subversivo de un niño curioso y algo cruel, de un demiurgo caprichoso que sometiera a sus atormentadas criaturas a una noche excéntrica e inolvidable en unas aventuras a ratos jocosas y en momentos hasta surrealistas.

La noche del escaparate es una comedia urbana que reúne a una pléyade de estrafalarios caracteres, poblando los ambientes más taciturnos y huraños de la ciudad, enfocados desde la gris perspectiva de unos ciudadanos medios. Como lectores observamos su forma de ver y actuar en la vida con las enloquecidas situaciones nocturnas que experimenta este muestrario esperpéntico de personajes, desde un empleado de una gasolinera casi paranoico hasta un pobre hombre secuestrado sin que sepa el motivo, pasando por un corredor que corre para huir de sus fantasmas, por una chica que se independiza de sus padres a los casi cuarenta años, o que no entienden el haber sido abandonados y seguir enamorados, un divorciado en la sala de urgencias de un hospital obsesionado con su pasado o un hombre desilusionado de la vida que regresa al pueblo en el que nació, en un libro con brochazos tragicómicos y de un humor negro desplegados en una atmósfera kafkiana asfixiante y alucinante como una pesadilla en el que cumplen su rol de pringados acosados por una realidad que les supera a todas luces, y cuya única salida es correr y sobrevivir, mientras nosotros, lectores espectadores, sufrimos con ellos y nos reímos de lo absurda que puede resultar la vida.

Jorge David Alonso Curiel se entrega con toda su desenvoltura y atrevimiento narrativo, aunque de la impresión que no le importe demasiado ni le mueva lo que les sucede a sus criaturas en el fondo, que promete a una más que certera plenitud que parece empezar a asomar cada vez más nítida por el horizonte.


En definitiva, Valladolid en invierno es una ciudad desapacible y fría, y en verano, sofocante y abrasadora, pero es un lugar, como cualquier otro, en el que las personas aman y se dejan amar, y en el que también no son amadas. Yo de lo que estoy plenamente convencido es que Jorge David Alonso Curiel ama la literatura y se deja amar por ella. La relación entre los dos es indestructible.

Sevilla... Gymnopédies y Mujeres descosidas




LA MAGIA DE LA ALEGRÍA


Puede ser que pensemos, incluso que tengamos muy arraigado dentro de lo más hondo de nuestro ser, que en estos tiempos convulsos y tan poco igualitarios de un mundo globalizado en que nos ha tocado vivir, no quede sitio para la alegría de la vida, pero a veces nos sorprendemos muy gratamente con una explosión de ella.

Una de esas explosiones de jubilosa algazara nos la regala la escritora vallisoletana María Ángeles Cantalapiedra con sus dos novelas “Sevilla… Gymnopédies” y “Mujeres descosidas”, publicadas las dos por Sial Pigmalión.

En ambas, las protagonistas son dos mujeres muy diferentes. Ana María, en la primera, es una jovencísima periodista que tras la muerte de su padre, recibe una oferta de trabajo que la lleva hasta Sevilla y su vida sufrirá allí un cambio radical. En la segunda, Juana es una mujer en la cincuentena hundida en su propio caos que también se traslada, esta vez a las montañas de Asturias, para poder descifrar el contenido enigmático de trece cartas que ha descubierto en un olvidado baúl en el desván de la casa de sus padres, para poder salvarse o morir sin alcanzar su liberación del desasosiego en el que se halla sumida su vida debido a tanto desamor y despego que ha recibido siempre de su madre.

Tanto Sevilla… Gymnopédies como Mujeres descosidas tienen una estructura semejante aunque sean novelas muy diferentes: dos historias paralelas que van convergiendo en una única, unas mujeres arrebatadas, un humor contagioso, una intriga y un suspense cuidadosamente dosificados, un lenguaje fresco, coloquial y chispeante delicioso, una ternura sentimental, una sensibilidad afectuosa, un regocijo divertido, y, sobre todas las cosas, unos personajes, tanto protagonistas como secundarios, maravillosos originales, chispeantes y vitales, perfectamente dibujados que alcanzan la cima de lo sublime.

