viernes, 9 de junio de 2017

Cinco sentidos enardecidos durante una noche de verano ardiente en la soledad de un bar desierto



Estoy sentado en el sofá del salón de mi casa, aunque sería más correcto decir que me encuentro tirado sobre él. ¿Cuántas horas llevo aquí? El cenicero repleto de colillas reposa en el suelo próximo a un vaso donde quedan los restos de unos hielos licuados que se han ido deshaciendo y una botella terciada, más vacía que llena, de bourbon. No tengo muy seguro de cuántos días hace que mi mujer, se ha marchado, abandonándome, y estoy convencido de que no volverá ya. La empresa de mi propiedad, una academia de idiomas en la que imparto inglés a adolescentes desmotivados, no pasa por una buena época y es cada día más posible que la tenga que cerrar, por lo que mi empleo se encuentra en el aire, y no sé qué es lo que voy a hacer con el resto del tiempo que me queda pendiente y que aún no he logrado destrozar.
Un hombre no puede subsistir con esa melancolía de sí mismo acuchillándole las entrañas. Y la mía me produce una pérdida de sangre continua, gradual, invisible, pero que está agotando mi vida. Parezco una persona que sólo es el contorno sombrío de un hombre, o así me lo imagino yo, que ha dejado de tener interés por nada y que no tiene ningún deseo de seguir luchando, porque tengo la certeza de que un hombre apesadumbrado y taciturno es la más que posible materialización de todas las traiciones y ruindades inminentes, prólogo de un hombre enfrentado al mundo y en contra de todos los que le rodean para combatir sus propias penurias. Pero también quiero llegar al convencimiento de que la vida no tiene confines, ni se le deben poner cortapisas ni reproches ni rótulos de ninguna clase porque quiero desear que la vida puede superar, espléndida y desprendida, todos los males desgraciados y los infames trances hasta ahora padecidos.
En estos lúgubres pensamientos y desidia me encuentro cuando decido salir a dar una vuelta después de estar encerrado entre estas cuatro paredes. Es ya muy tarde y me veo sumergido en una de esas noches habituales de agosto en Madrid, seguramente cuajada de estrellas aunque la contaminación lumínica de la ciudad no permita distinguirlas,
muy cálida, casi irrespirable, sin el más mínimo soplo de aire que refresque este ambiente sofocante. El tráfico nocturno de agosto llena de luces centelleantes la calle y rebotan contra las aceras y el asfalto salpicados por diversos charcos, producto del chaparrón que ha descargado hace poco sobre la ciudad, asemejándose a luminosos espejos donde se reflejan las farolas encendidas. El ambiente, acrecentado por el vapor que surge del suelo mojado al condensarse el agua, es húmedo y abrasador. Las calles a estas horas de la noche se hayan casi desiertas, producto de las fechas en la que mucha gente pasa sus vacaciones estivales junto al mar o en la sierra. Los callejones de este barrio del Madrid del Barrio de las Letras exhiben contenedores de basura maloliente, tan llenos, que varios están vigilados por bolsas de plástico atadas y otras inmundicias que descansan en el suelo a su alrededor, a la espera de que pase el camión a recogerlos, en un caos desordenado y un olor a podredumbre. Seguramente sólo el diluvio universal puede limpiar este ambiente fétido de miseria, desechos e iniquidad injusta, y lo que ha jarreado antes durante tan pocos minutos es evidente que no se le asemeja.
Voy andando por la acera, pegado a paredes ennegrecidas para que no me mojen los goterones que caen de tejados, canalones y voladizos. Una pareja muy joven se besa y se acaricia sin ningún recato entre dos coches aparcados en doble fila. Al fondo, rompe el silencio el griterío de una cuadrilla escandalosa que permanece imperceptible y escondida a mi vista, y al pasar junto a un mendigo, que ha montado su cama de cartones sobre un banco en el que se sienta bebiendo directamente de un envase, también de cartón, de vino barato, me pide, con voz aguardentosa y ronca, que le dé un cigarrillo.
Sigo avanzando sin saber muy bien hacia dónde dirigirme y sin dejar de pensar en las baratas filosofías que me abruman y que siempre me llevan al convencimiento de que mi vida no es, para nada, la que un hombre se merece y que el tener tanta mala suerte de manera permanente me produce la sensación de estar acostumbrado a que sólo me ocurran desgracias, cuando al volver una esquina, aparece ante mí la claridad de un letrero de neón que emite un sonido de chicharra bajo la noche bochornosa y asfixiante y unos fluorescentes de colores de los que uno, próximo a fundirse, se enciende y apaga de forma intermitente. Me detengo, alzo la vista y leo:

La guarida
Copas y otras cosas

Un portón de dos hojas de madera, protegido por una cancela de hierro forjado, me invita a que empuje una puerta de cuarterones de vidrios esmerilados de colores. Me terminan de convencer para entrar el calor y el sudor que hace que mi camisa y mis pantalones de lino se peguen al cuerpo y a las piernas, creándome una sensación de agobio.
El espacio es amplio, seguramente así me lo parece pues no se ve a ningún cliente allí dentro, recargado en su decoración con diversas figuras y cuadros con fotografías de brujas, vampiros y otras criaturas inquietantes que pueblan las películas de terror y nuestras peores pesadillas, de techo elevado desde donde me saluda colgado una especie de robot de plástico, y una sala rectangular con suelo de terrazo oscuro. Al fondo, una pantalla gigante proyecta un vídeo que no acompaña sus imágenes con la canción que en ese momento se escucha, y una escalera de peldaños empinados y divergentes según ascienden, que debe de llevar, con toda seguridad, a los servicios. Un banco corrido, sin mesas delante suyo, de ajado terciopelo rojo y cuero cuarteado por el uso, decora el lateral izquierdo frente a una barra recta de mármol, en el lado derecho, con columnas de madera y lámparas de tulipas rojas y verdes que emiten una luz mortecina que malamente ilumina las botellas de alcohol que se alinean en los estantes que se sitúan detrás de ella. Sobre su superficie reposan candelabros con velones encendidos que derriten la cera que cae formando gotas por el cilindro de su tronco amarillento.
Aparte de la música que sale de unos bafles suspendidos en las cuatro esquinas del local, no se oye el vuelo de una mosca, y a mí no me gusta el bullicio y detesto las moscas, así que decido sentarme en una de las banquetas alineadas frente a la barra de ese bar tan solitario y vacío.
¿Cómo un hombre como yo, licenciado universitario, instruido, cultivado y refinado cuando es necesario aparentarlo o serlo, puede ponerse a beber solo en un bar en el que no ha estado nunca, una noche tórrida de verano cuando la ciudad se ha quedado vacía pues todo el mundo ha decidido abandonarla buscando otros lugares de clima más benigno?
Allí, ni en la sala ni detrás de la barra, hay nadie, hasta que de pronto de una habitación lateral aparece ella, y así fue como comenzó todo en ese bar de copas en penumbra, desierto y vacío.

––Hola, buenas noches, ¿qué te pongo? ––me tutea mientras se acerca con paso resuelto hacia donde me encuentro sentado en la esquina opuesta de donde ha salido.

––Un Four Roses con hielo en vaso corto, por favor.

