lunes, 23 de mayo de 2016

La mirada de Chapman


Ha pasado el tiempo desde que María Médem y Roberto Rial investigaron en Menorca el caso de las ancianas asesinadas por un asesino en serie y parece ser que han cambiado muchas cosas desde entonces. Roberto ha vuelto a Madrid y vive desde hace un tiempo con una compañera de trabajo, Alma. María se ha divorciado de Bruno y vive con su amiga Lola y su hijo preadolescente, mientras su hijo Hugo, que ya tiene tres años, está pasando con su padre una temporada.
En una Menorca que parece haber dejado ser idílica en un crudo invierno en la que una despiadada tramontana azota cada rincón de la isla, se celebra la primera semana de novela negra de Ciutadella a donde acuden los mejores escritores del género nacional, los que aspiran a hacerse un hueco en el mundillo, editores de diferente calaña, periodistas variopintos y políticos cuyo pasado posiblemente es mejor no airear. Hasta María participa porque en estos años ha escrito una novela sobre el suceso de los asesinatos en serie de las ancianas junto su antiguo profesor y amigo, el criminólogo Galván.
El día de la inauguración del evento, con la sala llena de asistentes y mientras habla el editor más poderoso del país, en la pantalla entra de repente un vídeo donde se puede ver el atroz asesinato del hijo del mismo desde la Costa Brava catalana. Horas después, en su habitación del hotel donde se celebran las jornadas, aparece asesinada de la misma manera una joven editora.
La acción está servida y ya sólo nos queda sumergirnos en la historia. Y aquí es donde viene la gran y muy grata sorpresa que me ha deparado la nueva novela de Pere Cervantes. En la reseña que escribí sobre No nos dejan ser niños me preguntaba si vivíamos en una sociedad psicópata en la que no existe ninguna empatía emocional y que es narcisista y exenta de metas, valores, infeliz, manipuladora, carente de gusto por todo, arrogante y amoral, lo que nos hace ser a los que nos ha tocado vivir en ella en seres arrogantes, infelices e incapaces de querer, añadiendo, además por si fuera poco, que nos creemos superiores a los demás, queremos imponer como sea nuestras ideas y no aceptamos las críticas de los demás. Todo esto lo decía sobre esa novela de No nos dejan ser niños a la que consideraba, como su autor Pere Cervantes, como más policial que negra. Pero ahora Pere Cervantes en La mirada de Chapman ha evolucionado de tal manera en su escritura, a incluso mucho mejor claro, que aquí, con los mismos personajes más otros nuevos que aparecen ya nos introduce en una absoluta novela negra no narrando sólo una serie de asesinatos sino ahondando en los perfiles psicológicos de unos protagonistas bastante atormentados con sus pasados y sus vidas actuales en una novela profunda. Unos protagonistas que se añoran pero que se esconden parapetados tras sus dudas y en sus miedos, todo envuelto en una escritura que salpica el libro de escenas y frases memorables, desde esa Ciutadella casi fantasmal e inhóspita como una de esas actrices del cine negro americano, sinuosa como una serpiente, misteriosa, bella a rabiar y, sobre todo, inalcanzable; o esa otra en la que disfrutamos de la última (?) fotografía que le hicieron a John Lennon mientras firmaba un autógrafo sobre la carátula del que sería su último disco, el Double Fantasy, con las gafas inclinadas, sostenidas por