lunes, 27 de marzo de 2017

O



Tengo que confesar que leer a Alejandro Pedregosa me causa un enorme placer, por lo que tener entre mis manos un nuevo libro de relatos suyos, que más que leerlos me he embebido una y otra vez, es una de las cosas que mejor me pueden ocurrir.
Ya con sólo encontrarse con su preciosa portada de un sextante dorado en el que queda enmarcado el rotundo y breve título como es el de O, ya te invita a abrir el libro para ver que maravillas encierra dentro de sus breves trece relatos
La vocal “o” es la decimosexta letra del abecedario español que representa el fonema vocálico medo posterior y que en la lógica escolástica representa la proposición particular negativa. No sé si será por esto último, pero me imagino a Alejandro Pedregosa que se viste de Guillermo de Ockham y elimina de sus cuentos todo aquello que no es evidente, porque el número de entes no tiene que ser multiplicado sin necesidad y, por tanto, da prioridad a la experiencia empírica del conocimiento intuitivo inmediato de la realidad particular. Para él, no existen entidades abstractas separadas de las cosas o inherentes a ellas. Los universales son sólo nombres que existen en el alma, son procesos mentales mediante los cuales el entendimiento aúna una multiplicidad de individuos semejantes mediante un término donde prima la voluntad sobre la inteligencia y donde el único conocimiento posible tiene que basarse en la experiencia.
Pero, por favor, no te asustes y sigue leyendo. O no es un tratado tomista ni Alejandro Pedregosa tampoco es una persona tan sería y aburrida como Santo Tomás de Aquino. Bueno, es que ni siquiera es santo.
O es un juego de trece cuentos cuyos títulos tienen todos una referencia a un personaje como una guía para el que lo está leyendo. El personaje protagonista está separado del tema tratado en el relato por la vocal “o” como algo aclaratorio del personaje que es alguien de nuestro imaginario cultural. Así nos encontramos con personajes bíblicos, personajes de obras literarias, de canciones populares infantiles, de cuentos de hadas o del cine que están ubicados fuera de su hábitat y de su tiempo y que se enfrentan o se ponen en situación ante hechos tan serios de palabras tan rimbombantes y sesudas como son monarquía, patriotismo barato, vasallaje, pobreza, tanto moral como económica, lucha armada terrorista, esclavitud, usura, represión, pornografía, prostitución… , reducidos a la cobardía, la trampa, la locura y el miedo. Tras el “o” disyuntivo aparece el descenso a las realidades cotidianas de la pobreza, la fraternidad, la esclavitud y la represión.
No puedo dejar de tener envidia sana por como escribe y habla Alejandro Pedregosa. Nos sumerge en temas muy serios, pero con esa retranca suya del sur, aderezada por la tranquilidad y el sosiego de la lluvia pausada y lenta del norte. Los trece cuentos de O se llenan de comicidad, ternura, ayuda, sacrificio, compromiso y cuidado de unos hacia otros. Historias breves e intensas escritas con minuciosa maestría con ese lenguaje propio del autor, exacto, conciso, riguroso, detallista, claro, atractivo y refinado al que no le falta gracia, agudeza e ingenio que hace dibujar en tu boca una sonrisa por lo deslumbrador de su prosa.
En O cabe en pocas páginas casi todo: la traición, el cacique, la frontera mejicana, el machismo, la deshonrosa cualidad del honor militar generador de guerras inútiles que lo alimentan, el angustioso terror del cuidador del enfermo de Alzheimer y sus dudas sobre la muerte y la eutanasia, el qué dirán en el mundo cerrado rural, las supersticiones, la vileza del terrorismo, la esclavitud de la prostitución, la pasión asesina del amor, la hipocresía de la Iglesia o consejos vendo que para mí no quiero, las fuerzas vivas que mueren a manos de otras fuerzas más vivas, más falsas y más corruptas que ellas, las excentricidades de la usura, la ingenuidad de la juventud, la corrupción de los gobiernos, la muerte de la rebeldía, la felicidad de la mansedumbre alcanzada por un plato de lentejas, las artimañas de los poderes fácticos en los pueblos, el horror de las dictaduras militares, las consecuencias malévolas de una venganza mal medida, las ilusiones de un emigrante según otros, o la facilidad de engañar a los ciudadanos con cuentos y patrañas.
Hay que leer a Alejandro Pedregosa. Si aún no lo has hecho es una gran oportunidad de empezar a hacerlo con  O o perderás la oportunidad de zambullirte en la ilusión. No es un tratado tomista. Es infinitamente más divertido y ameno con toda seguridad.