Debe de tener cerca de treinta años, tacones que engrandecen su menuda figura y alargan sus bronceadas piernas que emergen de una minúscula minifalda naranja que ciñe sus caderas. Su cara, no especialmente bonita, de boca con labios gruesos, carnales y apetitosos, resplandece a causa del color miel de unos ojos rasgados y miopes. Tiene el pelo muy corto, casi rasurado en la nuca, con mechas de tonos dorados y plateados que me recuerda por su semejanza al de Marie Fredriksson, la cantante del grupo sueco Roxette, que está sonando en ese momento en el equipo de música: «I`m going to get dressed for succes, shaping me up for the big time, baby…», que por mi deformación profesional, de manera automática traduzco en mi cabeza: Me voy a vestir para el éxito, me voy a poner en forma para el gran momento, cariño. Me visto para el éxito; me pongo en forma para tu amor…
Coge un vaso de cristal grueso y pone dentro de él unos hielos. Se gira hacia la estantería de forma cadenciosa, como pensando, y alza un brazo para alcanzar una de las botellas, dejando a la vista una axila depilada y sensual que hipnotiza mis asombrados ojos.
Vuelve a acercarse a mí y comienza a verter el líquido de color ambarino como sus ojos que cae melodioso y cadente en el vaso, sorteando las paredes resbaladizas de los hielos que se astillan a su contacto. La chica exhala un aroma arrebatador a perfume insólito, aunque yo estoy convencido que el olor intenso que emana de su cuerpo no es perfume, sino otra cosa, extraordinaria, venenosa, mortífera. Algo que sube por su cuello, largo y moreno por el sol, y que me produce una perturbación que nunca hasta ahora he experimentado y que me empuja a unos niveles de ansiedad y deseo incomprensible e inaudito para mí hasta entonces.
La muchacha se aparta de mí unos pasos y empieza a secar unas copas que ha sacado del lavavajillas con una gamuza y yo la observo, tímido y azorado, mientras doy pequeños sorbos de mi consumición. El pelo un poco alborotado en su flequillo, la carnosa depresión que intuyo o adivino entre los pliegues que forman la tela de su blusa que seguramente lleva algún botón desabrochado de más, el brillo metálico de su cabello, la cordialidad cálida de su mirada cuando levanta hacia mí la vista y la sonrisa vivaracha de su boca, pintada de rojo brillante, la longitud de los muslos bronceados y los pechos que oscilan al ritmo de sus brazos pugnando por salir del escote de su blusa vaporosa, producen en mí un estado apasionado y excitado que no apacigua el olor a naranjas y limones recién cortados ni el de humo de vela encendida que impregna el ambiente, acrecentado por el hecho de encontrarnos solos en medio de una atmósfera que me hace estremecer.

––Oye, perdona, ¿me puedes poner otro, por favor? –le pido tras beberme la copa en tres tragos largos.

––¿De lo mismo? ––me pregunta clavando su mirada turbadora en mis ojos, sin dejar de secar los vasos.

––Sí, otro Four Roses con hielo.

Deja el trapo sobre las cámaras y se va acercando hacia mí con el movimiento de delicada elegancia de un gato y una gracia, volátil y abstracta, de un ser mágico que mora en un bosque encantado pese a sus altísimos tacones.

––Un bourbon con hielo… ¿no has probado nunca el Jack Daniel´s? ––me pregunta––. A mí me gusta mucho más. Esta bebida me hace sentir feliz y nostálgica a partes iguales.

Y sin esperar a que yo diga nada, mira hacia la estantería más alta donde reposa la botella marrón y cuadrada con etiqueta negra y letras blancas con el nombre de Tennessee que tanto me recuerda a mis discos de country de mi juventud. Acerca un taburete que tiene a su lado y que, seguro, le sirve, aparte de lo que va a realizar a continuación, para descansar cuando no tenga nada que hacer, y alza su pierna izquierda posando su rodilla en el asiento acolchado, dejando la otra en el aire y se impulsa hacia las alturas. La falda, ya de sí muy corta, se sube aún más enseñando la entera plenitud de sus muslos, mientras mis ojos no pueden dejar de mirar fijamente esa atracción fabulosa hasta contemplar su culo atrapado por unas braguitas negras, espléndido, escapándose de ellas unas rotundas nalgas que se mueven ante mí. Se demora unos segundos en esa postura hasta que agarra la botella, permitiéndome observar bien toda esa carne deliciosa.
Se coloca frente a mí, se inclina para buscar un vaso y la cubitera de hielo. Un soplo de brisa, procedente del ventilador alojado a su izquierda, le ahueca la tela de su blusa mostrando dos pechos turgentes, redondos, repletos y, seguramente, cálidos y suaves y, desprovistos de sujetador, en cuya cúspide dos pezones tiernos, sonrosados y encendidos se ponen erectos y firmes de golpe ante la sorpresa de mi mirada.
Estoy convencido de que los abrumadores efectos de la bebida pueden dar alas al ánimo más entorpecido, unas alas etílicas que pueden hacerte imaginar hasta lo que no existe, pero no es éste el caso. Yo que soy el único sobreviviente de la menguada clientela que ha tenido esa noche sé que aquello no es un espejismo fruto del alcohol.
Me sirve hasta casi el borde del vaso y se queda allí parada delante mío con los brazos separados de su cuerpo apoyada de manos sobre la barra. Bebo un trago largo sin quitar la mirada de sus senos, de nuevo exhibidos sin ningún pudor y consciente de ello cuando se vuelve a agachar para coger un cuenco de frutos secos y pasas que deposita sobre el mármol. Cojo una de ellas entre mis dedos y me la llevo lentamente a la boca, después de abandonar el vaso en la encimera, y mi lengua se inunda de saliva y explota con su dulzura, mientras imagino a que pueden saber esos pezones, ahora de un color más oscuro, hinchados, del mismo color que el del fruto que saboreo con delectación ensoñadora, al percatarme como una gota, que le ha debido saltar al cuello al servir la bebida, le resbala por el escote bajando por el valle de sus pechos hasta perderse dentro de su ombligo.
Ella sigue impertérrita observándome mientras bebo hasta que vacío el vaso. Me gusta el olor que emana de su piel aunque sé que no se ha puesto perfume. La voz de la cantante de Roxette envuelve de nuevo cada rincón del bar acariciando a las personas
que ya no están y a nosotros que no dejamos de mirarnos.

––¿Qué te debo?

––Dame 7 euros. A la segunda te invito yo por venir esta noche a hacerme compañía cuando estaba sola.

Saco del bolsillo un billete de 10 euros y se lo doy rozando suavemente, sin intención, o quizás sí, la palma de su mano. Se da la vuelta y abre la caja registradora y coge tres monedas que me acerca a mi mano y sus dedos me rozan con toda su intención, lentamente.
Me levanto y, después de despedirme, camino hacia la puerta. Cuando estoy ya muy próximo a ella, escucho a mi espalda su voz.

––Oye, ¿vendrás mañana? Si lo haces a estas horas volveré a estar sola.
Vuelvo la cabeza y le sonrío.

––Hasta mañana.


Salgo a la calle y una bofetada de calor me golpea en la cara. En el cielo empieza a amanecer y la ciudad está aún más solitaria si cabe. Paseo sin rumbo hasta que decido regresar a mi casa. Empiezo a tararear esa vieja canción del rey del rock: «¿Estás sola esta noche? ¿Me extrañas esta noche? ¿Sientes nostalgia de mí? ¿Sientes nuestra separación? ¿Parece que todas las sillas de tu bar están vacías y desnudas? ¿Miras la entrada de reojo y te parece verme ahí? ¿Está tu corazón lleno de dolor y debería yo volver? ¿Estás sola esta noche?» Enciendo un cigarrillo y calculo cuántas horas faltan para volver en la madrugada al bar. Estoy seguro que la segunda parte de la vieja canción del cantante de Memphis no va a producirse porque la vida me da una nueva oportunidad y, por una vez en mi triste existencia, va a ocurrir algo afortunado en mucho tiempo.

martes, 23 de mayo de 2017

¡Ya está bien!




