lunes, 16 de noviembre de 2015

El jardín vertical




Palabras, duras y bellas palabras, como luz, con la que empieza y termina el libro, miedo, desolación , incertidumbre, bastardo, hijo de puta, tristeza, temblor, lloro, humillación, aberración, amor, solidaridad, hipocresía, corrupción, idealismo, conciencia, fuego, dolor, muerte, vida, olvido, orfandad, dignidad. Palabras que le sirven a un mago de las palabras, Alejandro López Andrada, componer en su sabia y poética prosa esta breve y bella novela que es El jardín vertical

Existe en Madrid un edificio, la Caixa Forum que es un centro cultural, dedicado principalmente a exposiciones temporales. Se integra dentro del llamado Triángulo del Arte, en el Paseo del Prado de Madrid, situado en la mitad sur del citado Paseo, enfrente del Real Jardín Botánico colindante con el Museo del Prado. Se encuentra en un lugar intermedio entre dos grandes museos de la zona, el Museo Thyssen - Bornemisza y el Museo Reina Sofía. En su fachada se encuentra un jardín vertical que es contemplado por Daniel, el protagonista de la novela, en una noche lluviosa sentado en un banco frente a él y esto le sirve a Alejandro López Andrada para componer su metáfora de esta crisis que nos asola, originada precisamente por la Banca, por ellos, por los ricos, que, al final se ha cebado solamente con los débiles y los más vulnerables de la sociedad y nos dice que es necesario poner ese jardín vertical en posición horizontal, pues el jardín en su verticalidad es un antagonismo a todo lo que en nuestra vida tiene que caminar en un recorrido de dignidad y desarrollo personal que sean codiciables y gratos, Esa verticalidad es una pared contra la que colisionan las esperanzas de los españoles que estamos viviendo hoy en día y es ese muro impenetrable de las actitudes de los que nos gobiernan que, mientras deberían facilitar la vida de los ciudadanos, nos la pisotean y masacran como lo estamos día a día observando y sufriendo.


El jardín vertical comienza con la confesión de Daniel, encerrado en su domicilio, de que ha hecho algo que no sabemos, asume las consecuencias de lo realizado y acepta lo que ha hecho aunque le parezca duro admitirlo, sin tener demasiado claro si su acción al final ha servido para algo aunque piensa que no ha sido en balde. Y es ahí, en esa casa en la que está encerrado donde nos empieza a contar su historia, en primera persona, desde su niñez en un pueblo de la comarca de La Serena, al sur de Extremadura, durante los años sesenta del siglo pasado hasta nuestros días donde descubriremos ese plan muy arriesgado y demencial que ha cometido, en un Madrid casi espectral y dentro de un país derrumbado social y éticamente, acosado por la crisis económica, el paro y la corrupción política.
Daniel salió de su pueblo, Aguanís, homenaje a otras ciudades míticas como Mágina, Macondo o Comala, tras un hecho trágico en su familia en una comarca deprimida en un rincón de Extremadura en esa España franquista oscura y gris para venir a Madrid con trece años a vivir a casa de unos tíos que viven en un barrio obrero poco antes de que muera el Dictador. Nos cuenta esa etapa de la Transición y el triunfo socialista de 1982 en un ambiente casi revolucionario y de alegría, años luminosos donde empezó a expandirse la cultura y la libertad creció por todas partes, de su vida universitaria, de los cines y de los cantautores de la época, Luis Eduardo Aute, Pablo Guerrero y Luis Pastor, el encuentro con su futura mujer, Marieta, una progre tan bella que se parece a Serena Grandi y que huele el día que la conoce a jazmines mezclados con frambuesas en la noche que fue para Daniel la más feliz de su vida, pero con una cultura que, en el fondo, aunque ella lo negara, tiene su raiz en las bases de un clasismo exclusivista, radical, soberbio, instalado en ambientes de la alta sociedad a la que pertenece su familia frente a la de Daniel que viene de la realidad opuesta, la de los perdedores y los vasallos de una derecha rural, siniestra y torva, su afiliación a las Juventudes Comunista del PCE y su militancia dentro de ese partido, su amor por el medioambiente, la lectura, la ternura y su empatía con los que sufren. Unos finales de los años setenta de aire fresco imposible de comparar con el ambiente rural, pobre y atávico, asfixiado por la beatería y el franquismo de su niñez.