Delicadeza, jovialidad, creencia certera en la bondad del ser humano, positivismo enardecido y ausencia de farsa y superchería son las claves de María Ángeles Cantalapiedra para tejer con hilos de optimismo cautivador y fascinante sus dos primeras novelas, con una habilidad que resulta sorprendente gracias a la escritura potente de la autora que plasma en el papel todo aquello que la conmueve y que no es otra cosa que una visión ilusionada y optimista de la vida, llena de magia, misterio, sutileza, dulzura y paz consigo misma, no exenta de dolor y lucha contra nuestros propios fantasmas.


Ana, María, Lola, Ayumu, Jaime, Bosco, Juana, Regalito, Jesús, Úrsula, Bruno,… te están esperando para contarte todo lo que, posiblemente, podías intuir, pero necesitabas conocerlos para darte cuenta que todo es mucho más bello que lo que nos cuentan. Además, te lo podrán referir de una manera en lo que prime la más cruda realidad o con la más subyugadora fantasía porque ellos son así de especiales e ilusionantes. Ambas maneras, en las manos de María Ángeles Cantalapiedra, se llenan de belleza, pero yo, puesto a elegir y siendo las dos igual de buenas, me quedo con el hechizo de la literatura que te hace volar por mundos fantásticos e imaginarios más allá de la razón. Yo me quedo con la magia de la alegría.

martes, 31 de octubre de 2017

Bajo mi piel



¿Qué es lo que una persona tiene bajo la piel? Como escribo la reseña de un libro de poesía y la poesía es una de las cosas más bonitas con la que nos podemos encontrar en nuestra vida, voy a decirlo de manera poética: bajo la piel tenemos avenidas rojas de sangre. Eso lo tenemos todos, pero hay favorecidos, tocados por una varita mágica, que bajo su piel laten muchas cosas más, y una de esas personas extraordinarias es Silvia Monterrubio.

En Bajo la piel de Silvia Monterrubio hierve una vorágine de sentimientos en ebullición y una pasión desmedida que no le cabe dentro y necesita salir al exterior por cada uno de sus poros en torbellino.

Silvia Monterrubio es una mujer a la que hay que tener la fortuna de llegar a conocer en alguna etapa de la vida porque es una persona que todo lo que toca lo convierte en arte tejida con un entusiasmo y vitalidad que no puede dejar indiferente a nadie. Yo casi me atrevería a decir que en una vida anterior debió de existir en el Renacimiento. Ha practicado danza, pinta como los ángeles, escribe teatro con unas comedias vivaces que te mantienen, cuando tienes el privilegio de asistir a ellas como espectador, desde la primera escena hasta cuando cae el telón con una sonrisa en los labios, cuando no una carcajada que surge explosiva por las situaciones en las que te sumerge, escribe relatos en prosa de una sensualidad subyugante y ahora nos sorprende con este primer poemario que es Bajo mi piel.

Una poeta habita en un verso raso en el cual se eleva por el aire al que se encadena. Presagia la palpitación y el sentir más hondo. Anuda con cada palabra con lo que piensa.
Bajo mi piel está compuesto por sesenta poesías que se desarrollan a lo largo de cinco capítulos: el olvido, el recuerdo, la soledad, la libertad y la pasión. Un olvido de algo que se extinguió después de ser pasión, pero que nunca se arrincona porque quedan siempre los recuerdos para poder llenar la soledad a la que nos aboca el fin de la relación vivida hasta poder tocar con las manos la ansiada libertad que con el tiempo volverá a desembocar de nuevo en la pasión, como un bucle mágico que sirve para cerrar el círculo o los círculos del tiempo que jalonan toda una vida.

¿Qué es Bajo mi piel? Por supuesto, y en principio, es primordialmente un libro que nos habla del amor. Pero, la poesía es definida como una expresión literaria en donde se pone de manifiesto lo hermoso y sublime a través de las palabras. La poesía es la expresión del sentimiento.

Bajo mi piel es el amor sin medida ni final, es el amor sin saciarse del amado para no comenzar a dejar de amarlo, y es un ejercicio de escritura necesario para Silvia Monterrubio para rehacerse naciendo a diario. Es un amor que mora en la noche en donde habita el infierno, un amado infierno:

Amado infierno.

Noche cerrada habitada de espectros
no me tengáis piedad
cuando sin él,
mi cuerpo entierre en el deseo.
No me tengáis piedad
cuando en su lecho,
mi carne no tenga rostro
y descienda a los infiernos.
No sintáis compasión
cuando el dolor de mi locura
materialice en nuestros cuerpos.
No me abracéis, brujas de cupido,
Intentando rescatarme de mi sueño,
he decidido vivir
encadenada a sus besos.
Porque ninguna de vosotras sabéis,
hermosos espíritus del alba
lo que duele vivir sin su veneno.


