martes, 31 de octubre de 2017

Bajo mi piel



¿Qué es lo que una persona tiene bajo la piel? Como escribo la reseña de un libro de poesía y la poesía es una de las cosas más bonitas con la que nos podemos encontrar en nuestra vida, voy a decirlo de manera poética: bajo la piel tenemos avenidas rojas de sangre. Eso lo tenemos todos, pero hay favorecidos, tocados por una varita mágica, que bajo su piel laten muchas cosas más, y una de esas personas extraordinarias es Silvia Monterrubio.

En Bajo la piel de Silvia Monterrubio hierve una vorágine de sentimientos en ebullición y una pasión desmedida que no le cabe dentro y necesita salir al exterior por cada uno de sus poros en torbellino.

Silvia Monterrubio es una mujer a la que hay que tener la fortuna de llegar a conocer en alguna etapa de la vida porque es una persona que todo lo que toca lo convierte en arte tejida con un entusiasmo y vitalidad que no puede dejar indiferente a nadie. Yo casi me atrevería a decir que en una vida anterior debió de existir en el Renacimiento. Ha practicado danza, pinta como los ángeles, escribe teatro con unas comedias vivaces que te mantienen, cuando tienes el privilegio de asistir a ellas como espectador, desde la primera escena hasta cuando cae el telón con una sonrisa en los labios, cuando no una carcajada que surge explosiva por las situaciones en las que te sumerge, escribe relatos en prosa de una sensualidad subyugante y ahora nos sorprende con este primer poemario que es Bajo mi piel.

Una poeta habita en un verso raso en el cual se eleva por el aire al que se encadena. Presagia la palpitación y el sentir más hondo. Anuda con cada palabra con lo que piensa.
Bajo mi piel está compuesto por sesenta poesías que se desarrollan a lo largo de cinco capítulos: el olvido, el recuerdo, la soledad, la libertad y la pasión. Un olvido de algo que se extinguió después de ser pasión, pero que nunca se arrincona porque quedan siempre los recuerdos para poder llenar la soledad a la que nos aboca el fin de la relación vivida hasta poder tocar con las manos la ansiada libertad que con el tiempo volverá a desembocar de nuevo en la pasión, como un bucle mágico que sirve para cerrar el círculo o los círculos del tiempo que jalonan toda una vida.

¿Qué es Bajo mi piel? Por supuesto, y en principio, es primordialmente un libro que nos habla del amor. Pero, la poesía es definida como una expresión literaria en donde se pone de manifiesto lo hermoso y sublime a través de las palabras. La poesía es la expresión del sentimiento.

Bajo mi piel es el amor sin medida ni final, es el amor sin saciarse del amado para no comenzar a dejar de amarlo, y es un ejercicio de escritura necesario para Silvia Monterrubio para rehacerse naciendo a diario. Es un amor que mora en la noche en donde habita el infierno, un amado infierno:

Amado infierno.

Noche cerrada habitada de espectros
no me tengáis piedad
cuando sin él,
mi cuerpo entierre en el deseo.
No me tengáis piedad
cuando en su lecho,
mi carne no tenga rostro
y descienda a los infiernos.
No sintáis compasión
cuando el dolor de mi locura
materialice en nuestros cuerpos.
No me abracéis, brujas de cupido,
Intentando rescatarme de mi sueño,
he decidido vivir
encadenada a sus besos.
Porque ninguna de vosotras sabéis,
hermosos espíritus del alba
lo que duele vivir sin su veneno.


Para Silvia Monterrubio el amor es vivir encadenada a los besos del amado, lo que duele vivir sin su veneno… El amor queda plasmado en el papel como el pincel se abraza al lienzo, y en cada hoja cada palabra es como la luciérnaga que vela en busca de su pareja iluminando la oscuridad de la noche, o como el élitro de un pez tornasolado que se desplaza libre y reposa sobre la laguna del verso.

Queda confirmado desde el principio que este amor no es un amor idealizado como el de la poesía pastoril, ni un amor platónico, ni un amor inocente. Es un amor físico, es un amor desmedido, no es un amor espiritual, sino un amor que se da con el alma y el cuerpo, absolutamente somático y pasional que recorre cada verso del libro.

Y es un amor deseado porque lo anhelado es un estado febril que comienza a quemar dentro del cuerpo y el alma como una hoguera que se apodera y se apropia de todos los pensamientos y de todas las acciones que realizamos, en todos los exteriores de nuestros interiores:

En el exterior de mis interiores.

