miércoles, 6 de julio de 2016

El agujero de la noche



A Máximo Higuera por su amistad y por su generosidad al regalarme este precioso libro editado por su imprescindible Editorial Trifaldi que con tanto amor y acierto dirige.


Escribe Gonzalo Suárez en el prólogo de El agujero de la noche de Joaquín Lledó que tuvo que aceptar un encargo envenenado por parte de éste como fue escribirlo sobre una novela que no lo necesita, y tratar de no desbaratar con supuestamente perspicaz retórica la dosis de inocencia que todo lector requiere.
El agujero de la noche es una novela de desamor y desafecto que camina al borde de un abismo que llega a producir vértigo. Es un periplo atormentado y agobiante que se agarra como al desgaire, que bella palabra que tan frecuentemente usaba Carmen Martín Gaite, a personas y a encuentros con ellas en pasajes cortos que pasean ante nuestros ojos a toda velocidad, conduciéndonos por la memoria de un hombre, donde se cobija lacerante y obstinado el efecto del tiempo que mana palabra a palabra y frase a frase, llevándose en su avance inexorable el discernimiento de las cosas para proporcionarnos la zozobra y la inquietud de la nostalgia, la añoranza y la tristeza, dentro de una crónica brutal e inhumana como son esas que producen ese gran tirano que es el amor.
Un hombre del que no llegamos a saber nunca su nombre camina por la noche de un Madrid fantasmagórico y casi tétrico en esos años que despiden los años de la década de los ochenta en una ciudad, alucinante y espectral, que se prepara para despedirse de la movida que la cambió de arriba a bajo. Es un cineasta y escritor que ha pertenecido a una generación que siempre estuvo en la frontera: divorciados antes de que existiese el divorcio; exiliados muchos años después que lo hiciese la generación republicana de sus padres y abuelos; padres de hijos de diferentes nacionalidades y credos tras haber vivido en una España monolítica y cerrada; frutos de mil revoluciones abortadas y ciudadanos de un desengaño en el que todavía latían los rescoldos de la rabia que les había puesto en pie.
Nuestro hombre ha vuelto a Madrid después de haber tenido que vivir quince años en París a donde tuvo que marchar perseguido por la dictadura. Ahora se gana la vida como free lance y sueña con terminar una nueva novela y realizar un nuevo proyecto cinematográfico, aunque en el fondo sabe muy bien que su sueño no llegará nunca a realizarse. Se ha enamorado perdidamente de una azafata misteriosa que le desdeña y le humilla constantemente. De una mujer que es una red con un corazón que se convierte en lazo y con unos brazos que son como cadenas. Una mujer tan bonita, así, en medio del invierno, en medio de la noche, aureolada por su rubia cabellera y dorada por el sol al que él idealiza como a una Beatriz de Dante. 
Y es que nuestro hombre en el fondo es un romántico. Alquiló un piso en la calle Ibiza, una calle que aún conserva el bulevar de las rondas heroicamente en esta ciudad un punto deshumanizada, porque justo en el portal de enfrente de la acera donde vivía habitó la familia Panero, cuya madre de familia, Felicidad Blanc desde que vio la bellísima película de Jaime Chávarri El desencanto, y los hermanos Suárez, Gonzalo y Carlos, a los que admiraba como cineastas. Los Panero con su idea de la cultura como un veneno en la sangre que a él le ha contagiado, y los Suárez con el Liceo Francés, el cine, el amor, los primeros celos, el primer desengaño... que siempre están patentes en su memoria y sus recuerdos.
Pero es un hombre que vive en realidad en un agujero, un agujero en la noche, en un terruño sin paisaje pues el paisaje es de los otros. Era un refugiado político que había roto en mil pedazos el mundo que había creado durante el exilio para volver al cine de la España democrática. Un refugiado político para el que las fronteras eran el burladero de un ruedo para poder escapar, aunque un refugio en el que era la víctima expiatoria. Es un perdedor que lo único que ha conseguido al volver es colgarse de otra mujer que lo desdeña y juega con él a su antojo como si se tratase de un pelele pero a la que se agarra con desesperación porque ella representa para él la patria, el país del que había estado separado más de quince años. Corre tras ella por la ciudad, de discoteca en discoteca, de copa en copa, de bar en bar, porque eso era vivir el Madrid que no había nunca podido vivir. Se quiere ahogar en la resaca de la transición para demostrarse a sí mismo que el grito  de su ciudad natal, que esa nostalgia que le embarga el alma, que esa fascinación por los ecos de la famosa "movida" que le habían venido a buscar hasta París y que, en definitiva habían sido el origen de su divorcio, era todavía legítima, que el azar y el riesgo eran aún factibles y al que se aferra a ellos para revelarse a sí mismo que el fracaso de su matrimonio anterior no había sido sólo por su culpa porque él aún puede amar, porque tiene derecho a amar y a ser amado, a ser feliz. Pero es consciente que se enganchaba a esta mujer que juega con él porque el mundo, su mundo, es un desorden confuso, un desconcierto anárquico, una vorágine de embrollo desorganizado y que ella era su única posibilidad de salvación, porque no consigue acabar su novela que está estancada, para volver a introducirse en el mundo del cine y poder realizar y montar su siguiente película. Se engancha a su olor que lleva pegado a su piel desde el primer día que la había conocido y que le llevará a penetrar en ese angustioso infierno donde se encuentra condenado y prisionero.
Novela lacerante de un fracaso anunciado escrita por Joaquín Lledó con frase lapidarias que nos penetran como un disparo y nos laceran el alma, ese alma que nuestro desdichado protagonista ha perdido al aproximarse al abismo y despeñarse en él.
Ahora que he terminado el libro y tras varios días de reflexión de como poder escribir una reseña de él, vuelvo a recordar el prólogo de Gonzalo Suárez. Escribir un prólogo de El agujero de la noche es un acto superfluo porque escribir una novela como ésta no debiera necesitar justificación pues es un acto que se justifica por sí mismo. Escribir una reseña sobre esta aventura íntima e improrrogable de una historia cruel como toda historia de amor que, afortunadamente en ocasiones, no volverá, aparte de que no es necesaria para emocionarse en su lectura, es una osadía. Lo que en verdad es imprescindible es leer El agujero de la noche y sumergirse con su protagonista en el más profundo averno con agitación turbadora y enternecimiento agitado.