Para Silvia Monterrubio el amor es vivir encadenada a los besos del amado, lo que duele vivir sin su veneno… El amor queda plasmado en el papel como el pincel se abraza al lienzo, y en cada hoja cada palabra es como la luciérnaga que vela en busca de su pareja iluminando la oscuridad de la noche, o como el élitro de un pez tornasolado que se desplaza libre y reposa sobre la laguna del verso.

Queda confirmado desde el principio que este amor no es un amor idealizado como el de la poesía pastoril, ni un amor platónico, ni un amor inocente. Es un amor físico, es un amor desmedido, no es un amor espiritual, sino un amor que se da con el alma y el cuerpo, absolutamente somático y pasional que recorre cada verso del libro.

Y es un amor deseado porque lo anhelado es un estado febril que comienza a quemar dentro del cuerpo y el alma como una hoguera que se apodera y se apropia de todos los pensamientos y de todas las acciones que realizamos, en todos los exteriores de nuestros interiores:

En el exterior de mis interiores.

Será porque nada es un todo
cuando enredo mis labios
en los tuyos,
porque aprendo el amor
desde el amor errado,
ese amor que escribe
cada día sus versos
en cada centímetro de mi piel
desnuda,
dolorida por marcarte a fuego lento.
Te entiendo así,
te vivo en la necesidad
de ser en ti,
de soñarte realidad en mí,
fracasando en ese sentimiento
que escapa en cada marcha
porque solo quiero
existir en tu regreso.
De qué serviría parar el tiempo,
congelar nuestros momentos,
si mi deseo es descubrirte
cada vez que regresas
como si nunca
hubieses existido,
mientras te sueño,
mientras te pienso
te rechaces en mi
eternamente fugaz,
y me amas dentro
en esa explosión que conforma
el final de un todo,
o el principio de la nada.
Te deseo lamiendo
el interior de mis heridas,
como única posibilidad
de no anidar
en mis cicatrices…
y convertirte en ese dolor errante
que me enmascara
el amor verdadero.
Ese rastro doloroso,
que desangra el amor
cuando se ama
desde la libertad
más absoluta del otro.
No te quiero en el deseo
de amortiguar mis caídas,
quiero seguir cayendo
y en tu amor,
recuperar el aliento
que me empuje a seguir.
No te busco en mi consuelo
porque deseo llorarme
lo que me plazca
y después,
tenerte en mis silencios.
No busques interpretar,
cuando es todo tu amor
lo que me ofreces
y en él consigo
ahogarme hasta la muerte.
Ni sientas que abandono
si me marcho.
He de ser precisa
en el tiempo de destierro
que abrazo,
pues si permanezco
-amor-
retenida,
será probablemente
la forma inevitable de perdernos.
En tu sombra
Déjate vencer sobre mi pecho
aun cuando la espada de tus besos
te proclame vencedor en la batalla,
permitiéndome que incumpla
las reglas de este juego,
y que esa lluvia que no cesa
sea de nuevo la excusa
del por qué mis ojos
mojan de nuevo tu espalda.
Róbame una noche más
para que pueda arrancarte del hastío
de unos besos dormidos en la penumbra,
de un amor que se sigue desangrando
después de un sueño roto,
de una pasión llena de preguntas,
vacía de respuestas.
Deja que ese alma vendida
encuentre su lugar en este infierno
que se abre en mi entrepierna,
será lo más parecido a la eternidad.
Quiero que el credo de mi carne
sea la única fe que te haga alcanzar
el cielo de mi boca,
y que el pecado se convierta
en el pan nuestro de cada día.
Que las horas de pasión
que cada noche dibuja sobre la almohada
ese pliegue insomne de mi cerebro,
deje de ser testigo y pase a ser cómplice
de cómo despedazamos los restos de amor
que no nos pertenecen.
Quiero abrazarte en el dolor de la distancia,
especular mientras cabalgo dentro de ti
sobre ese futuro que no nos corresponde,
sobre ese mañana que no nos pertenece,
sobre esa mancha que enturbia
pero no ciega,
sobre esas pisadas que dejas en mi piel
cada vez que te marchas,
sobre ese rastro que adivino en tus besos,
sobre esas caricias que se llevan a jirones
mi piel entre tus uñas,
porque hoy es ese ayer que nunca llegó
o que llegó tarde,
porque mis ojos se secan
en una fuente de lágrimas,
cuando mis labios se quedan
desprendidos de mi boca,
porque mis manos encuentran
en el aire tu forma,
porque mi vida comienza
cuando tu vida se asoma.