jueves, 23 de marzo de 2017

Y si fuera cierto



Vamos a ir situándonos porque estamos ante una novela de Antonia J. Corrales, en concreto con su último libro publicado con el ya de por sí misterioso título de Y si fuera cierto, y es necesario ponernos a la altura imaginativa que derrocha por todos los poros de su piel tan singular autora. Imaginad un restaurante repleto de comensales. Un hombre y una mujer sentados alrededor de una mesa en un rincón y en el lado opuesto de la sala, otra pareja en otra mesa. No se han visto en ningún momento. De pronto la puerta de la calle se abreve con un golpe de viento del exterior. Fabiola, que así se llama nuestra protagonista, se da cuenta que, después de unos años de felicidad, todo ha cambiado. Su matrimonio que hacía aguas desde hace tiempo se ha hecho añicos, y decide dar un giro total a su vida. Como es escritora, aunque lleva años atascada con una novela con la que se siente incapaz de terminarla, acepta una oferta de trabajo para escribir la biografía de un hombre, Santos, que vive en un apartado pueblo prácticamente incomunicado y lejos del mundanal ruido, para olvidar su problemática vida, sin hijos por pereza y desidia, un matrimonio destrozado y su madre ingresada en una residencia y aquejada de Alzheimer. ¿Qué le deparará esta decisión?
Vamos a seguir situándonos. Imaginad un viaje en un vetusto y renqueante tren, que yo me lo imagino como los del lejano Far West, que llega a un apeadero perdido más vetusto que él mismo con las vías casi oxidadas en el que sólo desciende Fabiola después de que pare con un ensordecedor ruido metálico de frenos. Allí le está esperando Santos que le advierte que si desea hacer una llamada última desde la centralita de la estación está a tiempo porque en el pueblo al que van no hay ni teléfono ni ningún tipo de cobertura para los teléfonos móviles ni bandas anchas que ahora ya no sabemos vivir sin ellas, antes de viajar en un viejo Seat 1500 con los asientos de skay y en donde suenan canciones de Luis Eduardo Aute.
Y, para terminar, imaginad un viaje largo por un camino de tierra hacia un pueblo muy apartado donde ocurren cosas extrañas.
En la segunda parte se da un giro a la historia a otro escenario diferente hasta llegar a su desenlace, pero no puedo decir nada más que lo que he escrito más arriba y no voy a desvelar nada. Así que, o leéis el libro o seguid imaginando por vuestra cuenta. Yo os aconsejaría que hicieseis lo primero y así lo segundo vuestra imaginación volará y volará, ya que Y si fuera cierto es una novela mágica donde todo, absolutamente todo, puede pasar, tanto que hasta un personaje se atreve a decirle a Fabiola: "Aquí no hay nada imposible, sino todo lo contrario. Fabiola, aquí todo es posible, absolutamente todo, créeme".
Antonia J. Corrales es fiel a su fórmula: la narración sigue siendo en primera persona, predominan los personajes femeninos, un lenguaje sencillo de fácil comprensión y altamente emotivo, aunque haya escenas que sean difíciles de creer. Pero da igual porque Y si fuera cierto es una novela en la que la magia y lo real van juntos abrazados, y en la magia la realidad se transforma para que se haga presente, con una paulatina subida de la intriga y la curiosidad en crescendo. De hecho existe misterio en cada uno de los capítulos que conforman el libro para que el lector vaya disfrutando de sorpresa en sorpresa a medida que va avanzando con su lectura por las páginas de la novela. 
Podrá ser o no una ficción lo que se cuenta en Y si fuera cierto, pero Antonia J. Corrales nos vuelve a sorprender. No hay nada imposible. Para los que nos atenaza la soledad del corredor de fondo, nos quedarán para siempre los paraguas rojos, sus mujeres de agua, sus hombres de viento, las amapola, los chamanes y esa jirafa blanca de Tanzania que ellos sólo pueden ver, pero, además, a partir de ahora también tendremos las hojas rojas y aterciopeladas de arce, la luz violeta, las nubes de color malva, las auroras boreales y las tardes de lluvia y tormenta para poder ver que lo verdaderamente importante se encuentra dentro de nosotros mismos y no en lo superfluo y material que nos empeñamos en atesorar. Porque hay cosas que creemos que no existen por el mero hecho de que no las vemos. Porque la vida sólo está hecha de sentimientos y recuerdos. Aunque te parezca una dirección muy rara, recuerda: segunda estrella a la derecha y luego recto hasta el amanecer, Allí se encuentra Antonia J. Corrales.
Pura magia, Pura vida.