Pero como decía su abuelo, el fascismo puede cambiar de traje, o de camisa, pero que, al final, sus hechos siempre lo delatan y, aunque algún día se marcharán, volverán vestidos de corderos. Y finalmente volvieron, gracias a esa democracia los hijos y los nietos de los que decapitaron, muchas décadas antes, el progreso y la igualdad. Y de repente Daniel pierde al amor de su vida, su trabajo en una residencia de ancianos que es privatizada, su casa y sus amigos. Pierde todo menos el honor y la dignidad que si han perdido ya muchos y que no encuentran ni un minúsculo asidero al que aferrarse para sobrevivir antes de que los arrastre la tormenta de la crisis que sirve para un Gobierno autoritario de ideas neoliberales que la han auspiciado para hacer saltar por los aires principios y pisotear derechos elementales para volver la patria plomiza que de niño conoció y que pensaba que ya nunca más volvería a ver, protagonizada por un equipo de políticos pertenecientes a un Gobierno represor de miserables que en muy poco tiempo han acabado cercenando todo lo que exhala un tufo a libertad y que se llaman demócratas, mintiendo en todo y creando un futuro que es un horizonte muerto, la pared de una casa olvidada por el sol, que no sienten nada por el prójimo y que pasan su vida jodiendo a los demás. Un Gobierno de torpes que superan a su ignorancia. Un Gobierno lleno de maldad e insensato cuyos peores defectos son el orgullo y la mentira, además de ser tercamente ineptos. Un  Gobierno aliado con las mafias del poder, con la Iglesia comprometida con los ricos, que hace desahucios umbríos apoyando a una Banca corrupta, carroñera e insaciable en una España sumida de nuevo en la pura oscuridad.
Alejandro López Andrada escribe con su escritura poética de siempre sin dejar de lado la violencia en su lenguaje que el argumento necesita. Como es un auténtico enamorado de la cultura y de la literatura hace a lo largo de las páginas de El jardín vertical diferentes homenajes a diferentes obras y autores. Daniel nos recuerda al Meursault de El extranjero de Albert Camús, obra donde advierte sobre el hombre que está siendo creado. Es una denuncia frente a una sociedad que olvida al individuo y le priva de un sentimiento de pertenencia activa en la comunidad y escribe una obra provocadora en cuyo trasfondo aparece el rostro desgarrado de una España herida y violentada por un Gobierno y una Europa neoliberal. Pinta una historia gris donde el paisaje está oscurecido por la extirpación de cualquier pasión o voluntad del hombre. Daniel, como Meursault, es el personaje que encarna ese sentimiento de profunda apatía por todo lo que le rodea haciéndose de manera más ostensible en la actitud ante la situación que vive. Daniel, al contrario que Meursault, si tiene valores, aunque esté degradado por el absurdo de su propio destino, el matrimonio fracasado, la amistad perdida, la superación personal... le preocupan. No soporta y le produce un asco inmenso la gente egoista que no se preocupa por el débil, ni tampoco soporta al que se refugia en la resignación. Pero su ateísmo está justificado, la vida no tiene ningún sentido en este escenario, la confianza en fuerzas externas a él mismo le produce una sensación de caída hacia el abismo de lo incierto. La búsqueda de la felicidad no se hallaba en esa religión, ni en la confianza en una sociedad cuyos mecanismos y leyes son desconocidos al individuo, la felicidad se encontraba en uno mismo, en la seguridad de la propia existencia, en la conciencia de ser y cuyo fin es el mismo conocimiento del ser. Daniel, como Meursault, se transforma así en un extranjero que juzga y remueve los fantasmas de una sociedad angustiada, cuya moral, carente de sentido, regula la vida de un todo social. Esa moral que condena a muerte de igual manera a un hombre que no llora la muerte de una persona desesperada que ha perdido todo, hasta su dignidad por unos mal nacidos.
Daniel también recuerda al Juan Preciado de Pedro Páramo de Juan Rulfo. Se pasea por un Madrid casi fantasmagórico, oscuro y lluvioso en el que parece que sus habitantes están muertos y habla con ellos.