 ¡Qué bello escribe Silvia Monterrubio! El lenguaje baila y su oculta rima se empapa así en el sentimiento que cruza por las cuartillas de papel, embalsamadas de amor, de brasa candente, de arrebatada pasión, en cada paso.  Esa hoguera que es la persona amada que la queremos tener dentro de nosotros lamiendo el interior de nuestras heridas, como única posibilidad de vivir con nuestras cicatrices y que le convierta en un dolor errante que nos enmascare el amor verdadero.

Un amor que cuando surge es eterno e incombustible, un amor que sabes que sólo él puede calmar el incendio que te devora las entrañas con el incendio de la persona amada, con el crepitar del otro cuerpo, pero que al mismo tiempo te arrebata más y más.

Pero el amor, el sentimiento más bello, más hermoso, más placentero, más radiante y más espléndido del que se puede gozar, es un tirano. Un amor que, como decía Góngora, ciego que apuntas y atinas. Un amor que puede llegar a privar de la libertad. Por eso, Silvia Monterrubio, enamorada de la libertad, suya y del otro, se rebela cuando escribe en su poema Alejándote para volver a ti:

Quiero sentir cómo la primavera eclosiona en mi pecho
con la misma intensidad que hace estallar la flor en los cerezos.
No quiero mi corazón lleno de ti cuando llegue,
quiero recibirla libre, que inunde mi espacio,
poder respirar el aroma que desprende el amor
cuando lo moja la lluvia del deseo.
No quiero que llegue y me sorprenda encerrada en ti,
en ese amor que me ata sin tenerte,
presa en una realidad imaginada
entre el límite de lo banal y lo importante.
No me gusta improvisar frente a tus ojos,
no quiero perderte en mí
para después encontrarte en el camino de vuelta,
quiero que te alejes mientras dura el amor
y su llama prende todavía,
para que la próxima primavera que pronto estalla
me pille con el corazón tan deshojado
que pueda hacerlo brotar de nuevo,
llenándolo con pétalos de rojo pasión
cuando volvamos a encontrarnos.
Porque quiero seguir sintiéndote
como aquel primer instante
en que tus ojos anidaron en mis pestañas,
aquel preciso momento
en el que tus manos se tatuaron
en el mapa de mi cuerpo para siempre.
Porque hubo primaveras de pasión en este invierno
quiero que te alejes para poder descubrirte nuevamente.

La libertad de, como dice en otro de los poemas, en la que vuelve a sentir en su interior el
vértigo de las manos del amado marchándose de su piel desnuda. La libertad del amor sentido, no en palacios de oro y cristal, sino vivida dentro de sí misma para que los dos amantes se sientan tan ligeros que puedan volar sin alas.

Silvia Monterrubio nos esclarece en este sobrecogedor, conmovedor y turbador
poemario que es Bajo mi piel que la poesía no es sentarse frente a cualquier hoja en blanco y vestirla con letras encadenadas, sino que la poesía se escribe con la tinta del alma, sobre el papel que envuelve los sueños. Pero, la poeta da un paso más al frente y nos confiesa que no hay poesía sin una fuente de inspiración que surge de su pluma gracias al amor. Un amor que ella encuentra en la luz de los ojos de la persona amada que le iluminan su vida cuando todo es oscuridad, en la caricia de la boca adorada que estremece su mundo cuando es atrapada entre sus labios. Y así va vertiendo sus versos con esa tinta del alma, vistiendo un amor físico y sensual, pleno de lirismo ardiente y enardecido. Es una poeta que ha hallado una voz con la que poder comunicarse con sus lectores, con la garantía de conmover porque, en la lectura de su obra, el ánimo del lector queda perturbado, la razón inquieta, la forma de asomarse a la vida alterada en una sacudida que desasosiega, agita, impresiona, impacta y estremece. Y ahí radica el verdadero fin que persigue toda la poesía que merece ser leída.

