martes, 28 de octubre de 2014

El balcón en invierno


En septiembre de 2013, Luis Landero empieza a escribir una novela y al principio se siente satisfecho y hasta entusiasmado con lo que va escribiendo. Todo parece que con el tiempo se convertirá en otro de sus geniales relatos imaginativos, de estilo tan característico como particular suyo por las páginas que nos regala sobre él. Pero de repente, se pone triste y se siente profundamente abatido porque no le gusta lo escrito ni lo que puede continuar. Lo relee por segunda vez y sigue con la misma sensación y vuelve de nuevo a sentir una profunda tristeza y abatimiento como la primera vez. Lleva escribiendo desde la adolescencia y siente las primeras sombras del crepúsculo. Se siente saturado de ficción. De pronto se asoma al balcón y, como cuando Proust moja su magdalena en el té, aparece en su cabeza una historia, la historia que comienza en septiembre de 1964 cuando tenía dieciséis años y se asoma una noche al balcón con su madre meses después del fallecimiento de su padre. Y así Luis Landero nos regala una obra maestra de la literatura donde nos cuenta su infancia y adolescencia. Nos regala la emoción de poder leer y disfrutar de El balcón en invierno.
Luis Landero nació en 1948 en un pueblo de la provincia de Badajoz, Alburquerque,  en el seno de una familia campesina extremeña que emigró a Madrid en 1960, para residir en el barrio de Prosperidad, un barrio en donde entonces acababa la ciudad lleno de casas pequeñas y pueblerinas, y donde se podía ver en la distancia con la vista clavada en el horizonte merenderos con emparrados y el juego de la rana en la puerta, descampados, montones de basura y de ripio, terraplenes, campos de fútbol de tierra, cuevas donde vivían familias de gitanos y rebaños de ovejas, que primero poco a poco y luego casi de golpe, como cosa de magia, empezaron a poblarse de bloques de viviendas, de barrios bonitos, con calles amplias y parques para niños, y rascacielos y avenidas. Un barrio que por aquel entonces "olía a gaseosa, a cerveza y a vino de granel, a boquerones en vinagre, a gente abrigada y acatarrada, a carbonerías y vaquerías, a zaguanes y a orines de gato, a pobres hervores de cocina, a caramelos medicinales, a ambientador barato de cine, a colillas muy chupeteadas y apuradas y a tabaco rubio americano, a los cables eléctricos recalentados de los tranvías y a gasolina mal quemada." Un barrio tan diferente al barrio de Salamanca, en donde trabajó en unas mantequerías de lujo la primera vez que le sacó su padre del colegio y que los manjares que allí se vendían, cuando lo contaba en casa, ni su madre ni su hermana mayor podían imaginarse y no le creían diciéndole que mira que es mentiroso, por lo que empieza a realizar pequeños hurtos para que le crean. Un barrio en donde viví yo los tres primeros años de mi infancia antes de ir a vivir a la casa de mis abuelos en 1960 en Cuatro Caminos, otro barrio en donde acababa Madrid.
Luis Landero nos cuenta su historia y su vida en Extremadura y en Madrid. Nos cuenta la vida de su familia, descendiente de unos chatarreros ambulantes judíos que se aposentaron en el pueblo en el siglo XV, y que como Melquiades, el genial gitano de Cien años de soledad, debieron asombrar a Alburquerque y a sus gentes como él asombró a Macondo y a la familia Buendía.