Y también quiere hacer un homenaje a La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela. Pascual Duarte, habitante de la Extremadura rural como Daniel que nos cuenta su vida y que recurre a menudo a comparaciones con la naturaleza. Su vida y la realidad-política española está marcada por un clima de profunda inestabilidad. El protagonista de la obra, como Pascual Duarte, naturalmente también se ve influenciado, condicionado e impregnado por el clima social reinante en el momento, pero. al contrario de la novela de Cela, las referencias explícitas son fáciles de deducir y el autor está refiriéndose implícitamente a las mismas.
No hace muchos años, ya iniciada la crisis que se ha cebado principalmente con el Sur de Europa y con los más débiles, el escritor griego Petros Márkaris decía que la literatura debía denunciar lo que está ocurriendo. Alejandro López Andrada parece que ha recogido ese guante y escribe El jardín vertical una novela muy arriesgada y muy comprometida que habla de una época muy difícil que recuerda a otra muy cruenta que dejamos hace cuarenta años. Una España, la de antes y la de ahora mismo, en la que quien está en el poder en vez de estar con el pueblo, gobierna contra el pueblo, pisoteando y arrancando sus derechos y libertades con total indignidad, corrupción, chulería y desprecio hacia la gente que sufre y paga una crisis que ellos mismos provocaron con su avaricia y desmesura. Daniel va extrayendo a lo largo de las páginas de El jardín vertical el dolor, la ignominia, el fracaso y el desprecio que le azotó al final del franquismo en su pueblo durante su niñez en un medio rural lleno de señoritos, falangistas chulos de medio pelo y de sus pelotas aduladores a una época ya de madurez, en la que ya no le queda nada porque lo ha perdido todo y que la pesadilla de su niñez vuelve por estos que parecen haber descubierto y fabricado la democracia, cuando todos los de su especie y condición sólo han luchado contra ella a lo largo de nuestra Historia.
Daniel y, como muchos, este gran poeta y escritor que es Alejandro López Andrada amamos las cosas limpias, horizontales, aunque este mundo este repleto de objetos verticales, de escalas militares, de oposiciones a cargos relevantes, de puestos políticos de un rango elevadísimo que, aún habiendo sido votados por el pueblo, no miran jamás al suelo; muy al contrario, quienes disfrutan en la altura de esos cargos gustan de que la gente se arrodille solicitando limosnas y protección. El miedo en estos tiempos es la cera que da pábulo al poder. Todo esto es lo que ha pasado en todo el Sur de Europa, y más que en ningún otro sitio aquí, en nuestro país, en nuestras calles, en España, donde nos rodea un sistema capitalista injusto en el que su alumno más aventajado como es quien la mayoria de los españoles le votaron el 20 de noviembre de 2011 nos quiere llevar hacia un Nuevo Orden Mundial destrozando derechos y libertades y esclavizando la luz que antes había en el ambiente. Las normas austericidas que se aprueban en Bruselas desangran países hundidos por el paro y la miseria por mucho que se pavoneen de que gracias a ellas estemos sacando a flote la cabeza.
El jardín vertical es un grito de desesperación en el caos en el que ninguno debe resignarse sin lucha constante para desenmascarar tanta patraña. Alejandro López Andrada es un valiente escribiendo claramente la historia de los últimos cincuenta años de nuestros pueblos y de nuestras ciudades, y eso es lo que tenemos que ser todos nosotros, valientes, y luchar sin desmayo ni descanso desde el lugar que ocupemos porque cuando una persona lo ha perdido todo, cuando pierde el amor de su vida, cuando pierde su casa, cuando pierde su trabajo, cuando hasta le abandonan sus amigos, únicamente le queda la dignidad y se convierte en un animal herido que arremete contra todo con furia, aunque lo hace convencido de que lo hace por amor hacia los demás, por la dignidad y la revolución.
Alejandro López Andrada es un poeta sensible y un hombre de paz que ha tenido la osadía y el coraje de escribir El jardín vertical que es una bomba de relojería directa a la línea de flotación de la impudicia tan absoluta de quienes nos gobiernan en este momento. Él tiene la fuerza de sus palabras. ¿De qué fuerzas dispones tú para acabar con la pesadilla?