Silvia Monterrubio es esa persona que cuando la conoces te das cuenta de que has tenido que vivir toda una vida para sentirte un privilegiado por la fortuna de haber podido conseguir que se cruce en tu camino y sabes que siempre ya querrás tenerla cerca porque, como su poesía expresa, cuando se aleja deja voces que se escuchan en el silencio de la noche y proporciona sus sentimientos de agua mansa desesperada que mana de cada uno de sus poemas, un agua torrencial que, tranquila, se convierte en poesía como bálsamo que calma el ansia codiciada y el afán más anhelado.

Bajo mi piel es un libro intenso, pleno de vehemencia sin medida, penetrante, apasionado, sensual, sexual, erótico y limpio. Un libro que ha sido escrito, como he dicho, con la tinta del alma. Es un libro tan bello que no dejaría de poner sin parar todas las poesías que lo componen, pero debéis ser vosotros los que tenéis que leerlas, como se lee la buena poesía, en soledad y dejando que cada una de sus palabras os inunde el corazón.

Melodía alada, inundada en la cavidad del corazón y alejada. Palabra deslizada que de los sueños voló. Habita la poeta y sobre el verso raso se abalanza como una golondrina que sobre el papel florece.

Sería capaz…

Quisiera acariciar ese instante
en que tus labios y mis labios
se encuentran siempre por primera vez.
Desearía poder palpar ese denso deseo
que me embriaga cada vez que te pienso.
Querría respirarme todo el aliento
que llevan tus “te quiero”.
Aprendería a reducirme a nada
cuando por ti llego al todo.
Conseguiría amarte desde el silencio
mientras mis ojos gritan tu nombre.
Masturbaría mi corazón a las puertas del Cielo
en presencia de ese Dios que me vendió su alma.
Liberaría la necedad con que los hombres aman
para poder recorrerte entero y amarte sin armas.

viernes, 9 de junio de 2017

Cinco sentidos enardecidos durante una noche de verano ardiente en la soledad de un bar desierto



Estoy sentado en el sofá del salón de mi casa, aunque sería más correcto decir que me encuentro tirado sobre él. ¿Cuántas horas llevo aquí? El cenicero repleto de colillas reposa en el suelo próximo a un vaso donde quedan los restos de unos hielos licuados que se han ido deshaciendo y una botella terciada, más vacía que llena, de bourbon. No tengo muy seguro de cuántos días hace que mi mujer, se ha marchado, abandonándome, y estoy convencido de que no volverá ya. La empresa de mi propiedad, una academia de idiomas en la que imparto inglés a adolescentes desmotivados, no pasa por una buena época y es cada día más posible que la tenga que cerrar, por lo que mi empleo se encuentra en el aire, y no sé qué es lo que voy a hacer con el resto del tiempo que me queda pendiente y que aún no he logrado destrozar.
Un hombre no puede subsistir con esa melancolía de sí mismo acuchillándole las entrañas. Y la mía me produce una pérdida de sangre continua, gradual, invisible, pero que está agotando mi vida. Parezco una persona que sólo es el contorno sombrío de un hombre, o así me lo imagino yo, que ha dejado de tener interés por nada y que no tiene ningún deseo de seguir luchando, porque tengo la certeza de que un hombre apesadumbrado y taciturno es la más que posible materialización de todas las traiciones y ruindades inminentes, prólogo de un hombre enfrentado al mundo y en contra de todos los que le rodean para combatir sus propias penurias. Pero también quiero llegar al convencimiento de que la vida no tiene confines, ni se le deben poner cortapisas ni reproches ni rótulos de ninguna clase porque quiero desear que la vida puede superar, espléndida y desprendida, todos los males desgraciados y los infames trances hasta ahora padecidos.
En estos lúgubres pensamientos y desidia me encuentro cuando decido salir a dar una vuelta después de estar encerrado entre estas cuatro paredes. Es ya muy tarde y me veo sumergido en una de esas noches habituales de agosto en Madrid, seguramente cuajada de estrellas aunque la contaminación lumínica de la ciudad no permita distinguirlas,
muy cálida, casi irrespirable, sin el más mínimo soplo de aire que refresque este ambiente sofocante. El tráfico nocturno de agosto llena de luces centelleantes la calle y rebotan contra las aceras y el asfalto salpicados por diversos charcos, producto del chaparrón que ha descargado hace poco sobre la ciudad, asemejándose a luminosos espejos donde se reflejan las farolas encendidas. El ambiente, acrecentado por el vapor que surge del suelo mojado al condensarse el agua, es húmedo y abrasador. Las calles a estas horas de la noche se hayan casi desiertas, producto de las fechas en la que mucha gente pasa sus vacaciones estivales junto al mar o en la sierra. Los callejones de este barrio del Madrid del Barrio de las Letras exhiben contenedores de basura maloliente, tan llenos, que varios están vigilados por bolsas de plástico atadas y otras inmundicias que descansan en el suelo a su alrededor, a la espera de que pase el camión a recogerlos, en un caos desordenado y un olor a podredumbre. Seguramente sólo el diluvio universal puede limpiar este ambiente fétido de miseria, desechos e iniquidad injusta, y lo que ha jarreado antes durante tan pocos minutos es evidente que no se le asemeja.
Voy andando por la acera, pegado a paredes ennegrecidas para que no me mojen los goterones que caen de tejados, canalones y voladizos. Una pareja muy joven se besa y se acaricia sin ningún recato entre dos coches aparcados en doble fila. Al fondo, rompe el silencio el griterío de una cuadrilla escandalosa que permanece imperceptible y escondida a mi vista, y al pasar junto a un mendigo, que ha montado su cama de cartones sobre un banco en el que se sienta bebiendo directamente de un envase, también de cartón, de vino barato, me pide, con voz aguardentosa y ronca, que le dé un cigarrillo.
Sigo avanzando sin saber muy bien hacia dónde dirigirme y sin dejar de pensar en las baratas filosofías que me abruman y que siempre me llevan al convencimiento de que mi vida no es, para nada, la que un hombre se merece y que el tener tanta mala suerte de manera permanente me produce la sensación de estar acostumbrado a que sólo me ocurran desgracias, cuando al volver una esquina, aparece ante mí la claridad de un letrero de neón que emite un sonido de chicharra bajo la noche bochornosa y asfixiante y unos fluorescentes de colores de los que uno, próximo a fundirse, se enciende y apaga de forma intermitente. Me detengo, alzo la vista y leo:

