lunes, 19 de diciembre de 2016

Las horas derramadas



Gabriel Desalvo es un gris empleado de una gran empresa en la que pasa sus interminables horas de trabajo encasillando notas y correspondencia en los casilleros de un sótano del edificio de los diferentes empleados de la misma, aunque ostente el rimbombante título de Jefe del Departamento de Correo Interno. Tiene dos compañeros, Aída Besares, que está profundamente enamorada de él que la ignora y quiere ser escritora, y Celso. Gabriel también tiene a su padre ingresado en una residencia con demencia, y esas son sus dos únicas ocupaciones en la vida: su absurdo y aburrido trabajo y visitar a su padre para contarle lo bien que le va en la vida.
Una noche, volviendo a su casa del trabajo por las calles de la ciudad donde vive, La Isla, se produce un terremoto y entonces Gabriel reconoce que la leyenda que su padre le contaba de niño era auténtica y ve que en las calles del sur, cuando La Isla duerme, en ciertas noches la tierra cruje de dolor y se resquebraja y se abre una grieta profunda donde él se precipita, para aparecer en una biblioteca enterrada en unas catacumbas donde antes hubo una basílica, y donde un monje de nombre Milo le dirá antes de morir que en esa biblioteca todo lo guardaba y todo lo protegía. Los libros que se atesoran en ella pueden no solo enlazar con el pasado a todos los que la visiten sino también proyectarlos hacia el futuro, pues una biblioteca contiene el universo entero y, con el correr de los años, se descubrirá que el tiempo fluye en sus estanterías, por lo cual hay que protegerla y cuidar pues ella nos instruye. Una biblioteca que contiene el tiempo en sí misma. Contiene el universo entero y enseña. Y allí pasa Gabriel los próximos cuarenta y cuatro años bajo tierra, cuidando, ordenando y protegiendo esa biblioteca sumergida en el subsuelo de La Isla convencido que es una biblioteca viva, que une pasado, presente y futuro. Pero la leyenda también decía que del vientre de la tierra surgirá un espectro envuelto en lodo y un perro sucio y flaco, y eso es lo que ocurre cuando Gabriel, vestido con unos harapos de monje, vuelve a la superficie después de tantos años ya muy viejo. Nadie le prestará la más mínima atención pues los muertos suelen pasar desapercibidos. En su deambular por La Isla todo ha cambiado. En un ambiente oscuro y apocalíptico se va revelando la antigua ciudad en la que vivió Gabriel: una chapa oxidada que señalaba el nombre de una calle de antaño, los balcones de hierro forjado de una casa centenaria que resistía el tiempo, los restos de las vías del antiguo tranvía, un callejón que mostraba su empedrado, se le ofrecían como jirones de un pasado y que él volvía a acariciar al recordarlos. La nueva ciudad se había construido sobre la antigua y ahora se levantaban edificios enormes de cristal y acero donde se instalaban las oficinas de bancos colosales. Una ciudad donde a los vagabundos los tienen escondidos y alejados de ella porque esa es la mejor manera de creer que no existen. Una ciudad en la que la noche puede ser muy peligrosa para Gabriel. Una ciudad donde los libros, fuente de cultura, son elementos inquietantes y no son permitidos para que el sistema siga fagocitando a los ciudadanos.
Pablo Di Marco nos regala un bellísimo libro con Las horas derramadas transportándonos a un mundo diferente y fantástico con ciertas dosis de distopía, donde se encuentran el miedo, la incertidumbre, la cobardía, la pusilanimidad, la carencia de voluntad, pero también el amor, la amistad y el destino en un mundo habitado por dos clases irreconciliables: los sensibles que tienen el mundo como una idea, una hipótesis; y los poderosos que lo consideran como una masa maleable con la que trabajan y atesoran riquezas y para ello necesitan para que funcione orden y disciplina aborregando a la gente y aniquilando a quien transgrede esa disciplina como un dios bíblico.
La vida de Gabriel, desde joven a viejo, debido a su sensibilidad le hace convertirse en un ser vulnerable y cobarde, perdiéndose en el tiempo para cuando vuelva de viejo se encontrará una sociedad sumida en el desprecio a lo que el más ama para tocarle contemplar todo lo que no pudo llegar a ser y llegar a comprender que su ausencia de décadas es un signo de cobardía. Se da cuenta que se le pasa la vida, pero cuando puede y empieza a ver la luz que pudiera cambiarlo todo no lo hace porque él nunca ha hecho nada ni tomado una decisión y ya no le quedan años para remediar todo lo que perdió en el camino como la fe, el arte, la amistad y el amor de una mujer que siempre le siguió esperando. Aída y Gabriel ya son viejos, y él confiesa además que está cansado y sigue teniendo miedo porque siempre ha estado paralizado y ha vivido en el miedo y por el miedo a no poder, a perder, a fracasar, no percatándose nunca que se necesita la atención, el afecto y el amor de los demás y a los demás pues necesitamos del otro para llegar a ser nosotros mismos en plenitud.
