martes, 23 de mayo de 2017

¡Ya está bien!




Pasa y pasa el tiempo y aquí estoy desde hace ya casi cuatrocientos setenta y cinco años, y lo que me queda, que para eso lo llaman eternidad al sitio donde habito, es decir, la duración que no tiene ni principio ni fin, o como diría Aristóteles, ese sabio griego: “el tiempo que perdura siempre”.

Para que vuestras mercedes estén informadas, e ir poniendo los cimientos de lo que les quiero desvelar, diré que mi nombre es doña Inés de Ulloa. Nací en Sevilla allá por el año 1525, aunque si he de ser sincera nunca lo supe de cierto, cuando nos gobernaba nuestro Señor, el buen rey don Carlos, que será muy bueno pero que por aquí, en las Españas, se le ha visto poco por estar siempre dando mandobles a diestro y siniestro por toda la faz de la Tierra, y que a la postre llegará a ser coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ahí, precisamente ahí, es donde empiezan todas mis desgracias que no me han abandonado nunca, salvo unos simples instantes de felicidad en un cortijo al lado del Guadalquivir, una noche del año del Señor de 1545, con tanta monserga de moral cristiana, amor divino ensalzado frente al amor humano, sufrimiento identificado con la pasión de Cristo, adorar a la amada como una virgen mientras todas las demás no paran de divertirse y de gozar, conventos, misas, madres superioras, salvación eterna y demás zarandajas, pamplinas, chuminadas y tonterías que, al menos a mí, me han dejado a dos velas en esto de los placeres carnales.
Y vamos a ver si se me entiende con claridad lo que a vuestras mercedes les quiero explicar y lo disciernen e interpretan en su justo término, que ni por asomo es echar por tierra el precioso y excelente drama, escrito en 1844 por un autor romántico nacido en Valladolid, y que nos dio a conocer al mundo entero no sólo a mi humilde persona, sino también a todos los que me rodearon en mi afligida existencia.

Era mi padre el muy cristiano y católico don Gonzalo de Ulloa, Comendador de la muy religiosa y militar Orden de Calatrava, por lo que pertenecí a una familia de rango muy elevado en el ámbito social. Huérfana de madre, fui recluida por mi progenitor y criada en un convento del barrio de Santa Cruz donde me sentí ahogada como si se tratase de una cárcel.

En el noviciado me encontraba cuando mi criada Brígida me empezó a musitar al oído palabras que me turbaron sobre un tal don Juan Tenorio, burlador, calavera, canalla y mujeriego, para después hacerme leer sus cartas que me dejaron trastornada, por lo que yo, una muchacha joven, bella, inocente, virginal, que no conocía la malicia, el falso fingimiento, ni la hipocresía, comencé a llenar mi cabeza de deseo carnal, antes para mí inconcebible, hasta explotar cuando le tuve frente a mis ojos y de mi boca salió del mismo alma:

-- Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan, y tus ojos me fascinan, y tu aliento me envenena. ¡Don Juan!, ¡don Juan! Yo te imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro.

¡Oh, Dios mío! Allí en ese sofá en el que se me saltaban los pulsos y mariposas volaban en el estómago; en ese diván en el que quería yacer con ese hombre como amante y deleitarme por fin con voluptuosidad lujuriosa del sexo siempre vedado para mi persona.
Pero no pudo ser. Tuvo que aparecer por la casa, antes de la consumación, mi señor padre el Comendador de Calatrava para mandar todo a tomar vientos. ¿Por qué tuvo que presentarse? ¿Por qué no escuchó a mi amado cómo le pedía perdón arrepentido postrado de rodillas ante él? ¿Por qué no lo creyó? ¿Por qué lo despreció, lo provocó y se batió a muerte con él? Don Juan tuvo que huir de España y yo morí de pena y tristeza por motivo de su ausencia, no sin antes ofrecer mi alma al mismo Dios, a cambio de la de él, que en su infinita sabiduría y misericordia aplazó su sentencia si se arrepentía de sus pecados, lo cual sucedió cinco años después cuando, momentos antes de morir, lanzó a los cuatro vientos estas palabras:

-- Suéltala, que si es verdad que un punto de contrición da a un alma la salvación de toda una eternidad, yo, Santo Dios, creo en Ti: si es mi maldad inaudita, tu piedad es infinita… ¡Señor, ten piedad de mí!