la nariz, y ataviado con una cazadora de aviador con el cuello forrado de borrego en la puerta del edificio Dakota de Nueva York donde vivía a su asesino que horas después acabaría con su vida en ese mismo lugar con un revolver del 38; o esos dos protagonistas excelentes, un Roberto Rial, indeciso y taciturno como lo ha sido siempre en su vida privada e implacable en su labor profesional donde es capaz de desobedecer una orden de un superior y la mismísima Constitución, pero jamás negarse a cazar a un asesino, que no ha olvidado a María y que se encuentra de repente con su casa calcinada, sin una familia por la que preocuparse y de la que poder disfrutar, que cree huir de ello junto con su compañera Alma, otro enorme descubrimiento de Pere Cervantes, con las cuentas bancarias bloqueadas por una misteriosa aristócrata, de la que nada sabemos hasta el final, y con ese pasado que quiere olvidar aunque se obstine en querer cambiar su futuro al que tanto teme; o esas impresionante María Médem que tiene como tono de su teléfono móvil la canción de Tal como éramos cantada por Barbra Streisand y que ha cambiado mucho al no ser ya esa mujer inocente cazando asesinos y encajando tantas decepciones en su vida para que deje de ser una soñadora, tiñendo su vida en color sepia que es el color de la nostalgia y la melancolía.
Merecía la pena, y mucho, esperar a La mirada de Chapman y merecía la pena para llevarme la gran alegría de que Pere Cervantes ha escalado muchos escalones para alcanzar la cumbre del género. La mirada de Chapman es una muy bella novela escrita de manera perfecta, donde la trama policial exquisita, gracias a la profesionalidad de Pere Cervantes como policía durante veinticinco años es un mero adorno y vehículo para adentrarme  en unos personajes, todos impecables en su descripción, que dan vida a una novela imprescindible que definitivamente le doctora como un gran escritor y estupendo narrador de historias.
He terminado de leer La mirada de Chapman y vuelvo a la primera página para releer la dedicatoria que Pere Cervantes tuvo el honor de escribirme hace unos días en Cuenca. Yo tampoco nunca olvidaré a María Médem, esperaré con ansiedad la nueva novela de este autor y pienso, una y otra vez en esa mirada de Chapman, esa mirada que transmite el goce del poder que sólo los asesinos conocen, el poder de aniquilar una vida humana cuando ellos decidan y que, aunque sea con cuarenta y tres navajazos, demuestran y acreditan que a veces el odio también es una pasión. Sigo leyendo la dedicatoria y si, Pere, La mirada de Chapman ya siempre formará parte de esa biblioteca emotiva que todos llevamos.
Gracias Pere Cervantes por tu magnífica novela que me ha demostrado con tus dos extraordinarias criaturas por ti imaginadas que cuando el pasado se cuela en nuestro presente sin pedir permiso, sólo nos queda esperar a que el futuro lo eche o venga a alegrar nuestra vida futura. Gracias por tu preciosa dedicatoria y, sobre todo, por tu impagable amistad.
Pdta.: A ti lector, enamorado de la novela negra, no dejes de buscar y encontrar la enorme cantidad de guiños con los que Pere Cervantes homenajea a sus colegas escritores y, sobre todo, deleitate con La mirada de Chapman. Sobre María Médem, Roberto Rial y, ójala, dentro de un tiempo, Alma, no voy a decir nada. Descúbrelo tú y ya no podrás prescindir de ellos nunca más.