lunes, 20 de marzo de 2017

Al pie de la letra. Microrrelatos de la A a la Z



Leo y releo el precioso libro de Atilano Sevillano, Al pie de la letra. Microrrelatos de la A a la Z, y mi mente vuela muchos años hacia atrás en donde siempre recuerdo haber estado entre libros y lecturas. Recuerdo estar sentado en las rodillas de mi abuelo que me leía tebeos del Pulgarcito y del Tiovivo cuando aún no sabía leer. Recuerdo esos cuentos troquelados qué traía mi padre de sus viajes y a los que cambiaba el nombre de los niños protagonistas por los de mi hermana y el mío. Recuerdo mi Primera Comunión con ese misal de tapas nacaradas y cierre dorado porque tenía forma de libro, pero el mejor regalo que recibí ese día fue esa edición de bolsillo de Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Recuerdo esa Feria del Libro Madrid en el parque del Retiro donde mis padres me regalaron el primer Tintín que fue después aumentado hasta completar toda la colección. Recuerdo como iba ilusionado a cambiar los comics de los héroes de Marvel a esa pequeña tienda llena de revistas y golosinas. Recuerdo esos libros de aventuras ilustrados de Bruguera que me embebía. Recuerdo ese profesor de matemáticas que me dijo que además de la colección Austral empezara a leer a los estructuralistas. Y recuerdo ese final de año de 1973 cuando una mañana me metí en una librería de la calle del Arenal y me compré mi primer libro con mi propina y que parece que lo estoy viendo como si lo tuviera delante de mis ojos. Se titulaba Helo aquí que viene saltando por las montañas y lo escribió Jerzy Adrjezewsky. Recuerdo esa mañana imposible de olvidar de ese primer libro comprado. Después ya vino Cien años de soledad y, posteriormente, toda la obra completa de Gabriel García Márquez para quedar de manera definitiva a la pasión por la lectura.
Jerzy Adrjezewsky, el que inauguró mi primera biblioteca propia, es uno de esos narradores dotados del ángel, que podrían escribir cualquier cosa con liviandad, seduciendo perversamente a los lectores, volviéndolo niños embobados con cada gota del agua de su prosa. Y desde esa mañana descubrí que un libro es como un tesoro y la magia de sus palabras sirven para vencer una enfermedad desconocida.
Y ahora mismo me encuentro con que Atilano Sevillano es otro de esos narradores que te seducen en los ciento veinte microrrelatos que componen Al pie de la letra donde se demuestra que con muy pocas palabras se consigue la magia. Soledad, humor, invención de animales fantásticos a modo de bestiario, amor, recuerdos de lo perdido, sueños, crisis, diccionario de voces antiguas y olvidadas para regenerar el lenguaje, pizarras en la escuela de color verde, bolígrafos que emborronaban el papel, corbatas y pajaritas de nudo hecho con una goma elástica que se ajustaba al cuello, el intento ineficaz de explicar la ley de la gravedad con una pelota de color aceituna y goma dura que te regalaban con los zapatos gorila que te machacaban los pies, caminar por la calle sin pisar las rayas, el rezo cada noche del cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos me la guardan… La gran aventura de las historias bíblicas precursoras de las fantásticas hazañas de los súper héroes, la pesadilla de la clase de gimnasia para convertirnos en la Universidad en unos deportistas de otras especialidades, las angustiosas pesadillas nocturnas que te hacían despertar sobresaltado, o desear con todas tus fuerzas algo hasta casi sentir que lo consigues. 