La guarida
Copas y otras cosas

Un portón de dos hojas de madera, protegido por una cancela de hierro forjado, me invita a que empuje una puerta de cuarterones de vidrios esmerilados de colores. Me terminan de convencer para entrar el calor y el sudor que hace que mi camisa y mis pantalones de lino se peguen al cuerpo y a las piernas, creándome una sensación de agobio.
El espacio es amplio, seguramente así me lo parece pues no se ve a ningún cliente allí dentro, recargado en su decoración con diversas figuras y cuadros con fotografías de brujas, vampiros y otras criaturas inquietantes que pueblan las películas de terror y nuestras peores pesadillas, de techo elevado desde donde me saluda colgado una especie de robot de plástico, y una sala rectangular con suelo de terrazo oscuro. Al fondo, una pantalla gigante proyecta un vídeo que no acompaña sus imágenes con la canción que en ese momento se escucha, y una escalera de peldaños empinados y divergentes según ascienden, que debe de llevar, con toda seguridad, a los servicios. Un banco corrido, sin mesas delante suyo, de ajado terciopelo rojo y cuero cuarteado por el uso, decora el lateral izquierdo frente a una barra recta de mármol, en el lado derecho, con columnas de madera y lámparas de tulipas rojas y verdes que emiten una luz mortecina que malamente ilumina las botellas de alcohol que se alinean en los estantes que se sitúan detrás de ella. Sobre su superficie reposan candelabros con velones encendidos que derriten la cera que cae formando gotas por el cilindro de su tronco amarillento.
Aparte de la música que sale de unos bafles suspendidos en las cuatro esquinas del local, no se oye el vuelo de una mosca, y a mí no me gusta el bullicio y detesto las moscas, así que decido sentarme en una de las banquetas alineadas frente a la barra de ese bar tan solitario y vacío.
¿Cómo un hombre como yo, licenciado universitario, instruido, cultivado y refinado cuando es necesario aparentarlo o serlo, puede ponerse a beber solo en un bar en el que no ha estado nunca, una noche tórrida de verano cuando la ciudad se ha quedado vacía pues todo el mundo ha decidido abandonarla buscando otros lugares de clima más benigno?
Allí, ni en la sala ni detrás de la barra, hay nadie, hasta que de pronto de una habitación lateral aparece ella, y así fue como comenzó todo en ese bar de copas en penumbra, desierto y vacío.