sábado, 7 de mayo de 2016

Madrid, la novela


Gabán que abriga mucho. Improvisación y tenacidad. Deshabitado como mi colchón el verano que me hice mayor. Madrid, que duermes al borde del hoyo y la espada. Allí donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo. Babilonia donde verás confundir en variedades y lenguas el genio más sutil. Maldita ciudad que, aún sin estar en su mejor momento, estás hermosa. Todo apariencia, Carnaval de todos los días en que los pobres se visten de ricos, donde salvo media docena todos son pobres pero viven en la calle aparentando. Amante buenísima pero que como novia es lo peor y te engaña en cuanto te despistas. Madrid que tiene sujetos los cordones de la bolsa con los dientes. Ciudad por donde la gente pasea por sitios inmundos y se asoma a los puentes que cruzan las autopistas como quien se asoma a ver las olas del mar. Sobre agua edificada , sus muros de fuego son. Puente de los Franceses que nadie te pasa. Sus fuentes manan néctar y llueven ambrosía. Castillo famoso que al rey moro alivia el miedo. Donde escribir es llorar, es buscar la voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Desenlace de todos los dramas que forman el tejido de nuestra historia. Rompeolas de todas las Españas. Urbe en la que nadie te da la lata con las cuestiones identitarias. Mujer no demasiado guapa, pero que no puedes vivir sin ella. Poblachón manchego convertido en una cosmópolis. Pedazo de la España en la que nací, viendo pasar el tiempo ahí está más chula que un ocho. La que te mata, la que nunca duerme, la que enamora, la suma de todos, la que tiene un aprendiz de río, patria de todos, la que yace envuelta en un sueño y todo al silencio convida. Alma encendida a su espejismo; ciudad nocturna en urna de sus hielo. Excusa para contar historias. Corte de los milagros... pongamos que hablo de Madrid.
Lanzarlo a los cuatro vientos. Madrid ya tiene su novela. Antonio Gómez Rufo la ha escrito y como no puede ser de otra forma, de forma galdosiana, concentra en cerca de novecientas páginas conmovedoras la historia de Madrid desde junio de 1565 al 11 de marzo de 2004 contada a través de las generaciones de tres familias, los Tarazona, los Vázquez-Argote y los Posada-Álvarez que sucediéndose durante casi cuatrocientos años, son espectadores o protagonistas novelescos de los sucesos, incertidumbres y acontecimientos de lo que es el verdadero y omnipresente personaje principal de la obra, Madrid.
Ahora pienso que os estaréis preguntando eso de ¿Y caben en sólo novecientas páginas cuatrocientos años de vida, sus gentes, sus reyes, sus calles, sus barrios, sus políticos, sus artistas, sus monumentos, sus anécdotas? y tengo que contestaros que vaya si caben, aunque al terminar quede un regustillo amargo de que al cerrar el libro no queden novecientas páginas más para seguir deleitándose con la historia de esta ciudad mágica que siempre ha ido desde la euforia a la complicidad y el afecto, desde la alegría a la serenidad de lo conseguido, desde el calor de la victoria a la tolerancia de los desencantados con el destino que creían esperar. Madrid es esa que cuando se levanta, España deja de bostezar; la que marca el camino que, contra toda voluntad, corta abruptamente porque la tiranía y la sublevación contra los pueblos tienen su origen en la miseria intelectual y la incultura. Es una ciudad inventada por varias generaciones de gente que vino de fuera y que convirtieron a sus hijos en madrileños. Es una ciudad sin raíces, sin puntos de referencia y sin patriotismo, pero con ese duende que lleva en sus entrañas que siempre atrapó al que llegó a ella e impidió huir al que pasa mecido en su irracionalidad. Aluvión de nuevas generaciones siglo tras siglo, a la que cuando se la mira desde la distancia, se la añora desde la dolorosa lejanía como solo se añora cuando la nostalgia convierte la pérdida en una mutilación dolorosa. Madrid, esas seis letras que expresan mucho más que una simple palabra, orgullosa de su libertad a la que defiende con uñas y dientes porque está segura de que su dignidad está por encima del miedo y que acoge a todo el que llega desde otros lugares y que pronto, muy pronto, se convertirán en madrileños. Ciudad cosmopolita que siempre quiso ser provinciana frente a tantas otras ciudades españolas que, siendo provincianas, no han cejado nunca en su empeño de ser cosmopolitas.
Novecientas páginas que podrían ser mil ochocientas o dos mil setecientas y no pasaría nada porque siempre se harían cortas, porque cada una homenajea emocionadamente y con la belleza de sus hermosos atardeceres naranjas y blancos, lilas y rosáceos, que tienen el tono caliente de lo mágico y de lo perverso cuando se desnuda por el oeste cada tarde con la inigualable visión del sol cayendo y dejando su cielo, el cielo de Madrid, manchado de colores rojos, rosas y violetas de una belleza sublime teñida de acuarela de trazos largos y encendidos  que dibujan matices calientes para echarse a dormir, pasado el día de nubes blancas, breves y deshilachadas, iluminando su perfil de ciudad ancha, retrepada y marrón; una ciudad encrespada y de paso, mudable, como si nunca hubiese sido nueva, como si nunca se hubiese terminado de hacer.
Y es que Madrid fue siempre así: múltiple y secular. Y laico. Porque Madrid nunca fue de nadie y por eso es de todos y de todos cogió sus señas de identidad donde se mezclaban reyes y reinas, príncipes y princesas, duques y duquesas, majos y manolas, chulos de hacha y petimetres, buhoneros y chamarileros, artesanos y modistillas...
Resulta difícil escribir la reseña de un libro así y por eso me he dejado llevar por la pluma espléndida de Antonio Gómez Rufo. El me lo sabrá perdonar, por paisano y por que mis torpes palabras nunca describirían con acierto toda la belleza que encierran las casi novecientas páginas de Madrid, la novela, un monumento más que añadir a esta ciudad tan hermosa que nunca dejó de reclamar ser engalanada por el placer de sentirse atractiva y que nunca dejó de ser viva, con sus entrañas mudando la piel y sus vísceras reponiéndose del gasto de sí misma.
Si no conoces Madrid corre en conocerla aunque corras el peligro de quedar atrapado en ella. Si ya la conoces o eres madrileño como yo aunque hayas tenido que ir a otra ciudad a vivir, lee sin falta Madrid, la novela. Quedarás también atrapado sin remisión en sus casi novecientas páginas, que desearías que fuesen muchas más, y profundamente emocionado con la historia de esta hermosa ciudad que además es mi ciudad.