Será porque nada es un todo
cuando enredo mis labios
en los tuyos,
porque aprendo el amor
desde el amor errado,
ese amor que escribe
cada día sus versos
en cada centímetro de mi piel
desnuda,
dolorida por marcarte a fuego lento.
Te entiendo así,
te vivo en la necesidad
de ser en ti,
de soñarte realidad en mí,
fracasando en ese sentimiento
que escapa en cada marcha
porque solo quiero
existir en tu regreso.
De qué serviría parar el tiempo,
congelar nuestros momentos,
si mi deseo es descubrirte
cada vez que regresas
como si nunca
hubieses existido,
mientras te sueño,
mientras te pienso
te rechaces en mi
eternamente fugaz,
y me amas dentro
en esa explosión que conforma
el final de un todo,
o el principio de la nada.
Te deseo lamiendo
el interior de mis heridas,
como única posibilidad
de no anidar
en mis cicatrices…
y convertirte en ese dolor errante
que me enmascara
el amor verdadero.
Ese rastro doloroso,
que desangra el amor
cuando se ama
desde la libertad
más absoluta del otro.
No te quiero en el deseo
de amortiguar mis caídas,
quiero seguir cayendo
y en tu amor,
recuperar el aliento
que me empuje a seguir.
No te busco en mi consuelo
porque deseo llorarme
lo que me plazca
y después,
tenerte en mis silencios.
No busques interpretar,
cuando es todo tu amor
lo que me ofreces
y en él consigo
ahogarme hasta la muerte.
Ni sientas que abandono
si me marcho.
He de ser precisa
en el tiempo de destierro
que abrazo,
pues si permanezco
-amor-
retenida,
será probablemente
la forma inevitable de perdernos.
En tu sombra
Déjate vencer sobre mi pecho
aun cuando la espada de tus besos
te proclame vencedor en la batalla,
permitiéndome que incumpla
las reglas de este juego,
y que esa lluvia que no cesa
sea de nuevo la excusa
del por qué mis ojos
mojan de nuevo tu espalda.
Róbame una noche más
para que pueda arrancarte del hastío
de unos besos dormidos en la penumbra,
de un amor que se sigue desangrando
después de un sueño roto,
de una pasión llena de preguntas,
vacía de respuestas.
Deja que ese alma vendida
encuentre su lugar en este infierno
que se abre en mi entrepierna,
será lo más parecido a la eternidad.
Quiero que el credo de mi carne
sea la única fe que te haga alcanzar
el cielo de mi boca,
y que el pecado se convierta
en el pan nuestro de cada día.
Que las horas de pasión
que cada noche dibuja sobre la almohada
ese pliegue insomne de mi cerebro,
deje de ser testigo y pase a ser cómplice
de cómo despedazamos los restos de amor
que no nos pertenecen.
Quiero abrazarte en el dolor de la distancia,
especular mientras cabalgo dentro de ti
sobre ese futuro que no nos corresponde,
sobre ese mañana que no nos pertenece,
sobre esa mancha que enturbia
pero no ciega,
sobre esas pisadas que dejas en mi piel
cada vez que te marchas,
sobre ese rastro que adivino en tus besos,
sobre esas caricias que se llevan a jirones
mi piel entre tus uñas,
porque hoy es ese ayer que nunca llegó
o que llegó tarde,
porque mis ojos se secan
en una fuente de lágrimas,
cuando mis labios se quedan
desprendidos de mi boca,
porque mis manos encuentran
en el aire tu forma,
porque mi vida comienza
cuando tu vida se asoma.


 ¡Qué bello escribe Silvia Monterrubio! El lenguaje baila y su oculta rima se empapa así en el sentimiento que cruza por las cuartillas de papel, embalsamadas de amor, de brasa candente, de arrebatada pasión, en cada paso.  Esa hoguera que es la persona amada que la queremos tener dentro de nosotros lamiendo el interior de nuestras heridas, como única posibilidad de vivir con nuestras cicatrices y que le convierta en un dolor errante que nos enmascare el amor verdadero.

Un amor que cuando surge es eterno e incombustible, un amor que sabes que sólo él puede calmar el incendio que te devora las entrañas con el incendio de la persona amada, con el crepitar del otro cuerpo, pero que al mismo tiempo te arrebata más y más.

Pero el amor, el sentimiento más bello, más hermoso, más placentero, más radiante y más espléndido del que se puede gozar, es un tirano. Un amor que, como decía Góngora, ciego que apuntas y atinas. Un amor que puede llegar a privar de la libertad. Por eso, Silvia Monterrubio, enamorada de la libertad, suya y del otro, se rebela cuando escribe en su poema Alejándote para volver a ti:

Quiero sentir cómo la primavera eclosiona en mi pecho
con la misma intensidad que hace estallar la flor en los cerezos.
No quiero mi corazón lleno de ti cuando llegue,
quiero recibirla libre, que inunde mi espacio,
poder respirar el aroma que desprende el amor
cuando lo moja la lluvia del deseo.
No quiero que llegue y me sorprenda encerrada en ti,
en ese amor que me ata sin tenerte,
presa en una realidad imaginada
entre el límite de lo banal y lo importante.
No me gusta improvisar frente a tus ojos,
no quiero perderte en mí
para después encontrarte en el camino de vuelta,
quiero que te alejes mientras dura el amor
y su llama prende todavía,
para que la próxima primavera que pronto estalla
me pille con el corazón tan deshojado
que pueda hacerlo brotar de nuevo,
llenándolo con pétalos de rojo pasión
cuando volvamos a encontrarnos.
Porque quiero seguir sintiéndote
como aquel primer instante
en que tus ojos anidaron en mis pestañas,
aquel preciso momento
en el que tus manos se tatuaron
en el mapa de mi cuerpo para siempre.
Porque hubo primaveras de pasión en este invierno
quiero que te alejes para poder descubrirte nuevamente.

La libertad de, como dice en otro de los poemas, en la que vuelve a sentir en su interior el
vértigo de las manos del amado marchándose de su piel desnuda. La libertad del amor sentido, no en palacios de oro y cristal, sino vivida dentro de sí misma para que los dos amantes se sientan tan ligeros que puedan volar sin alas.

Silvia Monterrubio nos esclarece en este sobrecogedor, conmovedor y turbador
poemario que es Bajo mi piel que la poesía no es sentarse frente a cualquier hoja en blanco y vestirla con letras encadenadas, sino que la poesía se escribe con la tinta del alma, sobre el papel que envuelve los sueños. Pero, la poeta da un paso más al frente y nos confiesa que no hay poesía sin una fuente de inspiración que surge de su pluma gracias al amor. Un amor que ella encuentra en la luz de los ojos de la persona amada que le iluminan su vida cuando todo es oscuridad, en la caricia de la boca adorada que estremece su mundo cuando es atrapada entre sus labios. Y así va vertiendo sus versos con esa tinta del alma, vistiendo un amor físico y sensual, pleno de lirismo ardiente y enardecido. Es una poeta que ha hallado una voz con la que poder comunicarse con sus lectores, con la garantía de conmover porque, en la lectura de su obra, el ánimo del lector queda perturbado, la razón inquieta, la forma de asomarse a la vida alterada en una sacudida que desasosiega, agita, impresiona, impacta y estremece. Y ahí radica el verdadero fin que persigue toda la poesía que merece ser leída.