Todo cabe en los pequeños microrrelatos de Atilano Sevillano en forma de noticias de sucesos, anuncios por palabras, cuentos, narraciones, currículos vitae, crónicas, poesía, prosa, música, diccionario, viajes, … Textos que se reinventan por ellos mismos, se reescriben, se garabatean, se interrogan, se auto agregan palabras y se borran otras, enmudecen, se hacen invisibles en un microrrelato, tan minimalista, tan zen, tan tímido que se esconde para que la página quede en blanco, y hasta llegan a su propio suicidio con el auto tachado. Absurdos metaliterarios de lo más convincente y creíble.
Personajes de la actualidad, de la tele basura y del papel cuché como prologuistas de los clásicos para asegurar el relanzamiento de estas joyas literarias pese a que no sepan ni hablar. Propuesta de lectura para rebajar días de condena carcelaria para fomentar que se lea. Cambiarse el autor su nombre y apellido para escribirse un autorretrato, confesando su amor por la escritura frente a su parquedad en la comunicación oral. Don Quijote de La Mancha escribiendo la biografía de Miguel de Cervantes. La conversación elíptica de dos ancianos sentados en un banco de la plaza mayor de su pueblo y que no conduce a ninguna parte. Verdaderas, y no las que nos han hecho creer durante años, realidades de las vidas de los personajes de los cuentos de hadas infantiles, para quedar demostrado que Andersen, Perrault y los hermanos Grimm no es que tuviesen una impresionante imaginación, sino que eran unos mentirosos compulsivos. Relaciones entre hombres y mujeres, entre esos él y ella anónimos, distintos y complementarios pese a una apariencia de incompatibilidad. Conversaciones aplazadas una y otra vez en un silencio ruidoso. La gran importancia del nombre con que nos llamamos. La importancia del pasado, de la infancia, que recordamos con añoranza. Literatura y metaliteratura hasta en los anuncios por palabras que podemos leer en un periódico, en la papeleta depositada en el buzón de correos ofreciéndonos las excelencias de un masaje o la perspicacia de un chamán africano, u otra papeleta pillada por el limpiaparabrisas de nuestro coche.
Todo esto y mucho más es Al pie de la letra. Unas deudas literarias que se encontraban en la cabeza de Atilano Sevillano y que surgen de las infinitas combinaciones que proporcionan las veintisiete letras del alfabeto y de lo leído en los diferentes libros a lo largo de una existencia para alcanzar y darse de bruces con la esencia de la Literatura dándose una simple vuelta por la vida de unos personajes variopintos y heterogéneos en las páginas de una novela y hasta en uno de estos microrrelatos.
Atilano Sevillano nos da diferentes visiones de las cosas según sea el cristal con el que se mire y no se conforma con ser el lector que soñó con ser un gran literato, reto que ha ya conseguido con creces escribiendo limitándose a lo necesario, evitando lo superfluo para escribir corto, pero huyendo de la tiranía de los ciento cuarenta caracteres de un twitt.
En Al pie de la letra, la escritura se asoma como producto de desnudar palabras, conjugar verbos y soñar que estás escribiendo algo mientras se va llenando de letras y oraciones una página en blanco, como un verdadero ansiolítico descubierto por esa psiquiatra que es capaz de curar la locura: intimidad, pasión y compromiso, en sus correspondientes dosis, para revitalizar los lazos afectivos, y el oxígeno, la tranquilidad y realidad y perspectiva, de mayor a menor, para dejar atrás los malos momentos, en sentimientos frente a la química tomados de la misma manera: en píldora con forma de microrrelato,
La magia de la literatura escondida en una chistera, llamada Al pie de la letra. Microrrelatos de la A a la Z, de un verdadero taumaturgo de las letras y la palabra, Atilano Sevillano.
Lectura deliciosa.