¡Albricias! Parecieron unas palabras mágicas, pues Dios no sólo salvó a don Juan de la condenación eterna, sino que también me salvó a mí. ¡Toda una eternidad entera iba a pasar junto a este hombre al que amé con locura!

Pero la perpetuación infinita ya me está saliendo por las orejas. El llamado Tenorio, que una vez llamó al Cielo y no le oyó cerrándole sus puertas, a la segunda intentona lo consiguió. Ahora se pasa las horas platicando con San Pedro en la puerta, le da la paliza a Jesús con denuedo, pide consejos sin descanso al Espíritu Santo para ser más virtuoso, y hasta el mismo  Dios Padre huye despavorido cuando le ve aparecer. A mí, su doña Inés, ni me mira porque se ha hecho un beato y un santurrón.

Desesperada, no hago más que preguntarme qué fue de ese sinvergüenza que tardaba un día en enamorar a una mujer, otro para acostarse con ella, el siguiente para abandonarla, dos para buscarse a otra y una hora para olvidarla. Y aquí sigo aburrida, añorando esa noche en un sofá donde la luna tan pura brillaba en una apartada orilla del Guadalquivir y mi respiración se agitaba porque, por fin, iba a abandonar mi casta pureza y catar la fruición carnal lasciva y lúbrica. ¡Naranjas de la China!. Aquí continúo, tantos siglos después, aún casta y virginal. ¡Ya está bien, hombre! Pero, ¿qué he hecho yo para merecer esto? ¿Tan mal me he portado en mi vida terrenal de la que nunca salí de un convento? Maldito sea mil veces mi padre, don Gonzalo, por meterse donde no le llamaban y maldita sea la beatería y la religión que ha vuelto gilipollas a don Juan, que si dudo que por mi amor haya salido ganando son su salvación, a mí, doña Inés de Ulloa, la del eterno hábito blanco con la cruz roja de Calatrava en el pecho, me ha destrozado y me encuentro dando alaridos como una gata en celo por poder algún día saborear las delicias de la carne. 

-- ¡Hay que joderse!