Aída es el contrapunto a Gabriel. Aída no ve flores sino mariposas dormidas que servirán para adornar su casa con las más bonitas. Aída es ese ser inalcanzable para los representantes de esos dos mundos en litigio, el pensador sensible representado por Gabriel y el hacedor encarnado por Celso, y la perderán irremediablemente. Aída es como esa niña del cuento que escribe que espera eternamente a su amado en medio del bosque. 
Los libros como Las horas derramadas de Pablo Di Marco, permiten acortar distancias convirtiéndose en un milagro el que caiga en manos de un lector como me ha ocurrido a mí, gracias a Editorial Trifaldi que me lo ha enviado, además de publicarlo en España antes que en la Argentina, patria del autor, con una muy cuidada y precisa edición, además que con una bellísima portada de Ariel Olivetti, como es norma de la casa.
Pablo Di Marco es un hacedor de magias en la historia que relata en Las horas derramadas, logrando que unos jeroglíficos, que llamamos palabras, garabateados en un papel en blanco se vuelvan reales en la mente del lector que tiene la fortuna de disfrutarlos en su lectura.
Pablo Di Marco es un autor distinto que nos da una historia mórbida aunque cuajada del amor más grande que pueda existir jamás, violenta, implacable, enérgica, feroz, vehemente y arrebatada, con un gran trasfondo poético, sociológico, psicológico y filosófico, plena de intriga,  suspense y emoción que nos conduce a la conclusión de que hay que vivir sin temor ni desconfianza porque, si así se hiciera, desmoronaremos la vida de otros que el destino nos ha marcado para que se crucen en nuestra existencia, ya que nada es fruto del azar, para que nuestras vidas no se nos escapen vacías y nuestras horas no se derramen en la nada. Todos tenemos en algún lugar a esa persona que está destinada para nosotros, y nosotros para ella.
No vivas como un cobarde ni des la espalda a la vida y a la muerte. Míralas a ambas a los ojos. Todos y cada uno de los encuentros, los desencuentros, los atajos y los retrasos de nuestra realidad ocurren cuando tienen que suceder y no son fruto del azar, sino de un orden maravilloso y cruel que, probablemente, jamás llegaremos a comprender, ya que sólo debemos ser mejores día a día y no aguardar nada del destino.
Querido lector, te propongo que entres en una librería, aunque sea una librería perdida, y levanta la manta de una estantería. El sino puede entonces conducirte a Las horas derramadas. Aliméntate de sus páginas y crece unido a ellas. Atrévete, no seas cobarde ni desconfiado. Cumple tu parte en esta aventura que es la vida de la que únicamente podemos ver una ínfima parte de las piezas que constituyen este gran rompecabezas. ¿A qué estás esperando?

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Saber moverse



Ricardo Piglia dice que “un cuento siempre cuenta dos historias”, hay una historia 1 que aparece en la superficie y una historia 2 que el autor construye en secreto. Parejas que se masturban en solitario al perder la chispa y la atracción sexual en la monotonía de la convivencia; una viuda que por dinero se mete a prostituta y chantajea a sus clientes; una mujer que cuando fallece prematuramente su marido en un accidente descubre que nunca ha estado verdaderamente enamorada de él pero le falta su compañía y su presencia y decide embarcarse en un crucero por los fiordos noruegos para rehacer su vida, pero el viaje le deprime y está siempre encerrada en su camarote; un escritor que se acerca a gente que está a punto de suicidarse lanzándose al vacío para que antes de hacerlo le cuenten su historia; una abuela que sabe el motivo por el cual su nieto, un niño aún, se ha suicidado; una madre que confiesa a su bebé de pocos meses mientras duerme quién es su padre; una mujer que nunca elige bien a los hombres de su vida; Un hombre y una mujer que se sienten totalmente atraídos el uno del otro con solo mirarse en un velatorio para que el pase las únicas navidades inolvidables de su vida; una periodista que odia a los escritores y a la que encargan hacer una entrevista a uno muy famoso; un hombre que consigue dejar de estar solo; una mujer que está convencida que la única buena suerte que puede tener es la de morirse; un viaje angustioso camino de la destrucción de la ya roto; y un hombre enamorado de una chica que no lo está de él y le hace sufrir sin que pueda escapar de ella nunca.