lunes, 13 de marzo de 2017

El secreto de las Beguinas



Las beguinas eran una asociación de mujeres cristianas, contemplativas y activas, fundada en el siglo XII, que dedicaban su vida a la ayuda a los desamparados, enfermos, mujeres, niños y ancianos, y también a labores intelectuales. Trabajaban para mantenerse y eran libres para dejar la asociación en cualquier momento para casarse.
No tenían casa-madre, ni tampoco una regla común, ni una orden general. Construían sus viviendas en forma de hileras cerca de los hospitales e iglesias en el centro de las ciudades, formando barrios enteros a los que llamaron beguinajes. Estos estaban cercados por puertas o vallas que cerraban por las noches, y a ellos no podían acceder hombres, siendo el sacerdote el único varón con permiso para entrar en estos recintos para confesar y oficiar misa. Los beguinajes tienen calles y plazas, una enfermería, uno o varios conventos dedicados a las novicias y beguinas que deseaban una vida más comunitaria y una iglesia particular. Cada comunidad o beguinaje, era autónoma y organizaba su propia forma de vida con el propósito de orar y servir como Cristo en su pobreza.
Las beguinas eran laicas y religiosas a la vez. Vivían con total independencia del control masculino y la libertad de la que gozaban era inseparable de la red de relaciones que establecían entre ellas, con Dios y con el resto de las mujeres y hombres de las ciudades en las que vivían. Pertenecían principalmente a la clase media y popular de las ciudades donde se asentaban, pero también había aristócratas y campesinas. Vivían de sus rentas, si las tenían, y de su trabajo en la industria, la artesanía de la lana, la enfermería, el copiado de manuscritos, la enseñanza de las niñas, la asistencia a personas moribundas como “acabadoras” de la vida o mediadoras de la muerte que les otorgó una función que las convirtió en imprescindibles, constituyendo ese cuidado a enfermos y moribundos como una práctica espiritual íntimamente vinculada a la compasión y a la solidaridad.
Las beguinas quisieron ser espirituales, pero no religiosas; quisieron vivir entre mujeres, pero no ser monjas; quisieron rezar y trabajar, pero no en un monasterio; quisieron ser fieles a sí mismas, pero sin votos; quisieron ser cristianas, pero ni en la Iglesia constituida, ni tampoco en la herejía; quisieron experimentar en su corporeidad, pero sin ser canonizadas ni demonizadas. Y para todo ello, inventaron la forma de vida beguina, una forma de vida política, que supo situarse más allá de la ley, pero no en contra de ella. Nunca pidieron papado que confirmara su manera de vivir y de convivir, ni se rebelaron, tampoco, contra la Iglesia. Fueron visionarias en dejar de lado el latín y escribir en sus lenguas vernáculas. No se casaron, pero tampoco hacían voto de castidad. Nunca fueron monjas, aunque lo pareciesen, porque nunca se sometieron a la jerarquía de la Iglesia, ni acataron los votos de pobreza, castidad y obediencia, y sólo rendían cuentas a su conciencia. Causarán admiración y asombro entre sus contemporáneos, pero se les reprochará vivir fuera de la Iglesia, vivir juntas, sus ropas, sus oficios…, lo que unido a que en su mayoría se acercaron a la Reforma a partir del siglo XVI, ¿cómo no iban a ser perseguidas, olvidadas y silenciadas?
En el siglo XVII, la visión de la mujer austera sometida al marido, modelo de orden, sumisión y trabajo, estará completamente asentada y cualquier otra opción de vida calificará a la mujer como bruja y la convertirá en alguien peligroso. Y además, si incluimos el símbolo que tanto utilizaron como es el Ave Fénix, ese mitológico animal que siempre renacía de sus cenizas, símbolo alquímico por excelencia, quizás funcione todavía, y la magia que le precede logre su resurgir del sombrío olvido al que fueron condenadas estas mujeres.
El movimiento de las beguinas es como un lugar espiritual y pragmático a la vez, que rompe con la diferenciación que la Iglesia imponía entre la oración y la acción. Un espacio que no es doméstico, ni claustral, ni heterosexual. Es un espacio que las mujeres comparten al margen del sistema de parentesco patriarcal en el que se ha superado la fragmentación espacial y comunicativa y que se mantiene abierto a la realidad social que las rodea, en la cual y sobre la cual actúan, diluyendo la división secular y jerarquizada entre público y privado y que, por tanto, se convierte en abierto y cerrado a la vez.
Valga esta introducción antes de reseñar la novela de Pedro M. Domene, editada por Trifaldi, y que lleva por título El secreto de las Beguinas, término absolutamente desconocido para mí antes de tener el libro entre mis manos y que, debido a mi curiosidad, , me ha lanzado a documentarme sobre los temas que se tratan en la novela, a saber, aparte de la congregación de las beguinas, los Tercios Españoles y la guerra de Flandes o de los Ochenta Años, el sitio de Ostende, los Autos de Fe dictados por la Inquisición y la investigación histórica.