Y vemos a ese niño que con el paso de los años se convertiría en escritor, cuando el lo que quería era ser aventurero o pistolero del oeste. Ese escritor que de niño no conoció libros. Tan solo uno de su padre que había en la casa del pueblo, y otro el del maestro que le enseñó a leer.
Y conocemos a la gente menesterosa y campesina atada de por vida a la tierra, gente que pensaba que no había nada más allá de ella y que no viajaba nunca, en unos tiempos sombríos, tiempos brutos, de infamia y de ignorancia, pero tiempos irrepetibles y mágicos para quien no tuvieron otros que vivir. Unos tiempos en el que el mundo campesino de entonces era a menudo bruto y zafio, y era mucho el trabajo, mucha la miseria, mucha la servidumbre, pero que también tenía los refinamientos propios de una cultura milenaria. Unos tiempos de superstición donde la gente quería prosperar pero tenía miedo a cualquier cambio.
Y conocemos esa charlas interminables de esas gentes campesinas que. después del duro trabajo en el campo, a la luz de las hogueras, porfían interminablemente sobre sus cosas, y a su abuela Frasca, que "había sido pastora desde la niñez hasta el matrimonio y que era totalmente analfabeta pero dominaba como nadie el arte de contar, y eso se notaba enseguida en el tono, en la línea melódica de la voz, en las pausas, en el movimiento acompasado de las manos, en como unía entre sí las frases, que parecía que una atraía como un imán a la siguiente, y lo mismo los episodios, donde uno hacía de larva, otro de crisálida, otro de mariposa, y en el ritmo del relato, ahora lento, ahora rápido, ahora viene una descripción, ahora se crea un suspense que pone en tensión toda la historia, ahora nos ponemos cómicos y ahora trágicos, ahora fingimos que no nos acordamos de un lance crucial del relato, ahora interrumpimos la narración para intercalar una poesía o una canción que viene muy al caso y de la que en ningún modo se puede prescindir, ..."
Y sentimos con emoción contenida, unas veces con una sonrisa que se dibuja en nuestros labios, y otras esa misma emoción que sentía Luis Landero al dar la vuelta a la curva que anunciaba la aparición de la finca de Valdeborrachos cuando iban los veranos o el guiño que le hace el castillo que vigila desde el otero el pueblo cada vez que vuelve a él con su madre ya anciana. Y nos emocionamos cuando describe la naturaleza del campo en todo su esplendor, una belleza que los campesinos, igual que les ocurre a los niños, no se dan cuenta de ella porque no ven un paisaje, solo ven un sembrado, una dehesa, un erial bueno para cabras, un cerro o un barbecho, porque no se han parado a contemplar la naturaleza, sino que viven revueltos, confundidos con ella.
Y sabemos de ese muchacho inconstante que quiere ser guitarrista, pero que un día se compra en la calle de Preciados El criterio de Balmes, que no llegará a leer nunca, y a los veintiún años descubre que lo que de verdad quiere ser es escritor y que empieza a estudiar en serio y a enamorarse de la literatura y de los personajes como Julien Sorel, el gran Gatsby o Don Quijote, para terminar escribiendo esas historias sobre pequeños hombrecillos grises con nimios o grandes afanes, con sus problemas y sueños, que tanto me maravillan cuando he leído cada una de sus novelas.
Pero El balcón en invierno no es una historia de ficción como ellas. El balcón en invierno está plagado de personajes reales con sus pequeños o grandes afanes, con sus problemas y sueños, con esa prosa landeriana llena de trucos retóricos, frases bien hechas, expectativas bien urdidas, adjetivos precisos, párrafos exquisitamente cerrados, palabra preciosas como jeito, muía, serrijón, bálago, tinado, recoveros o marchantes, y de música verbal que acaba siendo cantos de sirena. Una historia mágica llena de personajes mágicos pero reales, como el padre y la madre, la hermana mayor, el primo Paco, la tía Cipriana y el propio Luis Landero.
El balcón en invierno es la narración emocionante y emocionada de una familia de campesinos extremeños y una adolescencia en un barrio del extrarradio de Madrid. Es el relato sincero, humorístico, sentido, siempre bellísimo, de por qué oscuros designios del azar un chico de una familia donde apenas había un libro logra encontrarse con la literatura y ser escritor, después de sus visicitudes laborales en talleres, comercios y oficinas, mientras estudiaba en academias nocturnas, empeñado en ser un hombre de provecho, tal y como le prometió a su padre, pero dispuesto a tirarlo por la borda y vivir como un artista de la guitarra. Un relato de una familia emigrante en busca de una vida mejor que en vez de traer una triste maleta de cartón atada con cuerdas lleva consigo a Madrid todo su mundo rural. Un relato lleno de una caudal de historias y anécdotas que puedo llegar a hacer mías porque son parte de mi historia, de nuestra historia más reciente que "parece que todo ocurrió hace mucho tiempo y en un país lejano, como se dice o decía al empezar los cuentos, y, en efecto, las cosas han cambiado tanto desde mi infancia que a veces tengo la sensación de haber vivido, muchos, muchos años, casi un siglo de historia, o quién sabe si más."
Como Luis Landero, cuando escucha a su madre, yo cuando leo la prosa de este genial "mentiroso", pienso que es así la vida, que así ha sido siempre, y está bien que sea así. En cada instante, en cada frase, en cada suspiro, en cada pequeño acontecer, lo trivial y lo mentiroso van a partes iguales.
El balcón en invierno es un grano de alegría en el mar del olvido de lo que ocurrió y no llegamos a conocer. Un grano de alegría bellísimo. Pura magia.