viernes, 5 de mayo de 2017

Madrid frontera



¿Qué pasará por la cabeza de un hombre o de una mujer cuando ha perdido su casa por un desahucio? Seguramente pensará que lo ha perdido todo. Pero, si además, antes también perdió su trabajo. Motivo por el cual no pudo afrontar el pago de la hipoteca de su casa, ¿qué pasará por su cabeza? Seguramente pensará que ya no le queda absolutamente nada. Pero, y si no tiene ni trabajo ni casa, ¿de qué come él y su familia? Los que han perdido su casa buscan donde poder vivir y sólo les queda cubrirse con cartones que se convierten en su bien más preciado. Pero, cada vez hay más gente que duerme bajo cartones y es imposible encontrar un sitio libre para poder dormir, porque cada descampado, cada acera, cada rincón de la ciudad ya está ocupado por gente que, como ellos, ya no tienen nada.
Pero, si no tienen nada, ¿qué comen? Pues basura. ¿Qué van a comer? Y si las autoridades prohíben asaltar los contenedores de basura bajo una multa de 1.000 euros y los atrancan con cadenas, ¿de qué viven?
Cuando leía la magnífica Madrid frontera, la supuesta distopía (luego aclararé eso de supuesta) escrita por David Llorente, con el corazón en un puño según avanzaban mis ojos por sus páginas, me venía a la cabeza la canción de Vetusta Morla, Golpe maestro: “Nos han robado absolutamente todo, nos han cambiado la paz por deudas, no nos dejan ni mirar, nos vendieron humo y calma, lingotes de hojalata, palacios de ceniza y cartas sin marcar. Fue un atraco perfecto, fue un golpe maestro dejarnos sin ganas de vencer. Nos han quitado hasta la sed…”.
Madrid frontera es un disparo a bocajarro en todo el centro de la frente para que nos sacudamos la ignorancia de que hay gente a la que le han quitado la voz y sólo les queda el llanto o el silencio para que apretemos los puños ante tanta injusticia cuando contemplamos tanta desesperación que se pasea por delante de nosotros mismos, aunque nieguen lo que vemos con nuestros propios ojos y tengan la desfachatez de decir que nunca eso ha existido. Pero, empiezas a creer que a ti también te puede pasar y que también te están dejando sin voz y que puedes acabar, más pronto que tarde, como ellos, condenado al llanto y al silencio. Madrid frontera es un golpe sobre la mesa o un grito directo a nuestro rostro que nos dice que despertemos ya.
La ciudad de Madrid ha cambiado. No para de llover nunca. Está rodeada por un mar oscuro negro como la tinta. Los edificios vacíos se convierten en bancos que anuncian hipotecas y en iglesias que llaman a la sumisión a golpe de campana. En los colegios se han suprimido todas las asignaturas que no sirvan para ganar dinero rápidamente, y estas están impartidas por curas. La ciudad de Madrid es una ciudad sin trabajo. La ciudad de Madrid es una ciudad de puertas que se cierran y de edificios que se apagan. La ciudad de Madrid es una ciudad llena de gente que se mete debajo de los cartones. En la ciudad de Madrid los niños ya no juegan. Los niños de Madrid se dividen entre los que tienen bocadillo y los que no lo tienen, y ambos grupos se odian, porque la ciudad de Madrid es una ciudad en la que se pasa hambre, de estómagos vacíos y de pómulos afilados como lapiceros.
En el sur de la ciudad de Madrid están los acantilados donde la gente desesperada se suicida al escuchar los cantos de sirena que habitan en su mar negro como la tinta. En las azoteas de todos los edificios de la ciudad de Madrid, vacíos, grandes pantallas de plasma emiten sin parar la imagen de su Presidente lanzando soflamas vacías como los edificios y paternalistas de que lo peor gracias a él ya todo ha terminado y vienen los tiempos felices de nuevo. En las orillas del barrio de Salamanca está el puerto deportivo lleno de yates de lujo. El barrio de Usera es el barrio pesquero. Sol es la Plaza del Kilómetro Cero. La Castellana se llama la Avenida del Hambre. Los antidisturbios no se cansan de golpear con sus fálicas porras machacando huesos, aunque a los habitantes de la ciudad de Madrid no les importa ya que la lluvia constante les moje la espalda ni que el frío se les meta dentro de esos huesos machacados por los antidisturbios.