Vamos a situarnos a principios del siglo XVII, concretamente en esos años en que los Tercios Españoles destacados en Flandes a las órdenes del capitán general, Ambrosio Spínola Doria, I duque de Sesto, I marqués de los Balbases y Grande de España bajo el reinado de Felipe III, que duró más de tres años y en el que murieron entre los dos bandos, por un lado las Provincias Unidas apoyadas por tropas inglesas, y por otro la Monarquía católica española, más de 100.000 personas, hasta que las tropas españolas consiguieron conquistarla el 20 de septiembre de 1604 dejando la ciudad totalmente destruida y prólogo a la llamada Tregua de los Doce Años para que los bandos en conflicto se recuperasen de las pérdidas económicas causadas en este sitio calificado por la Historia como uno de los más terribles conocidos.
Debido a las continuas revueltas y a la animadversión hacia los españoles, una secreta alianza entre flamencos, holandeses e ingleses, además del sitio a la ciudad de Ostente, llevaron a muchos nobles de los Países Bajos a abandonar sus hogares para aliarse contra el Imperio Español, y uno de ellos, Jan Thierry, deja en el beguinato de Brujas a su joven esposa, Elisabeth, para que esté allí custodiada hasta que él regrese de la guerra, con el trabajo de colaborar con las beguinas en el cuidado de los soldados heridos que llegaban a sus puertas. Jorge de Deza es un joven oficial de los Tercios Españoles que es herido cuando se dirigía a unirse al sitio de Ostende con el destacamento a sus órdenes y que es trasladado al mencionado beguinato de Brujas. Elisabeth será la responsable de sus cuidados. Jorge de Deza llega moribundo, y ahí nos encontramos con el secreto del título de la novela. ¿Cuidaban las beguinas a los heridos españoles hasta su curación o esperaban a que murieran lentamente practicando en sus cuerpos sangrías a diario? ¿Eran las beguinas de Brujas unas asesinas en serie en pleno siglo XVII? Potente argumento el que nos propone Pedro M. Domene.
Finalizado el asedio y claudicada Ostende, la Santa Inquisición realiza un Auto de Fe en Brujas donde son condenadas a la hoguera la Gran Dama de las Beguinas de la ciudad, once beatas muy jóvenes y una más, huida y condenada en efigie, acusadas de dar muerte a los soldados españoles y heridos que estaban recluidos en su beguinato  y por herejía por tener tratos con el Maligno.
En la actualidad, dos hermanos jóvenes, Diego y Jorge Galaor, que son investigadores  de historia de caracteres muy dispares, mientras el mayor es lenguaraz y alocado, el menor hace su trabajo de forma científica y profesional, estudian unos documentos que ha encontrado el primero sobre lo ocurrido en Brujas sobre el Auto de Fe que tuvo lugar en 1604. Diego pide ayuda a su hermano que se encuentra en Londres solicitando que le acompañe en su investigación en Bélgica para llegar a unas conclusiones sobre lo acaecido en esa época y descubrir el secreto que se encierra entre las paredes del Beguinato de Brujas cuatro siglos antes.
El secreto de las Beguinas avanza pues de forma paralela en tres espacios diferentes que convergerán al final del libro.
Pedro M. Domene escribe con maestría una novela que en diferentes momentos me ha llevado a recordar una gran película de 1979: Apocalypse Now de Francis Ford Coppola. En ella unos soldados americanos tenían que luchar en una guerra absurda en un país tan alejado de sus casas como es Vietnam. En El secreto de las Beguinas, unos soldados españoles del siglo XVII tienen que luchar en otra guerra absurda, como lo son todas las guerras, muy al norte de su tierra. Ambos ejércitos son en su época los más poderosos del mundo y ambos al final fueron derrotados, no por la táctica militar superior del enemigo y las grandes batallas rendidas, sino por la adversidad del clima, la abundante lluvia y la posterior humedad, que minaron la baja moral de una tropa, la americana reclutada a la fuerza, y la española alistada en su mayoría sólo para hacer fortuna. Ambas protagonizaron desórdenes y saqueos por donde pasaban, además de innumerables y crueles matanzas para mantenerse vivos. Pero ya sabemos que la Historia siempre se ha tornado cruel con los territorios ocupados y, si cabe, más despiadada aún con los habitantes civiles de los mismos. Y todo por mantener su grandioso Imperio de pies de barro, los unos por defender el capitalismo y los otros, donde no se ponía el sol, por su hegemonía y por la religión católica.
Pedro M. Domene se descubre en El secreto de las Beguinas como un muy buen novelista que, como buen historiador, ha profundizado en la época, los hechos y los lugares, anotado detalles, y, finalmente, estoy convencido de ello, ha logrado confundir la realidad con la fantasía para otorgar a su relato mayor veracidad histórica. Prácticamente y en suma lo que hace uno de sus protagonistas.
Tercios de Flandes, Guerra de los Ochenta Años, Santa Inquisición y Autos de Fe, Beguinas, la maravillosa y mágica ciudad de Brujas…, todo está dentro de El secreto de las Beguinas, además con una trama que te envuelve en un perfecto suspense que es finalmente resuelto en unos capítulos finales absolutamente deliciosos.
¿Caminan los hermanos Galaor por unas calles de Brujas donde se pasearon siglos atrás unas nobles asesinas que, descubiertas por el Santo Oficio, fueron quemadas por un tribunal de la Inquisición? ¿Descubrirán al hilo de una investigación histórica una auténtica trama criminal? ¿Cuál fue la historia de Jorge de Deza y Elisabeth?
¿Quieres tener respuesta a todas estas preguntas? Tendrás que leer El secreto de las Beguinas de Pedro M. Domene porque yo ya no puedo contar nada más y hasta aquí puedo escribir. Eso sí, te puedo asegurar que no quedarás defraudado, sino muy entusiasmado con su lectura. Yo que tú es que ni me lo pensaba.     