Pasa y pasa el tiempo y aquí estoy desde hace ya casi cuatrocientos setenta y cinco años, y lo que me queda, que para eso lo llaman eternidad al sitio donde habito, es decir, la duración que no tiene ni principio ni fin, o como diría Aristóteles, ese sabio griego: “el tiempo que perdura siempre”.

Para que vuestras mercedes estén informadas, e ir poniendo los cimientos de lo que les quiero desvelar, diré que mi nombre es doña Inés de Ulloa. Nací en Sevilla allá por el año 1525, aunque si he de ser sincera nunca lo supe de cierto, cuando nos gobernaba nuestro Señor, el buen rey don Carlos, que será muy bueno pero que por aquí, en las Españas, se le ha visto poco por estar siempre dando mandobles a diestro y siniestro por toda la faz de la Tierra, y que a la postre llegará a ser coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ahí, precisamente ahí, es donde empiezan todas mis desgracias que no me han abandonado nunca, salvo unos simples instantes de felicidad en un cortijo al lado del Guadalquivir, una noche del año del Señor de 1545, con tanta monserga de moral cristiana, amor divino ensalzado frente al amor humano, sufrimiento identificado con la pasión de Cristo, adorar a la amada como una virgen mientras todas las demás no paran de divertirse y de gozar, conventos, misas, madres superioras, salvación eterna y demás zarandajas, pamplinas, chuminadas y tonterías que, al menos a mí, me han dejado a dos velas en esto de los placeres carnales.
Y vamos a ver si se me entiende con claridad lo que a vuestras mercedes les quiero explicar y lo disciernen e interpretan en su justo término, que ni por asomo es echar por tierra el precioso y excelente drama, escrito en 1844 por un autor romántico nacido en Valladolid, y que nos dio a conocer al mundo entero no sólo a mi humilde persona, sino también a todos los que me rodearon en mi afligida existencia.

Era mi padre el muy cristiano y católico don Gonzalo de Ulloa, Comendador de la muy religiosa y militar Orden de Calatrava, por lo que pertenecí a una familia de rango muy elevado en el ámbito social. Huérfana de madre, fui recluida por mi progenitor y criada en un convento del barrio de Santa Cruz donde me sentí ahogada como si se tratase de una cárcel.

En el noviciado me encontraba cuando mi criada Brígida me empezó a musitar al oído palabras que me turbaron sobre un tal don Juan Tenorio, burlador, calavera, canalla y mujeriego, para después hacerme leer sus cartas que me dejaron trastornada, por lo que yo, una muchacha joven, bella, inocente, virginal, que no conocía la malicia, el falso fingimiento, ni la hipocresía, comencé a llenar mi cabeza de deseo carnal, antes para mí inconcebible, hasta explotar cuando le tuve frente a mis ojos y de mi boca salió del mismo alma:

-- Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan, y tus ojos me fascinan, y tu aliento me envenena. ¡Don Juan!, ¡don Juan! Yo te imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro.

¡Oh, Dios mío! Allí en ese sofá en el que se me saltaban los pulsos y mariposas volaban en el estómago; en ese diván en el que quería yacer con ese hombre como amante y deleitarme por fin con voluptuosidad lujuriosa del sexo siempre vedado para mi persona.
Pero no pudo ser. Tuvo que aparecer por la casa, antes de la consumación, mi señor padre el Comendador de Calatrava para mandar todo a tomar vientos. ¿Por qué tuvo que presentarse? ¿Por qué no escuchó a mi amado cómo le pedía perdón arrepentido postrado de rodillas ante él? ¿Por qué no lo creyó? ¿Por qué lo despreció, lo provocó y se batió a muerte con él? Don Juan tuvo que huir de España y yo morí de pena y tristeza por motivo de su ausencia, no sin antes ofrecer mi alma al mismo Dios, a cambio de la de él, que en su infinita sabiduría y misericordia aplazó su sentencia si se arrepentía de sus pecados, lo cual sucedió cinco años después cuando, momentos antes de morir, lanzó a los cuatro vientos estas palabras:

-- Suéltala, que si es verdad que un punto de contrición da a un alma la salvación de toda una eternidad, yo, Santo Dios, creo en Ti: si es mi maldad inaudita, tu piedad es infinita… ¡Señor, ten piedad de mí!

¡Albricias! Parecieron unas palabras mágicas, pues Dios no sólo salvó a don Juan de la condenación eterna, sino que también me salvó a mí. ¡Toda una eternidad entera iba a pasar junto a este hombre al que amé con locura!

Pero la perpetuación infinita ya me está saliendo por las orejas. El llamado Tenorio, que una vez llamó al Cielo y no le oyó cerrándole sus puertas, a la segunda intentona lo consiguió. Ahora se pasa las horas platicando con San Pedro en la puerta, le da la paliza a Jesús con denuedo, pide consejos sin descanso al Espíritu Santo para ser más virtuoso, y hasta el mismo  Dios Padre huye despavorido cuando le ve aparecer. A mí, su doña Inés, ni me mira porque se ha hecho un beato y un santurrón.

Desesperada, no hago más que preguntarme qué fue de ese sinvergüenza que tardaba un día en enamorar a una mujer, otro para acostarse con ella, el siguiente para abandonarla, dos para buscarse a otra y una hora para olvidarla. Y aquí sigo aburrida, añorando esa noche en un sofá donde la luna tan pura brillaba en una apartada orilla del Guadalquivir y mi respiración se agitaba porque, por fin, iba a abandonar mi casta pureza y catar la fruición carnal lasciva y lúbrica. ¡Naranjas de la China!. Aquí continúo, tantos siglos después, aún casta y virginal. ¡Ya está bien, hombre! Pero, ¿qué he hecho yo para merecer esto? ¿Tan mal me he portado en mi vida terrenal de la que nunca salí de un convento? Maldito sea mil veces mi padre, don Gonzalo, por meterse donde no le llamaban y maldita sea la beatería y la religión que ha vuelto gilipollas a don Juan, que si dudo que por mi amor haya salido ganando son su salvación, a mí, doña Inés de Ulloa, la del eterno hábito blanco con la cruz roja de Calatrava en el pecho, me ha destrozado y me encuentro dando alaridos como una gata en celo por poder algún día saborear las delicias de la carne. 