Silvia Monterrubio es esa persona que cuando la conoces te das cuenta de que has tenido que vivir toda una vida para sentirte un privilegiado por la fortuna de haber podido conseguir que se cruce en tu camino y sabes que siempre ya querrás tenerla cerca porque, como su poesía expresa, cuando se aleja deja voces que se escuchan en el silencio de la noche y proporciona sus sentimientos de agua mansa desesperada que mana de cada uno de sus poemas, un agua torrencial que, tranquila, se convierte en poesía como bálsamo que calma el ansia codiciada y el afán más anhelado.

Bajo mi piel es un libro intenso, pleno de vehemencia sin medida, penetrante, apasionado, sensual, sexual, erótico y limpio. Un libro que ha sido escrito, como he dicho, con la tinta del alma. Es un libro tan bello que no dejaría de poner sin parar todas las poesías que lo componen, pero debéis ser vosotros los que tenéis que leerlas, como se lee la buena poesía, en soledad y dejando que cada una de sus palabras os inunde el corazón.

Melodía alada, inundada en la cavidad del corazón y alejada. Palabra deslizada que de los sueños voló. Habita la poeta y sobre el verso raso se abalanza como una golondrina que sobre el papel florece.

Sería capaz…

Quisiera acariciar ese instante
en que tus labios y mis labios
se encuentran siempre por primera vez.
Desearía poder palpar ese denso deseo
que me embriaga cada vez que te pienso.
Querría respirarme todo el aliento
que llevan tus “te quiero”.
Aprendería a reducirme a nada
cuando por ti llego al todo.
Conseguiría amarte desde el silencio
mientras mis ojos gritan tu nombre.
Masturbaría mi corazón a las puertas del Cielo
en presencia de ese Dios que me vendió su alma.
Liberaría la necedad con que los hombres aman
para poder recorrerte entero y amarte sin armas.

viernes, 9 de junio de 2017

Cinco sentidos enardecidos durante una noche de verano ardiente en la soledad de un bar desierto



Estoy sentado en el sofá del salón de mi casa, aunque sería más correcto decir que me encuentro tirado sobre él. ¿Cuántas horas llevo aquí? El cenicero repleto de colillas reposa en el suelo próximo a un vaso donde quedan los restos de unos hielos licuados que se han ido deshaciendo y una botella terciada, más vacía que llena, de bourbon. No tengo muy seguro de cuántos días hace que mi mujer, se ha marchado, abandonándome, y estoy convencido de que no volverá ya. La empresa de mi propiedad, una academia de idiomas en la que imparto inglés a adolescentes desmotivados, no pasa por una buena época y es cada día más posible que la tenga que cerrar, por lo que mi empleo se encuentra en el aire, y no sé qué es lo que voy a hacer con el resto del tiempo que me queda pendiente y que aún no he logrado destrozar.
Un hombre no puede subsistir con esa melancolía de sí mismo acuchillándole las entrañas. Y la mía me produce una pérdida de sangre continua, gradual, invisible, pero que está agotando mi vida. Parezco una persona que sólo es el contorno sombrío de un hombre, o así me lo imagino yo, que ha dejado de tener interés por nada y que no tiene ningún deseo de seguir luchando, porque tengo la certeza de que un hombre apesadumbrado y taciturno es la más que posible materialización de todas las traiciones y ruindades inminentes, prólogo de un hombre enfrentado al mundo y en contra de todos los que le rodean para combatir sus propias penurias. Pero también quiero llegar al convencimiento de que la vida no tiene confines, ni se le deben poner cortapisas ni reproches ni rótulos de ninguna clase porque quiero desear que la vida puede superar, espléndida y desprendida, todos los males desgraciados y los infames trances hasta ahora padecidos.
En estos lúgubres pensamientos y desidia me encuentro cuando decido salir a dar una vuelta después de estar encerrado entre estas cuatro paredes. Es ya muy tarde y me veo sumergido en una de esas noches habituales de agosto en Madrid, seguramente cuajada de estrellas aunque la contaminación lumínica de la ciudad no permita distinguirlas,
muy cálida, casi irrespirable, sin el más mínimo soplo de aire que refresque este ambiente sofocante. El tráfico nocturno de agosto llena de luces centelleantes la calle y rebotan contra las aceras y el asfalto salpicados por diversos charcos, producto del chaparrón que ha descargado hace poco sobre la ciudad, asemejándose a luminosos espejos donde se reflejan las farolas encendidas. El ambiente, acrecentado por el vapor que surge del suelo mojado al condensarse el agua, es húmedo y abrasador. Las calles a estas horas de la noche se hayan casi desiertas, producto de las fechas en la que mucha gente pasa sus vacaciones estivales junto al mar o en la sierra. Los callejones de este barrio del Madrid del Barrio de las Letras exhiben contenedores de basura maloliente, tan llenos, que varios están vigilados por bolsas de plástico atadas y otras inmundicias que descansan en el suelo a su alrededor, a la espera de que pase el camión a recogerlos, en un caos desordenado y un olor a podredumbre. Seguramente sólo el diluvio universal puede limpiar este ambiente fétido de miseria, desechos e iniquidad injusta, y lo que ha jarreado antes durante tan pocos minutos es evidente que no se le asemeja.
Voy andando por la acera, pegado a paredes ennegrecidas para que no me mojen los goterones que caen de tejados, canalones y voladizos. Una pareja muy joven se besa y se acaricia sin ningún recato entre dos coches aparcados en doble fila. Al fondo, rompe el silencio el griterío de una cuadrilla escandalosa que permanece imperceptible y escondida a mi vista, y al pasar junto a un mendigo, que ha montado su cama de cartones sobre un banco en el que se sienta bebiendo directamente de un envase, también de cartón, de vino barato, me pide, con voz aguardentosa y ronca, que le dé un cigarrillo.
Sigo avanzando sin saber muy bien hacia dónde dirigirme y sin dejar de pensar en las baratas filosofías que me abruman y que siempre me llevan al convencimiento de que mi vida no es, para nada, la que un hombre se merece y que el tener tanta mala suerte de manera permanente me produce la sensación de estar acostumbrado a que sólo me ocurran desgracias, cuando al volver una esquina, aparece ante mí la claridad de un letrero de neón que emite un sonido de chicharra bajo la noche bochornosa y asfixiante y unos fluorescentes de colores de los que uno, próximo a fundirse, se enciende y apaga de forma intermitente. Me detengo, alzo la vista y leo:

La guarida
Copas y otras cosas

Un portón de dos hojas de madera, protegido por una cancela de hierro forjado, me invita a que empuje una puerta de cuarterones de vidrios esmerilados de colores. Me terminan de convencer para entrar el calor y el sudor que hace que mi camisa y mis pantalones de lino se peguen al cuerpo y a las piernas, creándome una sensación de agobio.
El espacio es amplio, seguramente así me lo parece pues no se ve a ningún cliente allí dentro, recargado en su decoración con diversas figuras y cuadros con fotografías de brujas, vampiros y otras criaturas inquietantes que pueblan las películas de terror y nuestras peores pesadillas, de techo elevado desde donde me saluda colgado una especie de robot de plástico, y una sala rectangular con suelo de terrazo oscuro. Al fondo, una pantalla gigante proyecta un vídeo que no acompaña sus imágenes con la canción que en ese momento se escucha, y una escalera de peldaños empinados y divergentes según ascienden, que debe de llevar, con toda seguridad, a los servicios. Un banco corrido, sin mesas delante suyo, de ajado terciopelo rojo y cuero cuarteado por el uso, decora el lateral izquierdo frente a una barra recta de mármol, en el lado derecho, con columnas de madera y lámparas de tulipas rojas y verdes que emiten una luz mortecina que malamente ilumina las botellas de alcohol que se alinean en los estantes que se sitúan detrás de ella. Sobre su superficie reposan candelabros con velones encendidos que derriten la cera que cae formando gotas por el cilindro de su tronco amarillento.
Aparte de la música que sale de unos bafles suspendidos en las cuatro esquinas del local, no se oye el vuelo de una mosca, y a mí no me gusta el bullicio y detesto las moscas, así que decido sentarme en una de las banquetas alineadas frente a la barra de ese bar tan solitario y vacío.
¿Cómo un hombre como yo, licenciado universitario, instruido, cultivado y refinado cuando es necesario aparentarlo o serlo, puede ponerse a beber solo en un bar en el que no ha estado nunca, una noche tórrida de verano cuando la ciudad se ha quedado vacía pues todo el mundo ha decidido abandonarla buscando otros lugares de clima más benigno?
Allí, ni en la sala ni detrás de la barra, hay nadie, hasta que de pronto de una habitación lateral aparece ella, y así fue como comenzó todo en ese bar de copas en penumbra, desierto y vacío.

––Hola, buenas noches, ¿qué te pongo? ––me tutea mientras se acerca con paso resuelto hacia donde me encuentro sentado en la esquina opuesta de donde ha salido.

––Un Four Roses con hielo en vaso corto, por favor.

Debe de tener cerca de treinta años, tacones que engrandecen su menuda figura y alargan sus bronceadas piernas que emergen de una minúscula minifalda naranja que ciñe sus caderas. Su cara, no especialmente bonita, de boca con labios gruesos, carnales y apetitosos, resplandece a causa del color miel de unos ojos rasgados y miopes. Tiene el pelo muy corto, casi rasurado en la nuca, con mechas de tonos dorados y plateados que me recuerda por su semejanza al de Marie Fredriksson, la cantante del grupo sueco Roxette, que está sonando en ese momento en el equipo de música: «I`m going to get dressed for succes, shaping me up for the big time, baby…», que por mi deformación profesional, de manera automática traduzco en mi cabeza: Me voy a vestir para el éxito, me voy a poner en forma para el gran momento, cariño. Me visto para el éxito; me pongo en forma para tu amor…
Coge un vaso de cristal grueso y pone dentro de él unos hielos. Se gira hacia la estantería de forma cadenciosa, como pensando, y alza un brazo para alcanzar una de las botellas, dejando a la vista una axila depilada y sensual que hipnotiza mis asombrados ojos.
Vuelve a acercarse a mí y comienza a verter el líquido de color ambarino como sus ojos que cae melodioso y cadente en el vaso, sorteando las paredes resbaladizas de los hielos que se astillan a su contacto. La chica exhala un aroma arrebatador a perfume insólito, aunque yo estoy convencido que el olor intenso que emana de su cuerpo no es perfume, sino otra cosa, extraordinaria, venenosa, mortífera. Algo que sube por su cuello, largo y moreno por el sol, y que me produce una perturbación que nunca hasta ahora he experimentado y que me empuja a unos niveles de ansiedad y deseo incomprensible e inaudito para mí hasta entonces.
La muchacha se aparta de mí unos pasos y empieza a secar unas copas que ha sacado del lavavajillas con una gamuza y yo la observo, tímido y azorado, mientras doy pequeños sorbos de mi consumición. El pelo un poco alborotado en su flequillo, la carnosa depresión que intuyo o adivino entre los pliegues que forman la tela de su blusa que seguramente lleva algún botón desabrochado de más, el brillo metálico de su cabello, la cordialidad cálida de su mirada cuando levanta hacia mí la vista y la sonrisa vivaracha de su boca, pintada de rojo brillante, la longitud de los muslos bronceados y los pechos que oscilan al ritmo de sus brazos pugnando por salir del escote de su blusa vaporosa, producen en mí un estado apasionado y excitado que no apacigua el olor a naranjas y limones recién cortados ni el de humo de vela encendida que impregna el ambiente, acrecentado por el hecho de encontrarnos solos en medio de una atmósfera que me hace estremecer.

––Oye, perdona, ¿me puedes poner otro, por favor? –le pido tras beberme la copa en tres tragos largos.

––¿De lo mismo? ––me pregunta clavando su mirada turbadora en mis ojos, sin dejar de secar los vasos.

––Sí, otro Four Roses con hielo.

Deja el trapo sobre las cámaras y se va acercando hacia mí con el movimiento de delicada elegancia de un gato y una gracia, volátil y abstracta, de un ser mágico que mora en un bosque encantado pese a sus altísimos tacones.