lunes, 6 de marzo de 2017

Media vida




Cinco chicas juegan una noche a escondidas al juego de las prendas en un internado regido por monjas paulinas. Corre el año de 1950 y tienen catorce años y toda una vida por delante en esa España que en plena posguerra es tan gris, pacata y vil. Lo que va a suceder esa noche final para varias de ellas de su estancia, les va a marcar, en especial a una, el resto de su existencia.
Media vida de Care Santos, ganadora del Premio Nadal de 2017, nos narra la vida de esas mismas niñas, ya mujeres, durante la noche, en la que cae sobre Barcelona una impresionante tormenta, de 29 de julio de 1981, día en que se casaron Lady Di y Carlos de Inglaterra y en nuestro país se acababa de aprobar en el Congreso de los Diputados la Ley del Divorcio apenas hacía un mes, con saltos continuos al pasado, con escenas de la vida cotidiana y canciones de la época, para ir conociendo a esas niñas de catorce años, ya que nacieron en 1936, y que ahora tienen cuarenta y cinco años, en un homenaje a todas esas mujeres que se tuvieron que modernizar por ellas mismas después de una época tan cerril. Unas mujeres que llegan con su lastre de experiencia, pero que no se daban cuenta de lo que se habían perdido porque su mundo hasta ese momento era muy cerrado y aunque a esta edad se tenga por delante mucho futuro por vivir, pese a que se sienta a la vez todo el peso del pasado. Es un momento de la vida muy especial que seguramente no se produce en ningún otro instante, en la media vida, y por eso Care Santos lo ilustra de manera muy sutil e inteligente con una de las protagonistas que ya es abuela, mientras que otra está por primera vez embarazada, para rendir su particular admiración y respeto hacia esa generación de mujeres que tuvieron que construir sus destinos en un momento y un lugar en el que la hipocresía de aquellos que querían mantener las formas a cualquier precio y que se enfrentó a nuevas miradas sobre la amistad, el amor, el sexo y la libertad.
Las cinco protagonistas de Media vida llevan sin haberse vuelto a ver desde hace treinta años cuando, en esa aciaga noche, final de su internado, ocurrieron los hechos que descubriremos al final la novela, y se reunirán la noche del 29 de julio de 1981 para cenar y recordar la época que compartieron en el internado de monjas y su vida posterior tras esa noche en la que sus destinos quedaron marcados para siempre por un juego infantil e inocente.
Olga y Marta Viñó, Lolita Puncel Farrús, Ana María “Nina” Borras Truyol y Julia Salas se pasean por las página de Media vida en una historia sobre las relaciones humanas, el perdón y el paso del tiempo de unas mujeres que tuvieron que sacarse las castañas del fuego y construir sus vidas con inteligencia y coraje, buscando nuevos caminos a propósito del amor y la libertad, dentro de un contexto de amistad que es más ventajosa que el amor, ya que resulta menos exigente que éste y te permite una mayor libertad. Las cinco mujeres que protagonizan la novela son como unos arquetipos que representan cinco respuestas diferentes a los retos que las mujeres de esa época se encontraron en ese momento de cambio que supuso la Transición.
Care Santos habla de esos “hasta que…” que son lo mejor de la vida, esos giros de timón que trazan toda su existencia, y pasa cuentas con una época que hundió la vida a muchas mujeres que, mientras la República les había preparado un futuro mejor, el franquismo lo destrozó para volver hacia atrás, un retorno al siglo XIX, aunque se encuentre a gente que vivió en esos años que le pareciera muy bien o que se diera cuenta que les habían engañado cuando ya era muy tarde. Una época en que muchos matrimonios eran sólo, o parecían ser, de conveniencia para ambos miembros de la pareja, sin deseo, sin amor, sin cariño, sin cama común, sin palabras, sin nada, en los que solamente interesaba la parte práctica: ella gobernaba la casa, él la protegía; ella era buena administradora, él tenía el dinero; un tándem perfecto para una vida triste.
Perdón, infelicidad, infidelidad, amistad, vergüenza, dolor, crueldad, soledad, rabia, tristeza, justicia frente a la injusticia, cambio, amor, odio, recuerdos, engaños, mentiras…, dentro de una novela, Media vida, en la que cada una de sus protagonistas, en tan sólo una noche, tienen la suerte de alcanzar la oportunidad de conocerse mejor a ellas mismas gracias al conocimiento de las demás, y tomar decisiones que hacen algo más que cambiar la vida, ya que también al tomarlas, nos transformamos en otras personas, aunque a veces los demás no lo soporten.
Una gran novela de una gran escritora que es imprescindible leer para quedar ensimismado y fascinado al finalizar su lectura. Quizás sea porque las historias sobre las mujeres de la posguerra, tan importantes para mí, tienen una magia muy especial. Un libro muy bello.