-- ¡Hay que joderse!

viernes, 5 de mayo de 2017

Madrid frontera



¿Qué pasará por la cabeza de un hombre o de una mujer cuando ha perdido su casa por un desahucio? Seguramente pensará que lo ha perdido todo. Pero, si además, antes también perdió su trabajo. Motivo por el cual no pudo afrontar el pago de la hipoteca de su casa, ¿qué pasará por su cabeza? Seguramente pensará que ya no le queda absolutamente nada. Pero, y si no tiene ni trabajo ni casa, ¿de qué come él y su familia? Los que han perdido su casa buscan donde poder vivir y sólo les queda cubrirse con cartones que se convierten en su bien más preciado. Pero, cada vez hay más gente que duerme bajo cartones y es imposible encontrar un sitio libre para poder dormir, porque cada descampado, cada acera, cada rincón de la ciudad ya está ocupado por gente que, como ellos, ya no tienen nada.
Pero, si no tienen nada, ¿qué comen? Pues basura. ¿Qué van a comer? Y si las autoridades prohíben asaltar los contenedores de basura bajo una multa de 1.000 euros y los atrancan con cadenas, ¿de qué viven?
Cuando leía la magnífica Madrid frontera, la supuesta distopía (luego aclararé eso de supuesta) escrita por David Llorente, con el corazón en un puño según avanzaban mis ojos por sus páginas, me venía a la cabeza la canción de Vetusta Morla, Golpe maestro: “Nos han robado absolutamente todo, nos han cambiado la paz por deudas, no nos dejan ni mirar, nos vendieron humo y calma, lingotes de hojalata, palacios de ceniza y cartas sin marcar. Fue un atraco perfecto, fue un golpe maestro dejarnos sin ganas de vencer. Nos han quitado hasta la sed…”.
Madrid frontera es un disparo a bocajarro en todo el centro de la frente para que nos sacudamos la ignorancia de que hay gente a la que le han quitado la voz y sólo les queda el llanto o el silencio para que apretemos los puños ante tanta injusticia cuando contemplamos tanta desesperación que se pasea por delante de nosotros mismos, aunque nieguen lo que vemos con nuestros propios ojos y tengan la desfachatez de decir que nunca eso ha existido. Pero, empiezas a creer que a ti también te puede pasar y que también te están dejando sin voz y que puedes acabar, más pronto que tarde, como ellos, condenado al llanto y al silencio. Madrid frontera es un golpe sobre la mesa o un grito directo a nuestro rostro que nos dice que despertemos ya.
La ciudad de Madrid ha cambiado. No para de llover nunca. Está rodeada por un mar oscuro negro como la tinta. Los edificios vacíos se convierten en bancos que anuncian hipotecas y en iglesias que llaman a la sumisión a golpe de campana. En los colegios se han suprimido todas las asignaturas que no sirvan para ganar dinero rápidamente, y estas están impartidas por curas. La ciudad de Madrid es una ciudad sin trabajo. La ciudad de Madrid es una ciudad de puertas que se cierran y de edificios que se apagan. La ciudad de Madrid es una ciudad llena de gente que se mete debajo de los cartones. En la ciudad de Madrid los niños ya no juegan. Los niños de Madrid se dividen entre los que tienen bocadillo y los que no lo tienen, y ambos grupos se odian, porque la ciudad de Madrid es una ciudad en la que se pasa hambre, de estómagos vacíos y de pómulos afilados como lapiceros.
En el sur de la ciudad de Madrid están los acantilados donde la gente desesperada se suicida al escuchar los cantos de sirena que habitan en su mar negro como la tinta. En las azoteas de todos los edificios de la ciudad de Madrid, vacíos, grandes pantallas de plasma emiten sin parar la imagen de su Presidente lanzando soflamas vacías como los edificios y paternalistas de que lo peor gracias a él ya todo ha terminado y vienen los tiempos felices de nuevo. En las orillas del barrio de Salamanca está el puerto deportivo lleno de yates de lujo. El barrio de Usera es el barrio pesquero. Sol es la Plaza del Kilómetro Cero. La Castellana se llama la Avenida del Hambre. Los antidisturbios no se cansan de golpear con sus fálicas porras machacando huesos, aunque a los habitantes de la ciudad de Madrid no les importa ya que la lluvia constante les moje la espalda ni que el frío se les meta dentro de esos huesos machacados por los antidisturbios.
De la ciudad de Madrid sólo se puede escapar de dos maneras: o por avión desde el aeropuerto de Barajas, desde el que parten cientos de aeronaves cada día y no aterriza ninguna porque todo el que sale sólo lleva billete de ida hacia donde sea; o lanzarse al vacío desde los acantilados al mar de Madrid donde habitan las sirenas más taimadas de todos los océanos, y las más hermosas.
A los habitantes de Madrid que todavía viven en Madrid sólo les importa el hambre y se sientan en los bordillos de las aceras, en el borde de los arcenes y se quedan mirando los restaurantes y los supermercados que tiran la comida que sobra o están con una pequeña mácula que les afea a los contenedores de basura atrancados con cadenas. Los habitantes de Madrid (sentados en el bordillo de las aceras o tumbados debajo de sus cartones, ya hasta recuerdan esos años felices que se podían alimentar de basura.
Madrid es una ciudad de pisos vacíos donde la policía ha conseguido echar a la calle a todas las personas que no tenían una casa con jardín y yate. La ciudad de Madrid tiene sus calles llenas de comebasura y en ella no se puede apreciar el suelo porque los cartones ocupan cada centímetro cuadrado de acera y de asfalto.
En la ciudad de Madrid o eres un comebasura que duerme o vegeta, debajo de un cartón bajo la perenne lluvia, o eres un alto funcionario con orgullo de la obediencia al líder, el agradecimiento eterno de ser vestido y alimentado, el descanso sin par de saberse respaldado hasta el último día de su vida.
En la la ciudad de Madrid ya no cae la noche porque siempre es de noche. Ya no atardece sobre sus tejados porque sus habitantes viven bajo cartones y, debajo de ellos, a nadie le apetece ya llenarse la cabeza de sueños rosas. Debajo de los cartones (a fuego muy lento) se va cociendo el asco, el hastío, el odio, la desesperanza y la venganza, y con todo esto en el estómago vacío, al habitante de la ciudad de Madrid, no le queda más remedio que levantarse cada día para buscarse la vida hasta que oiga el canto de las sirenas y dirija sus pasos hacia el abismo de los acantilados donde rompen con violencia las olas de su mar tan negro como la tinta.