––Un bourbon con hielo… ¿no has probado nunca el Jack Daniel´s? ––me pregunta––. A mí me gusta mucho más. Esta bebida me hace sentir feliz y nostálgica a partes iguales.

Y sin esperar a que yo diga nada, mira hacia la estantería más alta donde reposa la botella marrón y cuadrada con etiqueta negra y letras blancas con el nombre de Tennessee que tanto me recuerda a mis discos de country de mi juventud. Acerca un taburete que tiene a su lado y que, seguro, le sirve, aparte de lo que va a realizar a continuación, para descansar cuando no tenga nada que hacer, y alza su pierna izquierda posando su rodilla en el asiento acolchado, dejando la otra en el aire y se impulsa hacia las alturas. La falda, ya de sí muy corta, se sube aún más enseñando la entera plenitud de sus muslos, mientras mis ojos no pueden dejar de mirar fijamente esa atracción fabulosa hasta contemplar su culo atrapado por unas braguitas negras, espléndido, escapándose de ellas unas rotundas nalgas que se mueven ante mí. Se demora unos segundos en esa postura hasta que agarra la botella, permitiéndome observar bien toda esa carne deliciosa.
Se coloca frente a mí, se inclina para buscar un vaso y la cubitera de hielo. Un soplo de brisa, procedente del ventilador alojado a su izquierda, le ahueca la tela de su blusa mostrando dos pechos turgentes, redondos, repletos y, seguramente, cálidos y suaves y, desprovistos de sujetador, en cuya cúspide dos pezones tiernos, sonrosados y encendidos se ponen erectos y firmes de golpe ante la sorpresa de mi mirada.
Estoy convencido de que los abrumadores efectos de la bebida pueden dar alas al ánimo más entorpecido, unas alas etílicas que pueden hacerte imaginar hasta lo que no existe, pero no es éste el caso. Yo que soy el único sobreviviente de la menguada clientela que ha tenido esa noche sé que aquello no es un espejismo fruto del alcohol.
Me sirve hasta casi el borde del vaso y se queda allí parada delante mío con los brazos separados de su cuerpo apoyada de manos sobre la barra. Bebo un trago largo sin quitar la mirada de sus senos, de nuevo exhibidos sin ningún pudor y consciente de ello cuando se vuelve a agachar para coger un cuenco de frutos secos y pasas que deposita sobre el mármol. Cojo una de ellas entre mis dedos y me la llevo lentamente a la boca, después de abandonar el vaso en la encimera, y mi lengua se inunda de saliva y explota con su dulzura, mientras imagino a que pueden saber esos pezones, ahora de un color más oscuro, hinchados, del mismo color que el del fruto que saboreo con delectación ensoñadora, al percatarme como una gota, que le ha debido saltar al cuello al servir la bebida, le resbala por el escote bajando por el valle de sus pechos hasta perderse dentro de su ombligo.
Ella sigue impertérrita observándome mientras bebo hasta que vacío el vaso. Me gusta el olor que emana de su piel aunque sé que no se ha puesto perfume. La voz de la cantante de Roxette envuelve de nuevo cada rincón del bar acariciando a las personas
que ya no están y a nosotros que no dejamos de mirarnos.

––¿Qué te debo?

––Dame 7 euros. A la segunda te invito yo por venir esta noche a hacerme compañía cuando estaba sola.

Saco del bolsillo un billete de 10 euros y se lo doy rozando suavemente, sin intención, o quizás sí, la palma de su mano. Se da la vuelta y abre la caja registradora y coge tres monedas que me acerca a mi mano y sus dedos me rozan con toda su intención, lentamente.
Me levanto y, después de despedirme, camino hacia la puerta. Cuando estoy ya muy próximo a ella, escucho a mi espalda su voz.

––Oye, ¿vendrás mañana? Si lo haces a estas horas volveré a estar sola.
Vuelvo la cabeza y le sonrío.

––Hasta mañana.


Salgo a la calle y una bofetada de calor me golpea en la cara. En el cielo empieza a amanecer y la ciudad está aún más solitaria si cabe. Paseo sin rumbo hasta que decido regresar a mi casa. Empiezo a tararear esa vieja canción del rey del rock: «¿Estás sola esta noche? ¿Me extrañas esta noche? ¿Sientes nostalgia de mí? ¿Sientes nuestra separación? ¿Parece que todas las sillas de tu bar están vacías y desnudas? ¿Miras la entrada de reojo y te parece verme ahí? ¿Está tu corazón lleno de dolor y debería yo volver? ¿Estás sola esta noche?» Enciendo un cigarrillo y calculo cuántas horas faltan para volver en la madrugada al bar. Estoy seguro que la segunda parte de la vieja canción del cantante de Memphis no va a producirse porque la vida me da una nueva oportunidad y, por una vez en mi triste existencia, va a ocurrir algo afortunado en mucho tiempo.

martes, 23 de mayo de 2017

¡Ya está bien!




Pasa y pasa el tiempo y aquí estoy desde hace ya casi cuatrocientos setenta y cinco años, y lo que me queda, que para eso lo llaman eternidad al sitio donde habito, es decir, la duración que no tiene ni principio ni fin, o como diría Aristóteles, ese sabio griego: “el tiempo que perdura siempre”.

Para que vuestras mercedes estén informadas, e ir poniendo los cimientos de lo que les quiero desvelar, diré que mi nombre es doña Inés de Ulloa. Nací en Sevilla allá por el año 1525, aunque si he de ser sincera nunca lo supe de cierto, cuando nos gobernaba nuestro Señor, el buen rey don Carlos, que será muy bueno pero que por aquí, en las Españas, se le ha visto poco por estar siempre dando mandobles a diestro y siniestro por toda la faz de la Tierra, y que a la postre llegará a ser coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ahí, precisamente ahí, es donde empiezan todas mis desgracias que no me han abandonado nunca, salvo unos simples instantes de felicidad en un cortijo al lado del Guadalquivir, una noche del año del Señor de 1545, con tanta monserga de moral cristiana, amor divino ensalzado frente al amor humano, sufrimiento identificado con la pasión de Cristo, adorar a la amada como una virgen mientras todas las demás no paran de divertirse y de gozar, conventos, misas, madres superioras, salvación eterna y demás zarandajas, pamplinas, chuminadas y tonterías que, al menos a mí, me han dejado a dos velas en esto de los placeres carnales.
Y vamos a ver si se me entiende con claridad lo que a vuestras mercedes les quiero explicar y lo disciernen e interpretan en su justo término, que ni por asomo es echar por tierra el precioso y excelente drama, escrito en 1844 por un autor romántico nacido en Valladolid, y que nos dio a conocer al mundo entero no sólo a mi humilde persona, sino también a todos los que me rodearon en mi afligida existencia.