jueves, 2 de marzo de 2017

Tres minutos de color





El número tres está asociado a la inspiración y a la inteligencia imaginativa con capacidades especiales. Está vinculado con el tiempo (pasado, presente, futuro) y con los tres colores primarios (azul, amarillo y rojo).
El color es una sensación que producen los rayos luminosos en los órganos visuales y que es interpretada en el cerebro.
Coque Brox, inspector de la Policía Nacional en la vieja comisaría de la Vía Layetana de Barcelona en vísperas de pasar los trastos a unos Mossos d’Esquadra a punto de tomar las riendas en la ciudad. No puede distinguir los colores porque es acromatópsico por lo que sólo ve la vida que le rodea en blanco y negro, cosa que le hace aún más ofuscado y parco en palabras de lo que sería si no padeciese esa enfermedad, ya que su vida es un absoluto desastre desde que sufrió una terrible pérdida irreparable que ha dado como consecuencia la separación con su mujer, Marga, que tiene intenciones suicidas desde el mismo día que aconteció esa terrible pérdida irreparable, y que le ha ido alejando de forma paulatina de su hija preadolescente que ni siquiera habla con él y parece que no le quiere.
Todos estos hechos le han agriado mucho el carácter desde hace algo más de dos años. Trabaja en el departamento de desaparecidos y puede sobrevivir gracias al trabajo que tampoco no es que últimamente le vaya en exceso bien por culpa de su jefe directo, el comisario Palomares, que por lo que intuye no le traga para nada.
Esta suma de desgracias le han hecho una persona taciturna y antipática para todos los que le rodean. No se puede refugiar en nadie pues comparte piso con Oliver, médico forense del Hospital Clínico de Barcelona que se pasa la vida en sus ratos libres jugando a un videojuego on-line.
En definitiva, Coque Brox, inspector de una Policía Nacional que está a punto de desaparecer de las calles de Barcelona y que come garbanzos de color blanco y negro, es una persona atiborrada de un profundo dolor que vive con la apatía de los que tienen los perdedores y que te tantea a diario si de veras quieres seguir para delante. Como estaba ya hastiado de cómo y cuándo puede producirse la muerte de su mujer, a la que ama con locura, abandonó su hogar para no ser testigo del éxito en algún intento de suicidio de ella, situación en la que todas las mirada le seguirían declarándolo culpable. Se ha ido alejando tanto de todo que ya carece de vida social, a excepción de Jalil, un árabe que la Policía contrata de manera esporádica como interprete y que, además, le aporta a Coque Brox información y las visitas periódicas que hace a su padre, antiguo trompetista en un teatro del Paralelo, en el barrio de su infancia y juventud del Poble-Sé.
Para colmo de males, su único amigo y antiguo compañero, Palma, ha desaparecido y a Coque Brox le parece que no se hace lo suficiente para dar con su paradero, y, además, su jefe pretende apartarlo de la investigación de lo que hace caso omiso haciéndolo él por su cuenta con la inestimable ayuda de Jalil para descubrir que su colega iba detrás de una red que se dedicaba a abusos sexuales a menores y de pornografía y prostitución infantil e intentaba detener a todos sus responsables en el momento de su desaparición.
Por otro lado, Oliver tiene una amiga cardiocirujana en su mismo hospital, Nadia, que presentará a Coque Brox al igual que lo hará con Rodri, dueño de un bar que ambos van a menudo. El bar es un local muy especial y tiene un libro en el que se pueden poner mensajes escritos para amigos y conocidos.  Oliver y Nadia le cuentan a Coque Brox que han asistido hace unos días los dos, cada uno por su lado, a unos hechos extraordinarios. A Nadia en plena intervención quirúrgica de un paciente invidente éste entró en parada y estuvo en muerte cerebral durante tres minutos, pero al que se logró recuperar para que le cuente como es ella físicamente y como es el quirófano, que es lo que hacían los médicos cuando estaba muerto y hasta como es su gorro de delfines con el que se cubre la cabeza cuando está operando en la sala de cirugía. Por otro lugar, Oliver, estando trabajando en la salas de autopsias, ha visto asombrado como tres cadáveres han caído a la vez al suelo desde tres camillas diferentes. Estos dos hechos les harán interesarse e investigar para saber más sobre las ECM o experiencias cercanas a la muerte y sobre que puede suceder más allá de la vida.
Al final de la primera parte de las tres en la que está dividida Tres minutos de color, se produce un hecho fundamental en la novela, absolutamente original y novedosos en el género negro, que va a resultar fundamental para la resolución de la trama. Por otra parte conseguida de forma perfecta, en donde se irán encajando todas las piezas del tablero para alcanzar un final apoteósico, excelente y muy bien resuelto y acabado.
Pere Cervantes presenta su tercera novela con Tres minutos de color después de las magníficas No nos dejan ser niños y La mirada de Chapman, poniendo en nuestras manos un producto magnífico  en el que se nota que ha trabajado durante varios años para sacarlo al mercado, tratando un tema difícil con una apuesta que podía resultar en exceso arriesgada, pero que en sus manos resulta perfectamente creíble y eficaz al escribir con una total y absoluta maestría, consiguiendo una narración hilvanada, perfecta y muy bien narrada marca de la casa. Pere Cervantes cada día escribe mejor y nos describe unas situaciones y nos dibuja unos personajes con un lenguaje entre lo que roza lo lírico y lo efectivo, dentro de una Barcelona lúgubre y fantasmagórica, para llegar a demostrar su hipótesis de que el tiempo no existe sino que sólo es el único modo que tenemos de medir el concepto de cambio, porque todo cambia, tanto los objetos como las personas, y sin el tiempo ese cambio se nos hace insoportable y más aún cuando la memoria no se sitúa en el cerebro sino en el corazón de cada uno.
Coque Brox es un hombre que pasea pausadamente por es Barcelona en blanco y negro y siente lástima por lo que observa porque adivina que un tsunami va a llegar y nos va a arrastrar a todos.
Si como decía al principio el número tres, número emblemático en Tres minutos de color, está asociado a la inspiración y a la inteligencia imaginativa no me extraña porqué lo haya utilizado Pere Cervantes que debe estar imbuido de ese número tres. Si, además, está vinculado a los tres colores primarios y al tiempo ya comprendo absolutamente todo.
Porque está poblada de personajes inolvidables, porque me gusta Barcelona aunque aquí esté en caída libre y en profundo cambio que despierta la nostalgia de sus habitantes, porque tiene una trama apasionante y muy original, porque nos adentra en terrenos desconocidos e inexplorados aún por todos nosotros, porque como decía ese centauro de las letras que era Jorge Luis Borges: “Lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador”, porque nos da posibles ideas sobre lo que puede haber después de la muerte, porque nos demuestra lo estéril que es luchar contra el tiempo, porque es una novela no escrita para que guste sino para estremecer, porque te hace dudar y reflexionar, porque morir es como vivir, pero sin embustes…, no dejes, por lo qué más quieras, de tener en tu vida al menos tres minutos de color no sea que en la muerte ya sea demasiado tarde.