––Hola, buenas noches, ¿qué te pongo? ––me tutea mientras se acerca con paso resuelto hacia donde me encuentro sentado en la esquina opuesta de donde ha salido.

––Un Four Roses con hielo en vaso corto, por favor.

Debe de tener cerca de treinta años, tacones que engrandecen su menuda figura y alargan sus bronceadas piernas que emergen de una minúscula minifalda naranja que ciñe sus caderas. Su cara, no especialmente bonita, de boca con labios gruesos, carnales y apetitosos, resplandece a causa del color miel de unos ojos rasgados y miopes. Tiene el pelo muy corto, casi rasurado en la nuca, con mechas de tonos dorados y plateados que me recuerda por su semejanza al de Marie Fredriksson, la cantante del grupo sueco Roxette, que está sonando en ese momento en el equipo de música: «I`m going to get dressed for succes, shaping me up for the big time, baby…», que por mi deformación profesional, de manera automática traduzco en mi cabeza: Me voy a vestir para el éxito, me voy a poner en forma para el gran momento, cariño. Me visto para el éxito; me pongo en forma para tu amor…
Coge un vaso de cristal grueso y pone dentro de él unos hielos. Se gira hacia la estantería de forma cadenciosa, como pensando, y alza un brazo para alcanzar una de las botellas, dejando a la vista una axila depilada y sensual que hipnotiza mis asombrados ojos.
Vuelve a acercarse a mí y comienza a verter el líquido de color ambarino como sus ojos que cae melodioso y cadente en el vaso, sorteando las paredes resbaladizas de los hielos que se astillan a su contacto. La chica exhala un aroma arrebatador a perfume insólito, aunque yo estoy convencido que el olor intenso que emana de su cuerpo no es perfume, sino otra cosa, extraordinaria, venenosa, mortífera. Algo que sube por su cuello, largo y moreno por el sol, y que me produce una perturbación que nunca hasta ahora he experimentado y que me empuja a unos niveles de ansiedad y deseo incomprensible e inaudito para mí hasta entonces.
La muchacha se aparta de mí unos pasos y empieza a secar unas copas que ha sacado del lavavajillas con una gamuza y yo la observo, tímido y azorado, mientras doy pequeños sorbos de mi consumición. El pelo un poco alborotado en su flequillo, la carnosa depresión que intuyo o adivino entre los pliegues que forman la tela de su blusa que seguramente lleva algún botón desabrochado de más, el brillo metálico de su cabello, la cordialidad cálida de su mirada cuando levanta hacia mí la vista y la sonrisa vivaracha de su boca, pintada de rojo brillante, la longitud de los muslos bronceados y los pechos que oscilan al ritmo de sus brazos pugnando por salir del escote de su blusa vaporosa, producen en mí un estado apasionado y excitado que no apacigua el olor a naranjas y limones recién cortados ni el de humo de vela encendida que impregna el ambiente, acrecentado por el hecho de encontrarnos solos en medio de una atmósfera que me hace estremecer.

––Oye, perdona, ¿me puedes poner otro, por favor? –le pido tras beberme la copa en tres tragos largos.

––¿De lo mismo? ––me pregunta clavando su mirada turbadora en mis ojos, sin dejar de secar los vasos.

––Sí, otro Four Roses con hielo.

Deja el trapo sobre las cámaras y se va acercando hacia mí con el movimiento de delicada elegancia de un gato y una gracia, volátil y abstracta, de un ser mágico que mora en un bosque encantado pese a sus altísimos tacones.

––Un bourbon con hielo… ¿no has probado nunca el Jack Daniel´s? ––me pregunta––. A mí me gusta mucho más. Esta bebida me hace sentir feliz y nostálgica a partes iguales.