David Llorente en Madrid frontera se nota que se deja la piel en cada palabra que escribe. Nos escupe a la cara una novela desasosegante, una patada donde más duele y un grito de denuncia de la miseria y de la injusticia que corren por nuestra sociedad actual. En su anterior novela, Te quiero porque me das de comer, ya lo anunciaba, pero es en Madrid frontera donde da un paso radical hacia delante.
David Llorente alza su voz y levanta remolinos de suciedad e ignominia cuando su pluma barre la hoja de papel con sus palabras pues se nota que escribe lo que piensa y que escribe sobre lo que más le duele, desde la sinceridad y el compromiso. Y lo hace con un lenguaje directo como un disparo, sin sombra de descripciones ni adjetivos superfluos.
David Llorente, en su anterior novela, Te quiero porque me das de comer, se inició en el género negro porque este es el mejor vehículo narrativo para una exposición de carácter social. En esta novela nos hablaba de su barrio de Carabanchel en Madrid y lo que en él sucedía entre 1993 y 2003 con el auge de la heroína y como ésta destruyó a muchas personas y la propia vida del barrio. En Madrid frontera se avanza en el tiempo aunque esta distopía no está encuadrada necesariamente en un futuro lejano porque, posiblemente, ya estemos muy cerca de ella. Ya es mucho más letal que la propia heroína.
Madrid frontera tiene una muy novedosa y particular estructura narrativa y el lenguaje propio y magistral de David Llorente que, pese a una excepcional imaginación, la sabe condensar con las palabras precisas en poco menos de trescientas páginas, pero sin ningún límite. Y todo carente de atrocidades ni violencia explícita pese al horror de lo que se narra, con un lenguaje conciso, específico, riguroso y cruel, porque el autor así lo quiere y emplea las palabras justas y concretas que describen ese ambiente apocalíptico de la novela sin ningún tipo de distracciones, ni elipsis ni transiciones. Cada palabra y cada frase de Madrid frontera es necesaria e imprescindible, sin añadidos floridos, para contar lo que David Llorente quiere contar. En Madrid frontera ninguna palabra sobra al igual que ninguna palabra falta.
Si en Te quiero porque me das de comer se hablaba del pasado más o menos cercano, Madrid frontera es una novela social en la que se habla del presente y de todo a lo que nos puede llevar estos tiempos en los que vivimos en la actualidad, en un envoltorio distópico pero lleno de realidad. ¿O es que actualmente no hay desahuciados, policía todopoderosa y cruel, mentiras por decreto, desaparición de la clase media que se convierte en una clase de desposeídos, y una élite formada por unos cuantos privilegiados que se aprovechan de los que con sus acciones han provocado tanta desigualdad para enriquecerse cada día más a costa de las penurias del resto? ¿No existe ya hoy la ley mordaza, la reforma laboral, las cargas indiscriminadas de la policía, el desmantelamiento de lo público en educación y sanidad, los centros de internamiento de emigrante, el paro, el trabajo basura, los jóvenes mejor preparados de nuestra historia que se tienen que marchar al extranjero, cada vez más gente viviendo y durmiendo en la calle, los suicidios de las personas desesperadas por perderlo todo? El futuro ya es el más crudo presente. Todo lo que narra Madrid frontera son situaciones de la vida real cotidiana de nuestros días, contadas de forma fiel y el resultado parece dar una sensación de distopía, aunque no lo es porque es real. Como ya es así, podríamos decir que ya vivimos realmente en una distopía.
David Llorente observa lo que ocurre en la sociedad y no aparta la mirada, contando y escribiendo lo que ve y lo que escucha, porque es un escritor de los pies a la cabeza con la misión de los buenos escritores de destapar con su literatura la podredumbre gritándolo y denunciándolo, levantando la bandera de la verdad y asumiendo las consecuencia de sus actos y, como dice él, tatuándoselo en la piel. No es neutral y toma partido, porque el dolor de las personas y la indignación es lo que le motiva para ponerse a escribir, pero su verdadera cualidad es la sinceridad en lo que escribe.
Pero, Madrid frontera es un libro esperanzador, Cerraremos los ojos y veremos en nuestra memoria gente haciendo deporte bajo el sol, parejas besándose en los bancos de los parques y, un poco más allá, niños jugando a la pelota y a ancianos jugando a la petanca. Hoy a España le han dado una paliza y está en agonía, y llora mientras susurra llena de pánico que se lo están llevando todo. En la calle sólo queda el caníbal del capitalismo devorador e insaciable. Quien dice defendernos nos acaricia y nos deja la cara llena de sangre con su abrazo falso que duele más que una puñalada. Nos quieren atar la libertad de pies y manos y lanzarla a ese mar de Madrid más negro que la tinta, nos ahorcan nuestros derechos ganados con lucha, con dolor y con sangre. Y lo peor de todo es que son conscientes de lo que hacen y que lo saben. Pero no saldrán indemnes y el aullido que empezarán a escuchar se convertirá en una dentellada que borrara su sonrisa estúpida de payaso. Ahora es el tiempo de pelear para que, a lo mejor, todo vuelva a ser como antes porque la venganza es un desquite que persigue un fin ofensivo que pretende que los que nos han hecho daño sufran el mismo dolor que han causado. La venganza produce placer porque deriva del rencor y produce calma porque cierra la herida. La venganza es dulce porque deja en la boca un sabor dulce que no se nos irá en toda la vida.
Hoy la rabia fluye por nuestras venas junto al hambre, la pobreza y la injusticia. Los desposeídos por vosotros, canallas, tiene mucha más humanidad que mierda en todos vuestros discursos falsos y vacíos. Hoy España huele a podrido, pero el pueblo se ha quedado para salvarla y el pueblo nunca miente. Escuchad bien: sólo aquel que no tiene nada lo tiene todo y nos hemos convertido en el ejército más poderoso porque ya no nos queda nada que perder, y vamos a por vosotros armados hasta los dientes de valor, escudados en una resistencia inamovible y con un amor violento por la supervivencia.
Me vuelve a la cabeza la letra de la canción de Vetusta Morla: "Fundieron plomos y cobre, pusieron sal en sobres. Alerta, hay un testigo. Nos han dejado vivos. Fue un atraco perfecto, excepto por esto: nos quedan garganta, puño y pies. No fue un golpe maestro, dejaron un rastro, ya pueden correr. Ya vuelve la sed".
Jamás debisteis usar las palabras en vano porque vivís en un mundo que apesta donde el libro es la única puerta de salida... Madrid frontera. David Llorente.