Era mi padre el muy cristiano y católico don Gonzalo de Ulloa, Comendador de la muy religiosa y militar Orden de Calatrava, por lo que pertenecí a una familia de rango muy elevado en el ámbito social. Huérfana de madre, fui recluida por mi progenitor y criada en un convento del barrio de Santa Cruz donde me sentí ahogada como si se tratase de una cárcel.

En el noviciado me encontraba cuando mi criada Brígida me empezó a musitar al oído palabras que me turbaron sobre un tal don Juan Tenorio, burlador, calavera, canalla y mujeriego, para después hacerme leer sus cartas que me dejaron trastornada, por lo que yo, una muchacha joven, bella, inocente, virginal, que no conocía la malicia, el falso fingimiento, ni la hipocresía, comencé a llenar mi cabeza de deseo carnal, antes para mí inconcebible, hasta explotar cuando le tuve frente a mis ojos y de mi boca salió del mismo alma:

-- Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan, y tus ojos me fascinan, y tu aliento me envenena. ¡Don Juan!, ¡don Juan! Yo te imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro.

¡Oh, Dios mío! Allí en ese sofá en el que se me saltaban los pulsos y mariposas volaban en el estómago; en ese diván en el que quería yacer con ese hombre como amante y deleitarme por fin con voluptuosidad lujuriosa del sexo siempre vedado para mi persona.
Pero no pudo ser. Tuvo que aparecer por la casa, antes de la consumación, mi señor padre el Comendador de Calatrava para mandar todo a tomar vientos. ¿Por qué tuvo que presentarse? ¿Por qué no escuchó a mi amado cómo le pedía perdón arrepentido postrado de rodillas ante él? ¿Por qué no lo creyó? ¿Por qué lo despreció, lo provocó y se batió a muerte con él? Don Juan tuvo que huir de España y yo morí de pena y tristeza por motivo de su ausencia, no sin antes ofrecer mi alma al mismo Dios, a cambio de la de él, que en su infinita sabiduría y misericordia aplazó su sentencia si se arrepentía de sus pecados, lo cual sucedió cinco años después cuando, momentos antes de morir, lanzó a los cuatro vientos estas palabras:

-- Suéltala, que si es verdad que un punto de contrición da a un alma la salvación de toda una eternidad, yo, Santo Dios, creo en Ti: si es mi maldad inaudita, tu piedad es infinita… ¡Señor, ten piedad de mí!

¡Albricias! Parecieron unas palabras mágicas, pues Dios no sólo salvó a don Juan de la condenación eterna, sino que también me salvó a mí. ¡Toda una eternidad entera iba a pasar junto a este hombre al que amé con locura!

Pero la perpetuación infinita ya me está saliendo por las orejas. El llamado Tenorio, que una vez llamó al Cielo y no le oyó cerrándole sus puertas, a la segunda intentona lo consiguió. Ahora se pasa las horas platicando con San Pedro en la puerta, le da la paliza a Jesús con denuedo, pide consejos sin descanso al Espíritu Santo para ser más virtuoso, y hasta el mismo  Dios Padre huye despavorido cuando le ve aparecer. A mí, su doña Inés, ni me mira porque se ha hecho un beato y un santurrón.

Desesperada, no hago más que preguntarme qué fue de ese sinvergüenza que tardaba un día en enamorar a una mujer, otro para acostarse con ella, el siguiente para abandonarla, dos para buscarse a otra y una hora para olvidarla. Y aquí sigo aburrida, añorando esa noche en un sofá donde la luna tan pura brillaba en una apartada orilla del Guadalquivir y mi respiración se agitaba porque, por fin, iba a abandonar mi casta pureza y catar la fruición carnal lasciva y lúbrica. ¡Naranjas de la China!. Aquí continúo, tantos siglos después, aún casta y virginal. ¡Ya está bien, hombre! Pero, ¿qué he hecho yo para merecer esto? ¿Tan mal me he portado en mi vida terrenal de la que nunca salí de un convento? Maldito sea mil veces mi padre, don Gonzalo, por meterse donde no le llamaban y maldita sea la beatería y la religión que ha vuelto gilipollas a don Juan, que si dudo que por mi amor haya salido ganando son su salvación, a mí, doña Inés de Ulloa, la del eterno hábito blanco con la cruz roja de Calatrava en el pecho, me ha destrozado y me encuentro dando alaridos como una gata en celo por poder algún día saborear las delicias de la carne. 

-- ¡Hay que joderse!