En los trece cuentos de Saber moverse, un título que está muy bien puesto aunque nunca se nos dice el cómo sino las consecuencias de no saber hacerlo, de Jorge David Alonso Curiel, se nos ofrece la soledad, la incapacidad para enfrentarse al mundo, trenes que pasan por nuestra vida y no cogemos, el amor como sufrimiento en vez de goce, sufrimiento, poca suerte en la vida, afectos, desesperanza de unos personajes quizás desarbolados por la realidad que les acorrala y son incapaces de saber o entender como poder afrontarla cuando aparecen las grietas en la vida o cuando siempre hemos vivido dentro de una de ellas.
Jorge David Alonso Curiel me recuerda en los relatos de Saber moverse a Carver o a Bukowski, pero sobre todo me recuerda a Quim Monzó, pues como Quim Monzó, Jorge David Alonso Curiel es un escritor que mezcla dos registros: uno que voy a llamar realista y lírico; y otro fantástico y puede que hasta grotesco.
Jorge David Alonso Curiel no desperdicia palabras sino que más bien nos las lanza como dardos o pedradas en un deseo de vivir y, sobre todo, deseo de poder ser feliz en el mundo que es incomprensible para los que aparecen en los relatos. Cuando las palabras necesarias han terminado y pueden aparecer las superfluas e innecesarias, el cuento ha llegado a su fin, dejándonos un regusto en el pensamiento al terminar su lectura de que su obra está dedicada a ti aunque la situación no se parezca en nada a las que tienes en tu vida. En los trece relatos rebosa el humor negro por todas partes y la pregunta que se hacen sus protagonistas de cómo hacen los demás para encontrar lo que quieren encontrar todos tienen su manera de moverse y cada uno tiene la suya, aunque ellos parece que no saben cómo hacerlo y piensan que casi todo el mundo que está cerca de ellos son mejores que ellos mismos, cuando nos asaetan con mensajes por todos lados  que ahí fuera está esperándonos nuestra felicidad, iluminada por la luz de las calles, luz que parece que no ilumina en ningún momento sus vidas.
Jorge David Alonso Curiel nos ofrece un crisol de comportamientos donde el deseo es el vínculo de unión entre los relatos, un inexplicable para los hombres funcionamiento del anhelo para las mujeres, y lo mismo para las mujeres el de los hombres. Y lo hace explicando cómo funciona y cómo se toman las riendas del comportamiento, sin mensajes machistas, ni feministas, ni subliminales, ni más ornamentos que los necesarios e imprescindibles. Y habla de sexo, porque el sexo es importante en Saber moverse, sin trompazos, con nula sensualidad, nula pretensión de divinizarlo. La gente folla, amor desde luego no parece que sea, en sus relatos como se lava los dientes o como desayuna tomando una taza de café, cuando toca o cuando puede. Y se desespera porque no les sale nada bien y se aferran a la vida como un clavo ardiendo en una prosa de total naturalidad, desenvoltura, desenfado, descaro, atrevimiento, insolencia, osadía, soltura y destreza, con una ironía que a veces roza en lo socarrón y un sentido del humor muy particular. Los personajes de Jorge David Alonso Curiel se muestran perplejos incluso hacia ellos mismos en situaciones rayanas con lo absurdo que nos acaban dibujando un fresco actual de las relaciones entre las personas en su vínculo sexual y emocional, sobre el que el autor no se cansa de satirizar con el recurso de esa última frase siempre brillante, siempre punzante, sin que nunca suene a moraleja o conclusión.
En Saber moverse no hay lugar para la esperanza ni para el romanticismo, pero si para el sarcasmo en frases que florecen en las páginas de los relatos como “no hay asunto más incomprensible que el amor” o “hay heridas que parecen no cerrarse jamás. Qué complicado es todo”. No son recetas para aprender a vivir y alcanzar esa felicidad tan esquiva que nos amenaza, pero una de sus mujeres parece dárnosla: “La felicidad es eso: no esperar nada y reírse de todo, porque al final uno se da cuenta de que no vale la pena preocuparse por nada, ya que todo es transitorio, y que lo único que merece la pena es disfrutar de los placeres que puedas tener a mano, desde los más costosos a los más pequeños, incluyendo el amor de los que amas y a los que amas”. Fácil, ¿verdad? Lo complicado es no esperar nada porque esperamos todo, reírnos de todo poco lloramos con demasiadas cosas, nos preocupamos hasta de lo que no nos ha ocurrido aún y es posible que no nos ocurra ni siquiera nunca, no disfrutamos de lo que tenemos y hemos alcanzado y del amor casi será mejor ni hablar.
¿Raymond Carver? ¿Charles Bukowski? ¿Quim Monzó? ¿Quizás Paul Auster? Por supuesto que sí. Pero por favor, no dejen en el olvido a Jorge David Alonso Curiel. Un gran escritor.