De la ciudad de Madrid sólo se puede escapar de dos maneras: o por avión desde el aeropuerto de Barajas, desde el que parten cientos de aeronaves cada día y no aterriza ninguna porque todo el que sale sólo lleva billete de ida hacia donde sea; o lanzarse al vacío desde los acantilados al mar de Madrid donde habitan las sirenas más taimadas de todos los océanos, y las más hermosas.
A los habitantes de Madrid que todavía viven en Madrid sólo les importa el hambre y se sientan en los bordillos de las aceras, en el borde de los arcenes y se quedan mirando los restaurantes y los supermercados que tiran la comida que sobra o están con una pequeña mácula que les afea a los contenedores de basura atrancados con cadenas. Los habitantes de Madrid (sentados en el bordillo de las aceras o tumbados debajo de sus cartones, ya hasta recuerdan esos años felices que se podían alimentar de basura.
Madrid es una ciudad de pisos vacíos donde la policía ha conseguido echar a la calle a todas las personas que no tenían una casa con jardín y yate. La ciudad de Madrid tiene sus calles llenas de comebasura y en ella no se puede apreciar el suelo porque los cartones ocupan cada centímetro cuadrado de acera y de asfalto.
En la ciudad de Madrid o eres un comebasura que duerme o vegeta, debajo de un cartón bajo la perenne lluvia, o eres un alto funcionario con orgullo de la obediencia al líder, el agradecimiento eterno de ser vestido y alimentado, el descanso sin par de saberse respaldado hasta el último día de su vida.
En la la ciudad de Madrid ya no cae la noche porque siempre es de noche. Ya no atardece sobre sus tejados porque sus habitantes viven bajo cartones y, debajo de ellos, a nadie le apetece ya llenarse la cabeza de sueños rosas. Debajo de los cartones (a fuego muy lento) se va cociendo el asco, el hastío, el odio, la desesperanza y la venganza, y con todo esto en el estómago vacío, al habitante de la ciudad de Madrid, no le queda más remedio que levantarse cada día para buscarse la vida hasta que oiga el canto de las sirenas y dirija sus pasos hacia el abismo de los acantilados donde rompen con violencia las olas de su mar tan negro como la tinta.
David Llorente en Madrid frontera se nota que se deja la piel en cada palabra que escribe. Nos escupe a la cara una novela desasosegante, una patada donde más duele y un grito de denuncia de la miseria y de la injusticia que corren por nuestra sociedad actual. En su anterior novela, Te quiero porque me das de comer, ya lo anunciaba, pero es en Madrid frontera donde da un paso radical hacia delante.
David Llorente alza su voz y levanta remolinos de suciedad e ignominia cuando su pluma barre la hoja de papel con sus palabras pues se nota que escribe lo que piensa y que escribe sobre lo que más le duele, desde la sinceridad y el compromiso. Y lo hace con un lenguaje directo como un disparo, sin sombra de descripciones ni adjetivos superfluos.
David Llorente, en su anterior novela, Te quiero porque me das de comer, se inició en el género negro porque este es el mejor vehículo narrativo para una exposición de carácter social. En esta novela nos hablaba de su barrio de Carabanchel en Madrid y lo que en él sucedía entre 1993 y 2003 con el auge de la heroína y como ésta destruyó a muchas personas y la propia vida del barrio. En Madrid frontera se avanza en el tiempo aunque esta distopía no está encuadrada necesariamente en un futuro lejano porque, posiblemente, ya estemos muy cerca de ella. Ya es mucho más letal que la propia heroína.
Madrid frontera tiene una muy novedosa y particular estructura narrativa y el lenguaje propio y magistral de David Llorente que, pese a una excepcional imaginación, la sabe condensar con las palabras precisas en poco menos de trescientas páginas, pero sin ningún límite. Y todo carente de atrocidades ni violencia explícita pese al horror de lo que se narra, con un lenguaje conciso, específico, riguroso y cruel, porque el autor así lo quiere y emplea las palabras justas y concretas que describen ese ambiente apocalíptico de la novela sin ningún tipo de distracciones, ni elipsis ni transiciones. Cada palabra y cada frase de Madrid frontera es necesaria e imprescindible, sin añadidos floridos, para contar lo que David Llorente quiere contar. En Madrid frontera ninguna palabra sobra al igual que ninguna palabra falta.