viernes, 5 de mayo de 2017

Madrid frontera



¿Qué pasará por la cabeza de un hombre o de una mujer cuando ha perdido su casa por un desahucio? Seguramente pensará que lo ha perdido todo. Pero, si además, antes también perdió su trabajo. Motivo por el cual no pudo afrontar el pago de la hipoteca de su casa, ¿qué pasará por su cabeza? Seguramente pensará que ya no le queda absolutamente nada. Pero, y si no tiene ni trabajo ni casa, ¿de qué come él y su familia? Los que han perdido su casa buscan donde poder vivir y sólo les queda cubrirse con cartones que se convierten en su bien más preciado. Pero, cada vez hay más gente que duerme bajo cartones y es imposible encontrar un sitio libre para poder dormir, porque cada descampado, cada acera, cada rincón de la ciudad ya está ocupado por gente que, como ellos, ya no tienen nada.
Pero, si no tienen nada, ¿qué comen? Pues basura. ¿Qué van a comer? Y si las autoridades prohíben asaltar los contenedores de basura bajo una multa de 1.000 euros y los atrancan con cadenas, ¿de qué viven?
Cuando leía la magnífica Madrid frontera, la supuesta distopía (luego aclararé eso de supuesta) escrita por David Llorente, con el corazón en un puño según avanzaban mis ojos por sus páginas, me venía a la cabeza la canción de Vetusta Morla, Golpe maestro: “Nos han robado absolutamente todo, nos han cambiado la paz por deudas, no nos dejan ni mirar, nos vendieron humo y calma, lingotes de hojalata, palacios de ceniza y cartas sin marcar. Fue un atraco perfecto, fue un golpe maestro dejarnos sin ganas de vencer. Nos han quitado hasta la sed…”.
Madrid frontera es un disparo a bocajarro en todo el centro de la frente para que nos sacudamos la ignorancia de que hay gente a la que le han quitado la voz y sólo les queda el llanto o el silencio para que apretemos los puños ante tanta injusticia cuando contemplamos tanta desesperación que se pasea por delante de nosotros mismos, aunque nieguen lo que vemos con nuestros propios ojos y tengan la desfachatez de decir que nunca eso ha existido. Pero, empiezas a creer que a ti también te puede pasar y que también te están dejando sin voz y que puedes acabar, más pronto que tarde, como ellos, condenado al llanto y al silencio. Madrid frontera es un golpe sobre la mesa o un grito directo a nuestro rostro que nos dice que despertemos ya.
La ciudad de Madrid ha cambiado. No para de llover nunca. Está rodeada por un mar oscuro negro como la tinta. Los edificios vacíos se convierten en bancos que anuncian hipotecas y en iglesias que llaman a la sumisión a golpe de campana. En los colegios se han suprimido todas las asignaturas que no sirvan para ganar dinero rápidamente, y estas están impartidas por curas. La ciudad de Madrid es una ciudad sin trabajo. La ciudad de Madrid es una ciudad de puertas que se cierran y de edificios que se apagan. La ciudad de Madrid es una ciudad llena de gente que se mete debajo de los cartones. En la ciudad de Madrid los niños ya no juegan. Los niños de Madrid se dividen entre los que tienen bocadillo y los que no lo tienen, y ambos grupos se odian, porque la ciudad de Madrid es una ciudad en la que se pasa hambre, de estómagos vacíos y de pómulos afilados como lapiceros.
En el sur de la ciudad de Madrid están los acantilados donde la gente desesperada se suicida al escuchar los cantos de sirena que habitan en su mar negro como la tinta. En las azoteas de todos los edificios de la ciudad de Madrid, vacíos, grandes pantallas de plasma emiten sin parar la imagen de su Presidente lanzando soflamas vacías como los edificios y paternalistas de que lo peor gracias a él ya todo ha terminado y vienen los tiempos felices de nuevo. En las orillas del barrio de Salamanca está el puerto deportivo lleno de yates de lujo. El barrio de Usera es el barrio pesquero. Sol es la Plaza del Kilómetro Cero. La Castellana se llama la Avenida del Hambre. Los antidisturbios no se cansan de golpear con sus fálicas porras machacando huesos, aunque a los habitantes de la ciudad de Madrid no les importa ya que la lluvia constante les moje la espalda ni que el frío se les meta dentro de esos huesos machacados por los antidisturbios.
De la ciudad de Madrid sólo se puede escapar de dos maneras: o por avión desde el aeropuerto de Barajas, desde el que parten cientos de aeronaves cada día y no aterriza ninguna porque todo el que sale sólo lleva billete de ida hacia donde sea; o lanzarse al vacío desde los acantilados al mar de Madrid donde habitan las sirenas más taimadas de todos los océanos, y las más hermosas.
A los habitantes de Madrid que todavía viven en Madrid sólo les importa el hambre y se sientan en los bordillos de las aceras, en el borde de los arcenes y se quedan mirando los restaurantes y los supermercados que tiran la comida que sobra o están con una pequeña mácula que les afea a los contenedores de basura atrancados con cadenas. Los habitantes de Madrid (sentados en el bordillo de las aceras o tumbados debajo de sus cartones, ya hasta recuerdan esos años felices que se podían alimentar de basura.
Madrid es una ciudad de pisos vacíos donde la policía ha conseguido echar a la calle a todas las personas que no tenían una casa con jardín y yate. La ciudad de Madrid tiene sus calles llenas de comebasura y en ella no se puede apreciar el suelo porque los cartones ocupan cada centímetro cuadrado de acera y de asfalto.
En la ciudad de Madrid o eres un comebasura que duerme o vegeta, debajo de un cartón bajo la perenne lluvia, o eres un alto funcionario con orgullo de la obediencia al líder, el agradecimiento eterno de ser vestido y alimentado, el descanso sin par de saberse respaldado hasta el último día de su vida.
En la la ciudad de Madrid ya no cae la noche porque siempre es de noche. Ya no atardece sobre sus tejados porque sus habitantes viven bajo cartones y, debajo de ellos, a nadie le apetece ya llenarse la cabeza de sueños rosas. Debajo de los cartones (a fuego muy lento) se va cociendo el asco, el hastío, el odio, la desesperanza y la venganza, y con todo esto en el estómago vacío, al habitante de la ciudad de Madrid, no le queda más remedio que levantarse cada día para buscarse la vida hasta que oiga el canto de las sirenas y dirija sus pasos hacia el abismo de los acantilados donde rompen con violencia las olas de su mar tan negro como la tinta.
