martes, 9 de agosto de 2016

Cartas a Palacio


Una hija única de unos marqueses que rompe moldes en su tiempo. Un amigo de juergas reales que se transforma y pasa de ser un libertino a una persona responsable por su trabajo humanitario. Un canalla odioso que es plantado ante el altar por la que iba a convertirse en su esposa el día de su boda. Un pintor francés afincado en Sevilla que se enamora perdidamente de una bella gitana cuyo nombre, al igual que la heroína de su paisano músico, Carmen antes de tener que ser reclutado para ir al frente de batalla. Un diplomático alemán destinado en Madrid que visita un antro de costumbres libertinas situado en una callejuela y donde piden de contraseña el nombre del santo del día para darse de bruces con el amor de su vida. Una amiga que enloquece por un amor equivocado. Un periodista homosexual repudiado por su padre, general de un ejército que ha sido masacrado en África, y que es enviado a París para sustituir a su antecesor que ha caído en una vorágine de opio y que será clave para su futuro. Un anarquista al que le gusta escribir obras de teatro y que aborrece la violencia. Un marqués enamorado de su jardín y de las flores. Un atentado en Sarajevo que encenderá la mecha para dar paso al horror y a la destrucción. Un Madrid elegante lleno de fiestas y dinero y otro Madrid miserable en barrios donde anidan las penurias y la desgracia. Unas trincheras infectadas de ratas, miedo, dolor y hambre donde la única esperanza es continuar con vida un día más y para eso es necesario que mates antes de que te maten. Un cartero al que le han amputado una pierna y ya no sabe qué va a poder hacer el resto de su vida porque ya no podrá montar nunca más en bicicleta. Unos soldados que van a la guerra cantando himnos patrióticos, con cara de felicidad porque están convencidos de que la justicia y Dios están de su parte. Unas madres que no les regalan flores en la estación de tren al marchar como otras mujeres cuando se dirigen al frente y lloran porque son las únicas que se dan cuenta de que van al infierno y de que muchos de ellos no volverán o volverán con el cuerpo destrozado. Una Europa en manos de generales incompetentes que pasean sus uniformes de opereta y beben champán después de la arenga mientras envían a millones de jóvenes a la muerte. Una niña francesa que envía una carta en Navidad al Rey de España y le hace dar a éste el que seguramente sea el único paso bueno que quizás diera en su vida. Millones de familias rotas por la atrocidad repugnante de la conflagración. Un Palacio Real inmenso que acondiciona un trastero en su último piso para dar cabida a un deseo noble y a una labor humanitaria admirable y entusiasta. Un rey, Alfonso XIII, apodado “El Africano”, causante de muchas desgracias a su pueblo como la Semana Trágica, la guerra de Marruecos, los desastres del barranco del Lobo y de Annual o la dictadura de Primo de Rivera, pero que tuvo el gran acierto de mantener neutral a España en la Primera Guerra Mundial, la llamada Gran Guerra aunque se quedara hasta pequeña con la siguiente por venir, ante las presiones de su madre alemana y de su esposa inglesa y la habilidad de crear la Oficina Pro-Cautivos, la primera acción humanitaria gubernamental registrada en la Historia, para dar respuesta a los familiares que no sabían nada de sus seres queridos, militares o civiles, en zona de guerra, proponiendo y mediando para que los submarinos no atacaran y hundieran a los buques hospitales, , instaurando una inspección neutral de militares españoles de esos barcos en su salida y entrada de los puertos, y consiguiendo además el compromiso por las dos partes en litigio el intercambio y liberación de prisioneros de guerra y unas condiciones al menos dignas de estos mientras durase su cautiverio. Una Europa que vio truncada de raíz el que seguramente fuera su momento de mayor esplendor y que quedó arrasada por la intransigencia y la avaricia de sus dirigentes y una España que intentaba despegar hacia la modernidad y el desarrollo, ignorante ambas del apocalipsis infernal aún mayor en el que se verían abocadas veinte años después. Un sueño que puso en pie un hombre en un desván de su palacio y que llegó a tener 54 empleados, colaboraron 60 agregados militares y más de 300 diplomáticos y que lograron con su trabajo, extenuante y sin descanso, algo tan grande como la atención de 200.000 prisioneros, la repatriación de 20.000 soldados heridos y de 60.000 desplazados por la contienda bélica.
Ante tanta literatura pseudo-histórica banal y mediocre que asalta las librerías, están novelas como Cartas a Palacio de Jorge Díaz, porque todo está lleno de historias, sólo hay que seleccionar la que merezca la pena contarse. Jorge Díaz ha seleccionado una gran historia, posiblemente olvidada o que no se le ha dado el suficiente brillo que se merece, que era necesario que fuese conocido y narrado porque merecía la pena, y la ha plasmado en una historia bonita, evocadora, cuidadosa y exquisita con sus escenarios y sus detalles muy bien documentados y elaborados en una labor impecable de documentación, con un ritmo narrativo de capítulos y subcapítulos cortos en los que se entrelazan las diferentes tramas que componen este impresionante mosaico de personajes y situaciones que emocionan y que te incitan a seguir leyendo y no abandonar el libro como le ocurre a uno de sus protagonista cuando dice eso de: “Venga, vamos a leer una carta más antes de irnos a casa”.
Maravillosa novela Cartas a Palacio. ¿La lees?