martes, 25 de abril de 2017

Los milagros prohibidos



Querido Alexis Ravelo:
Ahora que acabo de terminar la lectura de tu última novela, Los milagros prohibidos, me viene a la memoria la nota personal que te envié cuando leí tu joya La otra vida de Ned Blackbird. En dicha nota te confesaba que al comienzo de la lectura echaba de menos a tus pringaíllos, aunque reconocía que el mejor Alexis Ravelo ya se encontraba dentro de sus páginas y te pedía encarecidamente que continuaras haciéndonos disfrutar y conmovernos con tu prodigiosa forma de narrar.
Tú, amable como siempre, me contestaste, hace ahora de ello unos once meses, que siempre tienes mucho miedo de que el libro funcione, de que llegue a su lector, y que en este caso ese miedo era aún mayor, no sólo por el cambio de estilo, sino por el desenlace epistemológico-metafísico, que no sabías si iba a entenderse, a interesar, en último término, a gustar. Terminabas que sigues siempre aprendiendo y que cada novela es una reválida, prometiéndome que tus mataíllos, volverían.
Y ahora termino tu nuevo libro del que en ese día me contabas que te estabas peleando con 280 páginas de un borrador sobre la guerra civil que no acababa de gustarte y que pudiera ser que en un par de años saliese de ahí una novela.
Ahora, después de terminar de leer Los milagros prohibidos, querido amigo, me pregunto qué en esos días no terminaba de gustarte en esta novela que, afortunadamente, no hemos tenido que esperar dos largos años para poder disfrutarla. Y de qué manera.
¡Qué emoción leyendo tu nueva novela! Volver a disfrutar de tu maestría en otro escenario inédito para tu literatura como es la guerra civil en tus amadas Islas Canarias. Ese épico duelo entre los dos protagonistas masculinos, la ignominia en un espacio tan reducido como es la isla de La Palma, donde unos pocos kilómetros de distancia se convierten en una separación infinita, la vileza del cruel falangista, odioso y machista, que se quiere vengar de un hombre al que ni siquiera conoce por el mero hecho de haber sido rechazado por una joven mujer...
Los personajes de Los milagros prohibidos son estereotipos. Agustín Santos, el maestro de Puntallana, que se tiene que tirar al monte para huir de la canalla horda falangista que quiere hacer un genocidio con todos los que no piensan como ellos, representada por Floro, el Hurón que tiene la habilidad de cazar conejos siguiendo su rastro con paciencia infinita igual que se ha convertido de la misma manera en cazador de hombres. Y Emilia Mederos, la sonrisa de sus labios y el rayo verde de su mirada donde conviven el movimiento del mar y el cielo interminable del desierto. La cultura frente a la cerrilidad fascista; el amor frente al odio. La noble valentía frente a la bronca borracha; la valentía del que lucha por sus ideales de justicia, igualdad y solidaridad con la palabra sin querer usar una pistola frente al animal, chulo y camorrista, que lucha porque no admite que nadie le prive de lo que desea. Y en medio de todo ello, el miedo y la injusta canallada y la crueldad sobre los que querían un mundo más justo, pensando que se lo iban a comer y el mundo se los estaba comiendo a ellos.
Pero el miedo con esperanza. esa esperanza inútil como la que tiene el que es obligado a cavar su propia tumba porque mientras cava está vivo y se agarra al clavo ardiendo de que mientras lo haces ellos sólo se están burlando para torturarte un poco más; la esperanza de que luego te digan de que acabó la broma y te vuelvan a llevar al calabozo. Pero no existen ni los clavos ardiendo donde aferrarse ni los milagros que te salven porque hasta eso prohibieron con su odio que empezó un fin de semana en medio del verano, cuando el tiempo de las chicharras y los sirocos, cuando ni una nube ni un pizco de aire se movía para convertirse en un gélido y terrorífico invierno que duró cuatro décadas, para que los que lo sufrieron desde su principio sintieran la nostalgia de un tiempo en el que habían sido felices sin, quizás, llegarlo a advertir hasta que el huevo de la serpiente eclosionó; un tiempo que para ellos ya jamás volvería ocurriera lo que ocurriese.
La valentía y el coraje de unos que para salvar sus vidas y sus ideales huyeron al monte con entereza y arrojo frente a la infidelidad, maldad ruin e indecencia de los traidores al pueblo que los querían extirpar y segar sus vidas como se extirpa y se siega la mala hierba. El valor del débil frente a la cobardía del fuerte que tenía la rabia metida en el cuerpo porque los de arriba, los de siempre, los azuzaba como a perros para ir a por mucha gente honrada y que, muchos, se vistieron con la camisa azul por pusilanimidad para disimular porque esos de arriba son capaces de cualquier cosa y vistiendo el uniforme falangista y desfilando, pareciendo matones que olvidan su cobardía bajo los efectos de una botella de brandy barato, para que a ellos no les pasase nada.
El orgullo del que nada tiene frente a la vileza del que se cree en la posesión de la única verdad en un mundo en el que no puede habitar quien no comulgue con sus ideas, sin darse cuenta de que primero fue el hombre. Primero fue la ignorancia. Primero fue la endogamia. Y la agonía de saber que entre el mar y los volcanes no había nada que no perteneciese en primer o último término a las contadas familias a quienes había pertenecido todo aquello desde siempre que sirviese para vivir o buscarse la vida. Primero fue la ignominia. Y el privilegio y el oprobio y la ira contenida en los ojos de hombres que no se atrevían a alzar la vista al paso de los lujanes, los sotomayores, los sotoseñores, los escrotosmejores, los caciques inmundos y prepotentes paternalistas; los ojos de hombres cuyas manos labradas hubiesen podido romper cabezas y abrir gargantas, pero hubieron que tragar los sapos de la desigualdad en la tierra más fértil donde ya todo tenía dueño salvo la miseria. Y ésta sí, la miseria, ésta si fue repartida a todos los que no llevaran galones o alzacuellos o cédulas con tres apellidos. Y después de repartida la miseria, aún sobró. Siempre hubo miseria para repartir, porque la esperanza sí, pero la miseria nunca se acaba.
¡Qué libro tan bello, Alexis Ravelo! Qué libro tan valiente y tan bello, que homenajea a todos aquellos que, sin estar obligados a nada, lucharon por la libertad y la igualdad sin estar obligados a meterse en esos líos, ni arriesgarse de aquella manera, y que lo hicieron porque creían en la justicia, en la lucha contra la infamia, en un mundo mejor. En realidad lo hicieron por el futuro y por los demás. Lo hicieron por todos. Lo hicieron por ti.
Qué orgullo y qué emoción en esos pasajes de absoluto terror ante la dignidad de quien dice que no habló, que no les dijo nada, que se meó de miedo, se murió de rabia, de dolor y de impotencia, pero no habló, no dijo nada a quienes le torturaban, no habló.
Que personajes tan fantásticos, Alexis Ravelo, que has creado para tu Los milagros prohibidos. Todos, absolutamente todos. Y qué final tan impresionante que te llena los ojos de lágrimas de emoción al recordar tanta humillación que a unos les jodió su niñez, su juventud y su vida entera y a tres generaciones les marcó con la vergüenza y la represión hasta que el dictador asesino murió en su cama.
Y, para terminar, qué grandeza en tu escritura, Alexis Ravelo, con esas expresiones de tu bello rinconcito al lado de África y esos capítulos que tú, de forma esplendida titulas como Memoria para que no nos olvidemos nunca del horror y así nunca más se vuelva a repetir. Quedo subyugado ante tu nueva obra maestra que es Los milagros prohibidos. Han vuelto, como me prometiste, tus mataíllos, pero estos son, sin desmerecer a los de tus novelas negras, muy grandes y muy dignos ejemplos a seguir en tu novela quizá más negra de las que hasta ahora has escrito.
Sólo me que queda una duda de nuestra conversación de junio de 2016 y es que qué no terminaba de gustar de esas 280 páginas con las que luchabas por entonces. Has escrito una novela genial, valiente y maravillosa. Claro que de ti ya nada puede sorprender por muy difícil que nos lo pongas.
Un abrazo muy fuerte desde este rincón de la inmensa meseta, querido amigo.