Y sin esperar a que yo diga nada, mira hacia la estantería más alta donde reposa la botella marrón y cuadrada con etiqueta negra y letras blancas con el nombre de Tennessee que tanto me recuerda a mis discos de country de mi juventud. Acerca un taburete que tiene a su lado y que, seguro, le sirve, aparte de lo que va a realizar a continuación, para descansar cuando no tenga nada que hacer, y alza su pierna izquierda posando su rodilla en el asiento acolchado, dejando la otra en el aire y se impulsa hacia las alturas. La falda, ya de sí muy corta, se sube aún más enseñando la entera plenitud de sus muslos, mientras mis ojos no pueden dejar de mirar fijamente esa atracción fabulosa hasta contemplar su culo atrapado por unas braguitas negras, espléndido, escapándose de ellas unas rotundas nalgas que se mueven ante mí. Se demora unos segundos en esa postura hasta que agarra la botella, permitiéndome observar bien toda esa carne deliciosa.
Se coloca frente a mí, se inclina para buscar un vaso y la cubitera de hielo. Un soplo de brisa, procedente del ventilador alojado a su izquierda, le ahueca la tela de su blusa mostrando dos pechos turgentes, redondos, repletos y, seguramente, cálidos y suaves y, desprovistos de sujetador, en cuya cúspide dos pezones tiernos, sonrosados y encendidos se ponen erectos y firmes de golpe ante la sorpresa de mi mirada.
Estoy convencido de que los abrumadores efectos de la bebida pueden dar alas al ánimo más entorpecido, unas alas etílicas que pueden hacerte imaginar hasta lo que no existe, pero no es éste el caso. Yo que soy el único sobreviviente de la menguada clientela que ha tenido esa noche sé que aquello no es un espejismo fruto del alcohol.
Me sirve hasta casi el borde del vaso y se queda allí parada delante mío con los brazos separados de su cuerpo apoyada de manos sobre la barra. Bebo un trago largo sin quitar la mirada de sus senos, de nuevo exhibidos sin ningún pudor y consciente de ello cuando se vuelve a agachar para coger un cuenco de frutos secos y pasas que deposita sobre el mármol. Cojo una de ellas entre mis dedos y me la llevo lentamente a la boca, después de abandonar el vaso en la encimera, y mi lengua se inunda de saliva y explota con su dulzura, mientras imagino a que pueden saber esos pezones, ahora de un color más oscuro, hinchados, del mismo color que el del fruto que saboreo con delectación ensoñadora, al percatarme como una gota, que le ha debido saltar al cuello al servir la bebida, le resbala por el escote bajando por el valle de sus pechos hasta perderse dentro de su ombligo.
Ella sigue impertérrita observándome mientras bebo hasta que vacío el vaso. Me gusta el olor que emana de su piel aunque sé que no se ha puesto perfume. La voz de la cantante de Roxette envuelve de nuevo cada rincón del bar acariciando a las personas
que ya no están y a nosotros que no dejamos de mirarnos.

––¿Qué te debo?

––Dame 7 euros. A la segunda te invito yo por venir esta noche a hacerme compañía cuando estaba sola.

Saco del bolsillo un billete de 10 euros y se lo doy rozando suavemente, sin intención, o quizás sí, la palma de su mano. Se da la vuelta y abre la caja registradora y coge tres monedas que me acerca a mi mano y sus dedos me rozan con toda su intención, lentamente.
Me levanto y, después de despedirme, camino hacia la puerta. Cuando estoy ya muy próximo a ella, escucho a mi espalda su voz.

––Oye, ¿vendrás mañana? Si lo haces a estas horas volveré a estar sola.
Vuelvo la cabeza y le sonrío.

––Hasta mañana.


Salgo a la calle y una bofetada de calor me golpea en la cara. En el cielo empieza a amanecer y la ciudad está aún más solitaria si cabe. Paseo sin rumbo hasta que decido regresar a mi casa. Empiezo a tararear esa vieja canción del rey del rock: «¿Estás sola esta noche? ¿Me extrañas esta noche? ¿Sientes nostalgia de mí? ¿Sientes nuestra separación? ¿Parece que todas las sillas de tu bar están vacías y desnudas? ¿Miras la entrada de reojo y te parece verme ahí? ¿Está tu corazón lleno de dolor y debería yo volver? ¿Estás sola esta noche?» Enciendo un cigarrillo y calculo cuántas horas faltan para volver en la madrugada al bar. Estoy seguro que la segunda parte de la vieja canción del cantante de Memphis no va a producirse porque la vida me da una nueva oportunidad y, por una vez en mi triste existencia, va a ocurrir algo afortunado en mucho tiempo.