David Llorente en Madrid frontera se nota que se deja la piel en cada palabra que escribe. Nos escupe a la cara una novela desasosegante, una patada donde más duele y un grito de denuncia de la miseria y de la injusticia que corren por nuestra sociedad actual. En su anterior novela, Te quiero porque me das de comer, ya lo anunciaba, pero es en Madrid frontera donde da un paso radical hacia delante.
David Llorente alza su voz y levanta remolinos de suciedad e ignominia cuando su pluma barre la hoja de papel con sus palabras pues se nota que escribe lo que piensa y que escribe sobre lo que más le duele, desde la sinceridad y el compromiso. Y lo hace con un lenguaje directo como un disparo, sin sombra de descripciones ni adjetivos superfluos.
David Llorente, en su anterior novela, Te quiero porque me das de comer, se inició en el género negro porque este es el mejor vehículo narrativo para una exposición de carácter social. En esta novela nos hablaba de su barrio de Carabanchel en Madrid y lo que en él sucedía entre 1993 y 2003 con el auge de la heroína y como ésta destruyó a muchas personas y la propia vida del barrio. En Madrid frontera se avanza en el tiempo aunque esta distopía no está encuadrada necesariamente en un futuro lejano porque, posiblemente, ya estemos muy cerca de ella. Ya es mucho más letal que la propia heroína.
Madrid frontera tiene una muy novedosa y particular estructura narrativa y el lenguaje propio y magistral de David Llorente que, pese a una excepcional imaginación, la sabe condensar con las palabras precisas en poco menos de trescientas páginas, pero sin ningún límite. Y todo carente de atrocidades ni violencia explícita pese al horror de lo que se narra, con un lenguaje conciso, específico, riguroso y cruel, porque el autor así lo quiere y emplea las palabras justas y concretas que describen ese ambiente apocalíptico de la novela sin ningún tipo de distracciones, ni elipsis ni transiciones. Cada palabra y cada frase de Madrid frontera es necesaria e imprescindible, sin añadidos floridos, para contar lo que David Llorente quiere contar. En Madrid frontera ninguna palabra sobra al igual que ninguna palabra falta.
Si en Te quiero porque me das de comer se hablaba del pasado más o menos cercano, Madrid frontera es una novela social en la que se habla del presente y de todo a lo que nos puede llevar estos tiempos en los que vivimos en la actualidad, en un envoltorio distópico pero lleno de realidad. ¿O es que actualmente no hay desahuciados, policía todopoderosa y cruel, mentiras por decreto, desaparición de la clase media que se convierte en una clase de desposeídos, y una élite formada por unos cuantos privilegiados que se aprovechan de los que con sus acciones han provocado tanta desigualdad para enriquecerse cada día más a costa de las penurias del resto? ¿No existe ya hoy la ley mordaza, la reforma laboral, las cargas indiscriminadas de la policía, el desmantelamiento de lo público en educación y sanidad, los centros de internamiento de emigrante, el paro, el trabajo basura, los jóvenes mejor preparados de nuestra historia que se tienen que marchar al extranjero, cada vez más gente viviendo y durmiendo en la calle, los suicidios de las personas desesperadas por perderlo todo? El futuro ya es el más crudo presente. Todo lo que narra Madrid frontera son situaciones de la vida real cotidiana de nuestros días, contadas de forma fiel y el resultado parece dar una sensación de distopía, aunque no lo es porque es real. Como ya es así, podríamos decir que ya vivimos realmente en una distopía.
David Llorente observa lo que ocurre en la sociedad y no aparta la mirada, contando y escribiendo lo que ve y lo que escucha, porque es un escritor de los pies a la cabeza con la misión de los buenos escritores de destapar con su literatura la podredumbre gritándolo y denunciándolo, levantando la bandera de la verdad y asumiendo las consecuencia de sus actos y, como dice él, tatuándoselo en la piel. No es neutral y toma partido, porque el dolor de las personas y la indignación es lo que le motiva para ponerse a escribir, pero su verdadera cualidad es la sinceridad en lo que escribe.
Pero, Madrid frontera es un libro esperanzador, Cerraremos los ojos y veremos en nuestra memoria gente haciendo deporte bajo el sol, parejas besándose en los bancos de los parques y, un poco más allá, niños jugando a la pelota y a ancianos jugando a la petanca. Hoy a España le han dado una paliza y está en agonía, y llora mientras susurra llena de pánico que se lo están llevando todo. En la calle sólo queda el caníbal del capitalismo devorador e insaciable. Quien dice defendernos nos acaricia y nos deja la cara llena de sangre con su abrazo falso que duele más que una puñalada. Nos quieren atar la libertad de pies y manos y lanzarla a ese mar de Madrid más negro que la tinta, nos ahorcan nuestros derechos ganados con lucha, con dolor y con sangre. Y lo peor de todo es que son conscientes de lo que hacen y que lo saben. Pero no saldrán indemnes y el aullido que empezarán a escuchar se convertirá en una dentellada que borrara su sonrisa estúpida de payaso. Ahora es el tiempo de pelear para que, a lo mejor, todo vuelva a ser como antes porque la venganza es un desquite que persigue un fin ofensivo que pretende que los que nos han hecho daño sufran el mismo dolor que han causado. La venganza produce placer porque deriva del rencor y produce calma porque cierra la herida. La venganza es dulce porque deja en la boca un sabor dulce que no se nos irá en toda la vida.
Hoy la rabia fluye por nuestras venas junto al hambre, la pobreza y la injusticia. Los desposeídos por vosotros, canallas, tiene mucha más humanidad que mierda en todos vuestros discursos falsos y vacíos. Hoy España huele a podrido, pero el pueblo se ha quedado para salvarla y el pueblo nunca miente. Escuchad bien: sólo aquel que no tiene nada lo tiene todo y nos hemos convertido en el ejército más poderoso porque ya no nos queda nada que perder, y vamos a por vosotros armados hasta los dientes de valor, escudados en una resistencia inamovible y con un amor violento por la supervivencia.
Me vuelve a la cabeza la letra de la canción de Vetusta Morla: "Fundieron plomos y cobre, pusieron sal en sobres. Alerta, hay un testigo. Nos han dejado vivos. Fue un atraco perfecto, excepto por esto: nos quedan garganta, puño y pies. No fue un golpe maestro, dejaron un rastro, ya pueden correr. Ya vuelve la sed".
Jamás debisteis usar las palabras en vano porque vivís en un mundo que apesta donde el libro es la única puerta de salida... Madrid frontera. David Llorente.