sábado, 20 de agosto de 2016

Alas negras y chocolate amargo




En realidad siempre nos enamoramos de un extraño. Es una de las condiciones del amor, que siempre tiene que ver con lo que desconocemos, tanto de nosotros mismos como de los demás.
En Alas negras y chocolate amargo de Sonsoles Fuentes, una mujer, Carol, como en la película Luz de gas de George Cukor, es una ingenua muchacha de diecinueve años que se casa con un hombre poderoso dotado de un terrible secreto, cumpliendo ese quizás imaginario femenino por los riesgos imprevisibles que corren al entregar su corazón a un extraño. Pero ya afirmó Isak Dinesen que una mujer prefiere tener un diez por ciento de un hombre excepcional que un cien por cien de un hombre corriente, aunque el marido de Carol no tenga nada de excepcional ni menos de corriente ya que es un ser cruel e indiferente hacia el dolor de su joven mujer que nunca a su lado podrá llegar a ser feliz porque la felicidad es poder percibirse a uno mismo y a los demás. Jean Paul Sartre dijo que el infierno eran los otros, y sin duda el infierno más temido es el que descubrimos al sorprender la presencia del mal en el corazón de los seres que amamos.
Muy lejos de estar apenada por la muerte en accidente de tráfico de Norberto, su esposo y afamado psiquiatra, Carol se siente liberada. Desde el principio de su matrimonio, veinte años atrás, la tuvo ingresada en su clínica en tratamiento por los más variados motivos. Una vez libre de la cárcel del matrimonio y los ansiolíticos, Carol viaja feliz a París en compañía de otra psiquiatra de confianza: En la capital francesa se reencontrará con Fani, su indisciplinada y rebelde hermana diez años menor que ella. Cuando Esther, la amiga de Fani que vive con ella, decide regresar a España con su amante convertido en novio oficial, Fani decide también reemprender el camino de vuelta con su hermana. En esta nueva etapa de sus vidas, Carol y Fani decidirán vivir juntas en la casa de la primera. La convivencia de las hermanas hará que vayan saliendo al exterior los secretos que ambas guardan celosamente y, de paso los de otros miembros de su familia. Sólo al tener todas las piezas del rompecabezas, Fani comprenderá hasta qué punto Norberto tenía atrapada a Carol y ésta, por su parte, por qué su hermana pequeña se comporta como lo hace aunque hayan pasado ya tantos años desde la muerte de su primer novio de adolescencia y de ser testigo de la de su padre cuando era una niña.
Una mujer que va entrar en los cuarenta y que ha vivido siempre prisionera de un marido dominante que no la deja trabajar ni usar Internet y que la tiene encerrada en una claustrofóbica casa de paredes y mobiliario blancos, cuando no era tras los muros gélidos de una clínica psiquiátrica. Cuando éste muere, Carol decide abrirse a la vida con optimismo, pero el problema radica que está llena de culpas, traumas y pesares que no le permiten avanzar. Algo esconde Carol y no está convencida de que sus seres queridos cambien la opinión que durante veinte años han tenido sobre ella cuando sus reservas y sigilos salgan a la luz.
Los traumas de Fani, huraña, irreverente, a veces antipática, muchas sarcástica, huidiza, con sentimientos de culpabilidad y remordimientos de sentirse abandonada por su familia y por los amigos, han sido siempre la excusa idónea para no acabar ninguna de las carrera universitarias en las que se ha matriculado, los trabajos en los que la contratan y no mantener con nadie una relación seria. Pero no es todo, porque Fani también guarda celosamente los secretos que tiene, sus miedos y sus deseos y necesita reconocerlos para poder salir de su vida paralizada. Fani siente el miedo a la pérdida y que se traduce en un miedo a amar que tienen las personas que poseen conflictos para poder llegar a superar un duelo.
Una familia marcada donde parece que todas sus mujeres están predestinadas a que sus hombres fallezcan prematuramente, una casa de blanco angustioso con un salón acristalado que da a un jardín con piscina comunitaria que Carol decide pintar de rojo vino para poder olvidar, una casa que le ha tenido al borde de la locura en su silencio, en su calma abrumadora, agobiante e inmaculada. Unos demonios que se han quedado atrapados y medio asfixiados por el calor de ese verano y que revolotean alrededor de Carol rozándola con sus alas de ceniza de plumas negras que se baten con la lentitud paciente con la que actúa un veneno. Un vacío profundo que ocupa  el vientre donde debía haberse instalado el placer y se instala un dolor permanente que recorre todo el cuerpo. Bombones de chocolate amargo que cada uno cobra vida de forma diferente dentro de cada boca como un beso puede ser distinto a otro en la misma lengua. Sentimientos profundos que llegan en oleadas que empujan hacia otro ser con una fuerza capaz de derribar todos los muros. Una trufa depositada como una hostia consagrada en la lengua de otro y que lamemos absorbiendo su saliva para que de nuevo vuelva a nacer una esperanza, vaga e imprecisa, junto a un destello doloroso de felicidad. Un ardiente violín que te hace bailar a través del pánico hasta que esté seguro en él hasta el fin del amor. Belleza escondida. Niños que piden permiso para nacer. Magia que sólo existe entre los que aman. Dioses que dieron alas a los ángeles y chocolate a los humanos.
Alas negras y chocolate amargo es una novela compleja, pero es una novela que emociona, entretiene, divierte en sus momentos de humor y que te hace pensar mucho en los veinticuatro capítulos que Sonsoles Fuentes la ha dividido y donde las voces narrativas de Carol y Fani se van alternando en unas páginas de forma placentera impecable y excelentemente escrita. Si esto es lo que perseguía la autora a fe que lo ha conseguido con creces.
Deberás leer Alas negras y chocolate amargo para saber esos secretos que atormentan a Carol y a Fani. Y lo debes hacer porque cuando pases su última página sentirás muy dentro de ti que la muerte no se contrapone a la vida, sino que está implícita en ella desde el primer momento. Mientras llega hay que vivir sin permitir que entren en nuestra vida nadie que nos haga luz de gas que agoniza ni tener sentimientos culpables sobre sucesos en los que nosotros seguramente nunca fuimos causa de ellos.