jueves, 20 de abril de 2017

La décima clave



¿Qué conexión puede existir entre San Ignacio de Loyola con Miguel de Cervantes? ¿Y con el número Pi, un grupo de forenses sordomudos desaparecidos, muertos decapitados, un violonchelo, el escarabajo egipcio Jepri, la caída de Ícaro, un callejero de una ciudad milenaria española, un convento en el que hace treinta años murieron misteriosamente unas monjas, la cruz de Ankh, un broche con forma de libélula, unos recortes de periódico, un violonchelo, Toledo, Chinchón y una calle de Madrid?
Mucho me temo que para poder descubrir todo esto vais a tener que leeros La décima clave de Antonia J, Corrales. Leer a esta autora ya es de principio una buena costumbre y leer ahora esta novela publicada en 2012 y felizmente reeditada ahora por Ediciones B en libro de bolsillo, todo un acierto. ¿Por qué digo esto? Pues porque parece que ya se pasado, afortunadamente, el boom de la literatura criptográfica superventas norteamericana y yo, por fin, me encuentro con una novela sobre estos temas diferente. En realidad con una muy buena novela.
Doce forenses son requeridos para diagnosticar y atajar una misteriosa enfermedad que amenaza la salud de un grupo de religiosas  residentes en un convento. Dos de los integrantes del grupo de investigación son asesinados y sus cuerpos son hallados con evidentes muestras de tortura y rodeados de mensajes, tanto de símbolos matemáticos como religiosos. Treinta años después, el forense Enrique Fonseca se verá envuelto en una extraña investigación que le conducirá hasta la verdad sobre la muerte de su padre.
¿Similitudes con los superventas de Dan Brown? Si te quedas en la sinopsis, puede. Pero nada que ver con La décima clave que es literatura y no meramente impactos para vender y vender. Ambición literaria, personajes trabajados y buena prosa hacen de La décima clave un producto mucho más digno que esos que hace años eran consumidos compulsivamente por los que años después hacían interminables colas para sacar una entrada para ver la película basada en ellos.
Un protagonista traumatizado por descubrir el cadáver de su padre cuando era un niño que se ha convertido en un prófugo de la vida, de los sentimientos y de la realidad, y que se transforma en una persona que huye de sí misma y de todo lo que le rodea huyendo de su pasado hasta llegar a la amnesia y con una personalidad posiblemente paranoica, ya de por sí es un elemento diferenciador que da a la novela categoría de buena literatura,
La décima clave está estructurada como si se tratase de una obra de teatro clásica con una presentación, un nudo y un desenlace. Tras la presentación, algo difícil de conectar con ella al contarnos lo que pasa por la mente de Enrique, entramos en un nudo argumental basado en la criptografía donde muchos personajes, estupendos todos, entran y salen que con sus diálogos la autora nos va dosificando las pistas que nos conducen a un desenlace asombroso donde va encajando todo y parece que nos despertamos de un sueño. 
Antonia J. Corrales se nota que se lo ha trabajado a conciencia, primero documentándose y luego escribiendo, lo que es muy de agradecer pues vuelve a diferenciarse de la pura literatura comercial al uso. En las novelas del género están repletas de acción física, persecuciones inverosímiles, tiempo contrarreloj, peleas, golpes, momentos de peligro… mientras que aquí todo es plácido, mental y dialogado en un ambiente casi de claustrofobia con ligeros toques irónicos que nos van llevando poco a poco a la resolución del misterio sin sobresaltos pero cada vez más interesados, porque como se dice que Kant filosofaba, el conocimiento de las cosas pasa por conocer las formas o maneras que tenemos de conocer, sabiendo que ese conocimiento, no siempre, pero sí muchas veces, pasa por tener que descifrar algo que es lo que en realidad nos atrapa. No el misterio en sí, sino el proceso que llevamos durante el descubrimiento. Eso es lo irresistible y fascinante.
Antonia J. Corrales llega a tal involucración con sus personajes que parece jugar con ellos sin ningún escrúpulo trayéndolos y llevándolos de una historia a otra, de un lugar a otro, sin que en principio tengan nada que ver entre sí, jugando con su destino, con su pasado y su presente, sin ninguna consideración. Pero esto es otra jugada maestra de la autora que tiene muy claro de donde parte y a dónde quiere llegar. Es cierto que existe ese juego que te va dejando a veces anonadado y a veces escéptico, pero llegas al desenlace y entonces te das cuenta que todo estaba atado y bien atado, y esta vez de verdad por muy famosa que sea la frase y muy incierta por quien la expresó en su día. Aquí a la autora no se le escapa nada. Todo lo que en otro texto, innumerables hay, es inverosímil, en La décima clave todo está resuelto con gran ingenio, además de introducir un conflicto moral que nos hace recapacitar.
Con esta novela he leído ya todo lo hasta ahora se ha publicado de Antonia J. Corrales, que es capaz de sumergirnos tanto en un trepidante thriller que nos provoca una fuerte tensión, como en una novela intimista aderezada de notas de realismo mágico. Y es que no se le nota diferencia porque a mí me gustan las dos Antonia J. Corrales. El secreto puede estar en lo que dice uno de los personajes de La décima clave cuando habla que la palabra, su significado y su poder, era y sigue siendo, a pesar de ser utilizada a diario, un misterio para el ser humano. Y aquí ya sí que tengo que discrepar con Antonia J. Corrales porque como sé perfectamente que es humana, lo que dice su personaje es parcialmente cierto. Para ella las palabras no son un misterio de lo bien que las combina.
Engánchate a La décima clave y quedarás peligrosamente enganchado a Antonia J. Corrales. Yo hace años que lo estoy y te aseguro que es un gran placer.

miércoles, 19 de abril de 2017

Momentos de vida



Estoy sentado, frente a la hoja de papel en blanco, pensando en lo que voy a escribir lo que vais a leer e continuación y una idea me asalta de forma continua: me considero una persona que siempre ha tenido una vida afortunada, aunque mi forma de ser y mi carácter me haga sufrir por los continuos problemas cotidianos que nos pueden asaltar. ¿Problemas? ¡Qué ironía!
Acabo de cerrar un pequeño libro, pequeño por su extensión pero enorme por su contenido, titulado Momentos de vida, primer libro publicado por Isabel Sevilla Moreno, que a partir de ahora se va a convertir en uno de los que tengo de cabecera y que releeré cada vez que me asalten esos problemas que, desde este momento, voy a calificar de banales ante tanto sufrimiento y dolor que acaban de pasar por mis ojos.
Isabel Sevilla Moreno necesita sobrevivir y para eso escribe según nos confiesa en Momentos de vida. Escribe para hablar de libertad, de deseos incumplidos, sueños no realizados, del tiempo que pasa y porque cada vez queda menos tiempo para vivir; ella habla con su papel y se entiende perfectamente, más de lo que quisiera; escribe para hablar de aquellos que no han podido siquiera llegar a vivir los años que ella ha vivido, aquellos que se han ido antes de hora; escribe para declarar su amor por las personas a las que no dijo cuánto quería ni las suficientes veces ni con actos que es como deben ir acompañadas las palabras; escribe para hablar del dolor de las ausencias, para recordar los sueños tanto los buenos como los malos, para no olvidar porque sin recuerdos no somos nada, para sentirse viva y libre, para contar el dolor y el desamor; escribe para hablar de la esperanza, la ilusión y el amor; escribe para contar las horas, los días, las emociones…; escribe porque está viva y, en el fondo, quiero vivir siempre en y con sus letras; escribe para ser inmortal, para los que vengan después de ella.
A partir de esta confesión nos sumergimos en treinta y cinco breves, pero intensos y emocionantes, relatos autobiográficos y un precioso cuento de ficción final erótico para que sea un antídoto para superar y se nos quite del alma la angustia que se ha anidado en ella durante la apasionante lectura.
Momentos de vida nos relata pequeñas situaciones cotidianas, ínfimas cosas, que seguramente a los que no estamos en la situación de la autora ni nos demos cuenta de que suceden, pero que en las palabras y frases de Isabel Sevilla Moreno se hacen inmensas porque la reafirman en lo que a ella le ha tocado vivir y en la tremenda dignidad con la que lo afronta.
Felicidad, sexo, amistad, fe, suerte, aventura, bondad, familia, crisis económica, juventud, enfermedad cruel, salud, maltrato, soledad, violencia de género, machismo, amargura, amistad desamor, recuerdos, dolor, fragilidad, angustia…, pero ante todo dos cosas en mayúsculas que bañan cada página de Momentos de vida: Amor y Esperanza.
¿Qué puede pedir una persona cuando en una reunión de amigos alguien lanza la pregunta que es lo qué querríamos ser de mayores? Muchos pediríamos esas cosas materiales y enaltecedoras de nuestra vanidad, pero Isabel Sevilla Moreno se lo piensa unos segundos y nos suelta a nuestra cara que queda sorprendida ante su petición y deseo: “No estar enferma. Llevar una vida normal, la misma que nunca he podido hacer”.
Momentos de vida  es como el núcleo de A la busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Isabel Sevilla Moreno, en esa soledad que se siente en una ciudad grande y que es tan enorme y en la que cerramos los cerrojos de la puerta de nuestra casa, miramos por la ventana, vemos pasar a la gente y observamos las luces de las otras casas, descubre un objeto familiar, que ella ha ido recopilando a lo largo de su vida, y empieza a recordar, porque esos objetos son testigos de la vida que nos vuelve para viajar por la memoria. Y si no tenemos recuerdos no somos nada, tanto que ellos son los que nos mantienen vivos. La soledad y la incomprensión son malas compañeras y ella, así se hace llamar muchas veces en el libro Isabel Sevilla Moreno, las ha sentido en su piel, tanto que las lleva tatuadas. Ella no sabe odiar, pero sufre, sufre mucho. Lamenta como es tratada por su ser quizás más querido. Lamenta tantas cosas que le han pasado, tanta injusticia sufrida. Porque en esta historia es la gran perdedora, sin duda, pero no acepta que sus seres queridos pierdan su libertad. Sólo desea que la quieran, pero no siente ese cariño. Y ella se pregunta qué es lo que ha hecho para obtener tanto dolor.
Ella no cree en el perdón. Sólo cree en la conciencia de cada uno, única y exclusivamente, porque se trata de vivir la vida mientras podemos, de disfrutar de los buenos ratos porque los malos llegan sin avisar, de hacernos las cosas más agradables unos a otros, de vivir y dejar vivir. De todo eso y de muy poco más.
Porque, aunque parezca mentira y que no puede ser, y ahí radica su tremenda grandeza y magia, Momentos de vida es un grito descarnado, pero un grito de esperanza que te deja el corazón encogido, pero lleno de emoción. ¡Qué poco nos damos cuenta de las verdaderas cosas que son importantes! Isabel Sevilla Moreno se desnuda en cada una de sus frases, en cada una de sus palabras como la mujer valiente y excepcional que es. Pocos, muy pocos, se atreverían a escribir todo lo que ella nos cuenta, y ninguno, pienso yo, daría ese mensaje de amor y esperanza que ella transmite frente a lo que está sufriendo sin quedarse en la simple amargura. La gente no quiere saber de cosas duras pero estas suceden a nuestro lado y hay que ponerlas voz. Isabel Sevilla Moreno se la pone en un alegato a la esperanza, a la alegría y a la libertad después de haber vivido, y seguir viviendo, unas historias y situaciones poco fáciles, por no decir extremadamente difíciles.
El amor a su padre y a su madre, a sus perros a los que sólo les falta hablar, los bancos donde poder sentarse en sus paseos, sus zapatos, su bastón, sus hijos, las vajillas guardadas en la alacena del comedor, su lilero, su ventana como escaparate de la vida, esa luz de la casa de enfrente que lleva días sin encenderse, sus paseos por etapas, su vermú, sus conversaciones con otras personas, su dolor, aunque siempre con esa sonrisa con la que me imagino su cara, ella … Hay que ser muy fuerte, muy mujer y muy excepcional para soltar todo lo que dice y quedarse amarrada a ese poso de esperanza frente a los que nos parece que tenemos una vida dichosa, feliz y regalada con algún problemilla de vez en cuando.
Os ruego encarecidamente que compréis y leáis Momentos de vida, lo disfrutéis y sigáis sin descanso las palabras de Mario Benedetti con las que Isabel Sevilla Moreno cierra su libro a manera de síntesis para cuando tengamos un momento de desaliento: “No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo. No te rindas que la vida es eso…”.
Si Isabel Sevilla Moreno lo ha convertido en una forma de vida y lo sigue a rajatabla, ¿no vamos a poder nosotros, personas afortunadas a las que nos asaltan problemillas sin importancia que parecen ahogarnos?
¡Impresionante!