Si en Te quiero porque me das de comer se hablaba del pasado más o menos cercano, Madrid frontera es una novela social en la que se habla del presente y de todo a lo que nos puede llevar estos tiempos en los que vivimos en la actualidad, en un envoltorio distópico pero lleno de realidad. ¿O es que actualmente no hay desahuciados, policía todopoderosa y cruel, mentiras por decreto, desaparición de la clase media que se convierte en una clase de desposeídos, y una élite formada por unos cuantos privilegiados que se aprovechan de los que con sus acciones han provocado tanta desigualdad para enriquecerse cada día más a costa de las penurias del resto? ¿No existe ya hoy la ley mordaza, la reforma laboral, las cargas indiscriminadas de la policía, el desmantelamiento de lo público en educación y sanidad, los centros de internamiento de emigrante, el paro, el trabajo basura, los jóvenes mejor preparados de nuestra historia que se tienen que marchar al extranjero, cada vez más gente viviendo y durmiendo en la calle, los suicidios de las personas desesperadas por perderlo todo? El futuro ya es el más crudo presente. Todo lo que narra Madrid frontera son situaciones de la vida real cotidiana de nuestros días, contadas de forma fiel y el resultado parece dar una sensación de distopía, aunque no lo es porque es real. Como ya es así, podríamos decir que ya vivimos realmente en una distopía.
David Llorente observa lo que ocurre en la sociedad y no aparta la mirada, contando y escribiendo lo que ve y lo que escucha, porque es un escritor de los pies a la cabeza con la misión de los buenos escritores de destapar con su literatura la podredumbre gritándolo y denunciándolo, levantando la bandera de la verdad y asumiendo las consecuencia de sus actos y, como dice él, tatuándoselo en la piel. No es neutral y toma partido, porque el dolor de las personas y la indignación es lo que le motiva para ponerse a escribir, pero su verdadera cualidad es la sinceridad en lo que escribe.
Pero, Madrid frontera es un libro esperanzador, Cerraremos los ojos y veremos en nuestra memoria gente haciendo deporte bajo el sol, parejas besándose en los bancos de los parques y, un poco más allá, niños jugando a la pelota y a ancianos jugando a la petanca. Hoy a España le han dado una paliza y está en agonía, y llora mientras susurra llena de pánico que se lo están llevando todo. En la calle sólo queda el caníbal del capitalismo devorador e insaciable. Quien dice defendernos nos acaricia y nos deja la cara llena de sangre con su abrazo falso que duele más que una puñalada. Nos quieren atar la libertad de pies y manos y lanzarla a ese mar de Madrid más negro que la tinta, nos ahorcan nuestros derechos ganados con lucha, con dolor y con sangre. Y lo peor de todo es que son conscientes de lo que hacen y que lo saben. Pero no saldrán indemnes y el aullido que empezarán a escuchar se convertirá en una dentellada que borrara su sonrisa estúpida de payaso. Ahora es el tiempo de pelear para que, a lo mejor, todo vuelva a ser como antes porque la venganza es un desquite que persigue un fin ofensivo que pretende que los que nos han hecho daño sufran el mismo dolor que han causado. La venganza produce placer porque deriva del rencor y produce calma porque cierra la herida. La venganza es dulce porque deja en la boca un sabor dulce que no se nos irá en toda la vida.
Hoy la rabia fluye por nuestras venas junto al hambre, la pobreza y la injusticia. Los desposeídos por vosotros, canallas, tiene mucha más humanidad que mierda en todos vuestros discursos falsos y vacíos. Hoy España huele a podrido, pero el pueblo se ha quedado para salvarla y el pueblo nunca miente. Escuchad bien: sólo aquel que no tiene nada lo tiene todo y nos hemos convertido en el ejército más poderoso porque ya no nos queda nada que perder, y vamos a por vosotros armados hasta los dientes de valor, escudados en una resistencia inamovible y con un amor violento por la supervivencia.
Me vuelve a la cabeza la letra de la canción de Vetusta Morla: "Fundieron plomos y cobre, pusieron sal en sobres. Alerta, hay un testigo. Nos han dejado vivos. Fue un atraco perfecto, excepto por esto: nos quedan garganta, puño y pies. No fue un golpe maestro, dejaron un rastro, ya pueden correr. Ya vuelve la sed".
Jamás debisteis usar las palabras en vano porque vivís en un mundo que apesta donde el libro es la única puerta de salida... Madrid frontera. David Llorente.