domingo, 16 de abril de 2017

Leyendas del promontorio


Dice Raquel Lanseros que todo lo que tiene que ver con la poesía es un acto de amor. Más que decirlo, lo siente. Amor de esas fuerzas afectivas para que la poesía llegue a ser con exactitud lo que es: amar a todo lo que te rodea y que has llegado a conocer y a disfrutar mientras dura tu existencia. Y el amor se visualiza cuando lees su poesía; se percibe que Raquel Lanseros ama la poesía al tiempo que vas sintiendo, según lees sus poemas, que te vas enamorando de ellos tú mismo, porque se ama la poesía del mismo modo incesante e innegociable como se ama la vida.
Hace ahora doce años que Raquel Lanseros publicó su primer poemario: Leyendas del promontorio. ¿Qué ha ocurrido durante todo este tiempo transcurrido desde entonces desde que una muchacha publicaba sus versos hasta la de ahora que se ha convertido en una de las más reconocidas poetas de nuestro país? Posiblemente, seguro, ya no es exactamente la misma a la de entonces porque el tiempo fluye y nos traspasa transformándonos en otra persona, pero con la misma esencia de la que antes fuimos. Ahí, justamente en ese aspecto, está una de las glorias milagrosas y mágica de la literatura que deja inalterable lo que un día fue escrito con esas miradas, esos pensamientos y la concepción del mundo que el autor tenía cuando volcaba en sus palabras lo que en ese momento sentía y que nunca serán iguales a las que escriba en el presente, como tampoco lo serán en el futuro que está aún por llegar, pues ni teníamos los mismos trabajos, ni viviremos en las mismas ciudades, ni nos acompañaran las mismas personas. Así me supongo que le ha ocurrido a Raquel Lanseros como me ha sucedido a mí mismo. Pero, lo escrito quedará como testigo preferente de lo que sucedió cuando las palabras iban llenando el papel.
Cuando en 2005 Raquel Lanseros escribía y publicaba las poesías de su primer libro ignoraba, aunque seguro que sí intuía, que era una empresa fácil para la dura gesta contra el paso del tiempo, pero ya que así era su pensamiento: conjurar las flaquezas del destino. La poesía se sumerge en un ansia de juventud y de vida

"Te veré pronto. Mantente viva.
Hasta pronto, princesa.
Me quedo en tu recuerdo"

que observar con ojos curiosos un hombre cansado y solitario en un café, mientras remueve con la cucharilla el líquido de la taza u tamborilea con sus dedos sobre la mesa un tango, pensando con nostalgia en su pasado. Pasado, presente y futuro como una constante. La vida, el amor, el odio, la espera. El tiempo que destruye, transforma y abandona.
Raquel Lanseros viaja por el tiempo, por el espacio y por la literatura,

"En la bella ciudad de Dublín
donde las chicas son tan bonitas..."

Dios bendiga a América"

sueña con el éxito, aunque parece premonizar cual engañosa tiene que ser su liviandad cuando se alcanza para transformarse en un instante en mero humo, duda al mirar hacia atrás que es cuando caemos mortalmente heridos por esa duda funesta y emponzoñada que nos paraliza. Siente melancolía de gente conocida anteriormente (otra vez el tiempo, otra vez el pasado) y esa nostalgia que aprisiona el corazón por ese sueño imposible que no pudo haber sido y que por tanto no fue.
Amores de adolescencia de los dieciséis años, la libertad sentida cuando se da y se recibe el primer beso, las calles engalanadas de banderillas y farolillos en una noche cualquiera de verano en cualquier pueblo o ciudad, la esperanza de poder volver a sentirlo esa sensación en el futuro, el entusiasmo de la juventud que te hace sentir como un gigante o un dios omnipotente, en una criatura perfecta, con ansias de volar, hasta que poco a poco la vida pasa inexorable como el viento del norte y va apagando tus sueños. Pero nos mantendremos vivos, como vivo se mantuvo Ulises sin importarle lo que pudiera ocurrir, ya se encuentre con sirenas traicioneras y embelesadoras con su canto o Circes embrujadoras. Siempre en el pensamiento la idea de mantenernos vivos, más allá del olvido y más allá de la vida. Hasta conseguir volver a Ítaca. Hasta que todos seamos Ítaca.
El tiempo que fluye. El tiempo que, más que pasar, vuela, escurriéndose como si fuese agua entre nuestros dedos. Pasado, presente, futuro... Las leyendas del promontorio, el primer poemario de una muy joven Raquel Lanseros escrito hace doce años. Después llegarían el resto de sus libros. Seguramente diferentes. Y después llegarán muchos más a partir de hoy. Nada en nuestras vidas será igual Solamente una cosa permanecerá invariable e inalterable a través del tiempo: ¡qué bonito escribe siempre Raquel Lanseros!